Reseña de Helen Ester, Xenofeminismo, Caja Negra Editora: Buenos Aires, 2018. 142 págs.

Por Facundo Nahuel Martín

 

Del manifiesto al libro

En el año 2013 Nick Srnicek y Alex Williams publicaron el Manifiesto por una política aceleracionista, promoviendo un cambio de perspectiva para la izquierda en tiempos de neoliberalismo. Los autores sugieren que abandonemos el paradigma de la resistencia contra el capital, para empezar a pensar futuros posibles que reutilicen y resignifiquen los resultados técnicos y sociales del capitalismo, movilizándonos hacia un futuro más allá del trabajo. Para eso nos proponen desarrollar una actitud universalista, expansiva, de vocación hegemónica y que no rechace de plano el progreso técnico. En 2015 escribieron Inveting the Future. Postcapitalism and a World Without Work, desarrollando de manera más precisa y matizada sus ideas, entre otras cosas abandonando el término aceleracionismo (que tal vez se preste a algunas confusiones) y articulando una estrategia postcapitalista que combina la reutilización de la tecnología ahorradora de trabajo con un proyecto político hegemónico de izquierdas.

En 2015 el colectivo Laboria Cuboniks lanzó a la web, en varios idiomas, el Manifiesto Xenofeminista, en lo que constituye a la vez una modulación y una contestación feminista del aceleracionismo. Bregando por una “política de la alienación”, las xenofeministas buscan construir modelos normativos hospitalarios hacia lo otro, capaces de abrir el juego y cuestionar nuestras identidades heredadas o construidas. El xenofeminismo se presenta como un abolicionismo del género de inspiración queer, materialista y antinaturalista. Su propuesta es movilizar políticamente las posibilidades abiertas por la ciencia y la técnica modernas para ampliar de manera sintética la autonomía de las personas, desnaturalizando en los planos político, simbólico y biológico las categorías de género dominantes y las formas de opresión construidas en torno a ellas. Las demandas feministas por la libertad sobre los cuerpos se organizan entonces en un desafío a cualquier forma rígida de identidad que se presente como sagrada o definitiva, que se sintetiza en la máxima “Si la naturaleza es injusta, ¡cambiemos la naturaleza!” (Cuboniks, 2015: 11).

Helen Hester, que forma parte de Laboria Cuboniks, publicó en 2018 Xenofeminism, cuya pronta y oportuna versión castellana (de parte de Caja Negra Editora) reseñamos acá. Una vez más, el libro viene a explicar, profundizar y exponer con mayor detalle las tesis del manifiesto original. Sin agotar las potencialidades del xenofeminismo (que puede albergar otras expresiones divergentes), el trabajo de Hester constituye una de sus articulaciones posibles.

El libro tiene tres capítulos que desarrollan respectivamente una explicación de los conceptos centrales del xenofeminismo, una articulación teórica del concepto de justicia reproductiva y una reconstrucción de las redes de autoayuda feministas en torno al dispositivo de extracción menstrual Del-Em en los años 70 en Estados Unidos. La publicación es especialmente importante en Argentina, donde el Senado acaba de rechazar un proyecto de ley para la interrupción voluntaria del embarazo, desoyendo una significativa movilización social y optando por mantener vigente la retrógrada normativa del año 1921. El libro reviste en nuestras latitudes una importancia coyuntural (que no va en desmedro de su valor teórico y estratégico más general) ya que nos permite delinear alianzas potentes entre las luchas por los derechos (no) reproductivos de los cuerpos gestantes y las aspiraciones queer para crear escenarios de futuro, políticas y afectividades no gobernadas por los modelos familiares de la norma heterosexual. El xenofeminismo (XF) nos ofrece a la vez un proyecto emancipatorio con respecto al hetero-patriarcado capitalista y una política de afinidades queer y feministas en pos de una justicia (no) reproductiva.

 

¿Qué es el XF?

-Tecnomaterialismo

La definición del XF como un tecnomaterialismo nos permite pensar a contrapelo de algunos sentidos comunes políticos y también académicos. Políticamente, rompe con el romanticismo tecnofóbico de buena parte del pensamiento de izquierdas posterior a la caída de la URSS. Si la izquierda tradicional se consideraba a sí misma heredera del progreso y de la historia, hoy parece que las izquierdas vivimos en un contexto de resistencia sin horizonte ni perspectivas, donde el único proyecto de futuro le corresponde al capital. Nos limitamos entonces a resistir las innovaciones propulsadas por las fuerzas de la dominación, sin una idea de progreso ni de futuro propias que puedan delinear un proyecto de sociedad nuevo.

Hester recupera críticamente el pensamiento de Shulamith Firestone, que consideraba que con la ciencia y la técnica modernas se habrían generado históricamente condiciones materiales para la posible superación del patriarcado, aprovechando desde las tecnologías de reproducción asistida hasta la automatización de los trabajos domésticos e industriales.

Nuestro proyecto no rechaza la tecnología (ni la ciencia ni el racionalismo, nociones que a menudo han sido caracterizadas como constructos patriarcales); al contrario, la considera parte de la urdimbre y trama de nuestras vidas cotidianas y un ámbito de potencial intervención feminista (p. 21).

Hester no concibe la técnica como un artefacto neutral sino como una realidad social que es, como la mayoría de las realidades de la modernidad, asaz ambivalente, equívoca y ambigua. Esto significa que la tecnología puede funcionalizarse para la dominación de los “cuerpos trabajadores” y la opresión en términos de género, pero también ofrece “sitios de enormes posibilidades para la izquierda feminista” (p. 21). La tecnología moderna es constituida por las relaciones sociales en que se inserta y por ende participa de sus movimientos dinámicos, abiertos, tanto opresivos como potencialmente liberadores, susceptibles de ser reapropiados, refuncionalizados y contestados inmanentemente. Esto significa, también, que la refuncionalización emancipatoria de la tecnología exige, a largo plazo, algo más que intervenciones puntuales y discretas en el marco de las hegemonías tecnológicas dadas. La emancipación tecnológica deberá venir acompañada de una subversión general y radical de las relaciones sociales que vaya más allá del capitalismo y el heteropatriarcado que le está asociado.

 

-Antinaturalismo

El materialismo de Hester es a la vez un realismo ontológico y un antinaturalismo moral. Realismo ontológico porque, con su insistencia en los cuerpos como realidades que son también biológicas y hormonales, rompe con cierta tradición culturalista en las humanidades, que hacen de lo biológico una especie de tabú impensable y sólo pueden abordar el cuerpo reduciéndolo previamente a correlato de mediaciones simbólicas o lingüísticas. Antinaturalismo moral porque no acepta que las categorías pretendidamente dadas como naturales (en particular, el binarismo de género) puedan constituirse en estándares normativos: nada de lo que se nos presenta como dado en la naturaleza debe ser aceptado sin más. La naturaleza misma puede ser modificada legítimamente por medios tecnológicos.

El xenofeminismo se posiciona decididamente del lado de la tecnociencia, con su incesante desmitificación y desencanto de la naturaleza, que lleva a romper con cualquier barrera puesta como sagrada ante la intervención tecnológica sobre los cuerpos. “La ciencia y la tecnología hacen posible un particular conjunto de interveniciones de la conciencia en el mundo «natural». Tienen la capacidad de ampliar la libertad humana (...)” (p. 25). La vocación científica por convertir a la naturaleza, incluidos nuestros cuerpos, en objeto legítimo de transformación consciente y deliberada permite levantar un proyecto emancipador antinaturalista. Este proyecto se guía por un ideario normativo de autonomía colectiva, individual y también corporal, donde el derecho a modificar nuestra naturaleza puede ampliarse de manera artificial o sintética con intervenciones tecnológicas.

Lo anterior significa que es preciso romper con el tabú sobre lo biológico que ha marcado a las humanidades por demasiado tiempo. Este tabú se basa en una concepción dualista que ve en la naturaleza un conjunto de invariantes básicas y sólo lee dinamismo en el ámbito de la cultura. Se trata de “entender la naturaleza no como el basamento esencializado de la corporalidad o la ecología, sino como un espacio de conflicto atravesado por la tecnología” (p. 25). El realismo ontológico de Hester no sanciona lo natural como sustrato invariante y lo cultural como ámbito de libertad, creatividad y dinamismo. Por el contrario, en un planteo radicalmente monista, encuentra posibilidades de creación, innovación y conflicto tanto en la cultura como en la naturaleza, en las redes tecnológicas profundamente políticas que se producen en la intersección entre ambas. Si la distinción entre cultura y naturaleza siempre fue precaria, hoy “ha sido irrefutablemente disuelta por los cambios que se produjeron en la ciencia y la tecnología” (p. 25).

El antinaturalismo de Hester tiene implicancias muy precisas para delinear su política feminista. Profundizando el cuestionamiento queer a todo binarismo, considera que no sólo el género sino también el sexo son realidades maleables y dinámicas, o mejor, que la propia distinción entre sexo biológico y género como constructo cultural es revisable y precaria. El cuerpo es “un lugar pasible de intervención tecnopolítica feminista” (p. 30). Esto lleva a cuestionar a ciertas ecofeministas que asocian la posición de las mujeres con la reproducción y deducen de ello una mayor afinidad con el cuidado del ambiente y la naturaleza. Esencializar la identidad de las mujeres en torno a la maternidad o la encarnación de la naturaleza lleva a limitar sus posibilidades para la autonomía e, incluso, ceñirlas irremediablemente a los roles asignados por el patriarcado y la heteronorma. En las antípodas, Hester nos insta a aprovechar la tecnología para evitar “el sufrimiento inoportuno, ya sea que se deba a procesos corporales naturales o a sistemas sociotécnicos complejos y represivos” (p. 29). El antinaturalismo supone no prescribir ni proscribir la reproducción biológica, recuperando las potentes capacidades de la tecnología para morigerar el sufrimiento y ampliar la siempre artificial libertad de las personas sobre sus cuerpos. Esto implica “convertir la evidente (aunque parcial) mutabilidad de la naturaleza en un espacio de política emancipatoria” (p. 32).

 

-Abolicionismo del género

El abolicionismo del género se deduce del antinaturalismo moral: ninguna distribución de los cuerpos en identidades rígidas, legitimadas en una normalidad pretendidamente natural, debe darse por buena. Esto vale especialmente para el “sistema de géneros binario” (p. 33) que caracteriza a nuestras sociedades. El xenofeminismo no aspira a una utopía de lo neutro donde no existan diferencias, sino a una abolición del dualismo masculino/femenino, con sus sedimentos patriarcales y heteronormativos. Se trata de eliminar las restricciones que pesan sobre el género, augurando “un mundo de múltiples géneros” (p. 40, cursivas originales).

Hester no cree, sin embargo, que la diferencia entre sexos sea un mero producto cultural, sino que se trata de un artefacto simbólico, político y biológico a la vez. Sólo que, como explicamos arriba, la biología ya no puede aceptarse como sustrato invariante e impermeable a la remodelación práctica. “La diferencia sexual es real, pero la técnica ha creado las condiciones para abolirla” (p. 34). El abolicionismo del género no es sólo una política de lo simbólico, sino que incluye la modificación hormonal y protésica de los cuerpos como una posibilidad política liberadora y válida. Esto incluye la necesidad de pensar una justicia reproductiva más allá de la categoría de “mujeres”, una “etiqueta desafortunadamente inexacta” (p. 34), e incluir de manera decidida a las personas transgénero, las experimentaciones no binarias y las zonas borrosas de lo queer.

Hester nos insta a pensar la intersección de política y tecnología de los cuerpos más allá del “peligro de creer que existe una verdad interna del género” (p. 37). Al mismo tiempo, acepta la necesidad transicional, podríamos decir, de utilizar categorías identitarias de género que mientan opresiones reales. “Si bien no hace falta señalar el valor político coyuntural de movilizarse en torno a estas categorías, el xenofeminismo sostiene que (a largo plazo) es preciso despojar a todas estas categorías de significación social” (p. 39).

Lejos de la –fácilmente mercantilizable– celebración despolitizada de la diversidad sexual y de género, el programa abolicionista de Hester tiene enemigos precisos y declarados: la heteronorma, el capitalismo, el patriarcado. Su meta “no es el bello florecimiento de cientos de opciones en un menú preestablecido, sino el despojamiento de las ramificaciones sociales asociadas a la matriz heterosexual” (p. 41).

 

Futuridad y (no) reproducción

El segundo capítulo del libro busca articular los postulados del XF con una propuesta de justicia reproductiva a la altura de nuestro tiempo, que rompa con el privilegio heterosexual cifrado en las imágenes hegemónicas de la niñez. Hester delinea las bases de una alianza entre las demandas queer por el reconocimiento de las formas de afectividad no heteronormadas y los proyectos de ampliación de derechos (no) reproductivos de los cuerpos gestantes.

La autora retoma especialmente la crítica queer de Lee Edelman al “futurismo reproductivo”, que busca “enfrentarse a las imágenes habituales del porvenir en las que la futuridad se reduce a la duplicación de lo mismo por medio de la reproducción social de los valores hegemónicos del presente” (p. 43). Este modo de abordar el futuro pone en el “Niño” (blanco, rico y producto de la familia heterosexual) el horizonte perpetuo de toda política. En la imagen heteronormativa del niño se anudan el confinamiento de las mujeres a roles y tareas reproductivas y la exclusión de las sexualidades no-heteronormadas (en cuanto no serían reproductivas) a los bordes de lo monstruoso y lo impensable. Según Edelman, el “fascismo del rostro del bebé” (citado por Hester, p. 45) sirve de imagen legitimadora para la homofobia y la reproducción de roles patriarcales en el activismo denominado “pro-vida” y en nuestra cultura en general.

Sin embargo, Hester no acompaña a Edelman en su rechazo radical de la reproducción, el futuro y la política en nombre del supuesto presentismo sin miramientos de los disfrutes queer. En cambio, nos insta a abrirnos a un futuro extraño que se salga tanto de las formas de afectividad heteronormadas como de la correlativa esencialización de lo femenino en los ideales de la reproducción y la maternidad. Esto supone fomentar la “solidaridad con las trabajadoras de la reproducción” (p. 58) y politizar las sexualidades queer, que pueden dejar de rechazar el futuro y, en cambio, reclamarlo para sí bajo lineamientos antinaturalistas y tecnomaterialistas no binarios. Esta solidaridad se fija especialmente en los cuerpos gestantes no hegemónicos, es decir, los que no se identifican con la “madrecita” blanca y heterosexual: “las madres adolescentes, los padres negros y latinos, los sujetos trans y queer, lxs inmigrantes (...)” (p. 59), sospechosamente, no parecen incluidos en las loas al futuro de la norma heterosexual, que se revela también racista y clasista.

Para pensar lo queer “no como lo opuesto al futuro, sino como lo aún no concretado, lo emergente y lo que está por venir” (p. 60), Hester recupera un llamamiento de Donna Haraway: “¡Hagan parientes, no bebés!” (p. 61). Haraway ve un mayor potencial liberador en la flexibilidad y maleabilidad de las relaciones de parentesco, mucho más amplias que las filiaciones familiares. Este programa de justicia reproductiva busca tanto liberar a las mujeres de la identificación compulsiva con la maternidad como promover los derechos de las subjetividades no heteronormadas, asumiendo el “compromiso de actuar en solidaridad con las personas embarazables” (p. 67) así como la necesidad de construir redes afectivas y políticas para las personas jóvenes queer, generalmente “alienadas de la única red de solidaridad a la que se concede fuerte visibilidad en el contexto del Norte global: las familias” (p. 69). Hester nos propone una política de “xenohospitalidad” como “apertura a alternativas que actualmente se encuentran limitadas” y “creación de infraestrucutras ideológicas y materiales que hagan falta para poder formular nuevos deseos” (p. 70). Contra la figura hegemónica, heterosexual y patriarcal del Niño, que en los hechos coarta el futuro al someterlo al molde de la reproducción de lo mismo, la futuridad queer y feminista de Hester nos mueve a pensar formas de “reproducción contrasocial” que se atrevan a divorciar la reproducción biológica de la social, imaginando ambas más allá de la familia como modelo. Se trata de construir “una solidaridad orientada hacia afuera con lxs extrañxs, lxs desconocidxs y la figura de lxs extranjerxs” (p. 71).

 

Tecnologías xenofeministas

En el tercer y último capítulo del libro Hester reconstruye extensa y detalladamente las redes de autoayuda feministas construidas en Estados Unidos en torno al dispositivo de extracción menstrual Del-Em en los años 70. El Del-Em puede considerarse como una tecnología xenofeminista “lo-fi”, que succiona la pared endometrial con ayuda de una jeringa y una cánula flexible. El dispositivo puede emplearse tanto para la regulación menstrual como para evitar embarazos tempranos (hasta siete semanas después del último período). Si a simple vista parece un artefacto demasiado simple para las preocupaciones tecnológicas del xenofeminismo, interesa a Hester por las redes políticamente mediatizadas en las que fue empleado por los grupos de autoayuda de mujeres. El Del-Em transparenta el carácter político de la técnica, que radica en la articulación entre el diseño de artefactos y los contextos sociales en que éstos son concebidos, producidos y empleados, formando ensambles mutables y complejos pero a la vez totalizantes, donde no hay elementos discretos independientes. Este artefacto fue un “nodo clave dentro de una red de elementos interconectados que comprende también a las comunidades de activistas, la infraestructura del sistema de salud, los cambios en materia de legislación e incluso prácticas transnacionales de atención de la salud” (p. 82). Su empleo otorgó una mayor “soberanía reproductiva” a las mujeres al permitirles realizar prácticas algunas abortivas lejos de los controles legales y con independencia de los dispositivos clínicos.

Existen paralelos importantes entre las redes feministas que emplearon este dispositivo, los actuales movimientos de software libre y el “tráfico de hormonas” reivindicado por Paul Preciado (p. 88). Sostiene que las tecnologías de la información en red han vuelto más accesible para las personas (y para las redes de solidaridad y activismo) el acceso al conocimiento técnico y médico sobre el cuerpo, lo que da mayores posibilidades a las redes socorristas y de autoayuda de mujeres abortistas, tanto como a las personas trans, no binarias y queer que deciden “hackear” el sistema de géneros binario traficando a sus propios cuerpos dosis no reguladas de hormonas sexuales. En ambos casos, la disponibilidad de información permite crear redes y alianzas entre personas que aspiran a apropiarse del saber médico contenido en “sistemas de exclusión” académicos (p. 92). Las luchas de lxs gender-hackers, que se administran hormonas sexuales sin perseguir necesariamente un cambio de sexo sancionado médica o jurídicamente, se intersectan entonces con las reivindicaciones de mujeres y otros cuerpos gestantes que buscan conquistar mayores niveles de autonomía sintética (mediada técnicamente) sobre sus cuerpos. Esto le permite reconstruir un hilo común (sin desconocer las diferencias) entre el activismo feminista de los años 70 y el actual activismo trans.

Hester estudia el Del-Em a partir de cuatro principios analíticos: la circunvalación de las autoridades, la refuncionalización, la escalabilidad y la interseccionalidad. Es preciso pensar cómo los dispositivos permiten dotar a las personas de mayor autonomía corporal, lo que no necesariamente significa rechazar toda relación con autoridades médicas o jurídicas pero sí renegociar los vínculos con ellas en marcos donde ya no van a poseer el monopolio indiscutido del conocimiento y el control. La refuncionalización remite a la (limitada) flexibilidad en principio de las tecnologías, que pueden ser rediseñadas, reutilizadas y reorientadas para fines múltiples y potencialmente diversos de los que caracterizaron a su creación original. La escalabilidad se refiere a la posibilidad de ampliaciones, reproducciones y adecuaciones de las tecnologías a varios contextos, en un marco donde inciden problemáticas como la formulación de protocolos para posibilitar el manejo más democrático de las técnicas a utilizar. Finalmente, la interseccionalidad exige atender a cómo un implemento técnico puede incidir en diferentes subjetividades cruzadas por lógicas de dominación y resistencia. Todo esto permite analizar los “contextos colectivos y politizados” (p. 103) de difusión del Del-Em, pero sería aplicable también a otros dispositivos tecnológicos de potencial impacto en la autonomía corporal y reproductiva de las personas.

 

Hackers e ingenierxs

El XF nos propone pensar los cuerpos como laboratorios políticos donde las personas accedan tanto a gozar de los más amplios derechos (no) reproductivos, como a márgenes de libertad sintética que habiliten la apertura a lo extraño, impensado y abierto. Esta idea de libertad exige la movilización emancipatoria de los resultados técnicos del capitalismo. En una expresión que podría resumir parte del proyecto del aceleracionismo, citando a Lucca Fraser, la autora sostiene que es posible y necesario “desmantelar la casa del amo con las herramientas del amo” (p. 98), reorientando los logros técnicos capitalistas hacia fines no previstos originalmente. En definitiva, “todo desarrollo sociotécnico puede ser pensado como una refuncionalización, en la medida en que da a materiales existentes usos nuevos y alternativos” (p. 98).

Recuperando una tradición feminista que busca sus referencias en las prácticas de brujas, comadronas y herbolarixs, Hester cita al colectivo GynePunk con su llamado a construir “brujas cyborg”. Es posible diseñar políticas capaces de refuncionalizar cuerpos, tecnologías e ideologías en el marco de navegaciones emancipatorias de final abierto, construyendo un “feminismo tecnológicamente alfabetizado” que se interese por la maleabilidad biológica (p. 135). Esto haría posible la proliferación de prácticas de “hackeo del género” donde los resultados tecnológicos formulados en contextos de opresión sean refuncionalizados para favorecer y propagar la libertad sintética de las personas.

Sin embargo, en lo que constituye otra importante resonancia aceleracionista, Hester nos recuerda que no basta con desconectarse de la maquinaria capitalista, heteronormada y patriarcal o fugar hacia los grupos de autoayuda. La conquista duradera y genuina de la autonomía corporal exige “contar con una infraestructura mayor” (104). En este punto nos insta a pasar de hackers a ingenierxs, con capacidad para rediseñar nuestros entornos tecnológicos globales y no sólo fomentar apropiaciones puntuales localizadas de la tecnología ya existente. El XF no se limita a la perspectiva de pequeños colectivos sino que apunta a un proyecto global de sociedad.“Debemos considerar a la refuncionalización como un acto de transición hacia formas de transformación más duraderas” (p 141). La libertad sintética exige crear toda una nueva hegemonía técnica y material, una política de las cosas, los cuerpos y las máquinas, que plasme correlaciones de fuerzas alternativas a las actuales en las propias infraestructuras tecnológicas.

Conectando la micropolítica autónoma con la macropolítica estratégica, Hester analiza un tercer nivel mesopolítico centrado en la “praxis orientada al exterior” y la “solidaridad con la organización emancipatoria autodirigida de otros” (p. 112). Este nivel intermedio no nos dispensa de hacernos cargo de los grandes horizontes emancipatorios (necesariamente abstractos) que guían la acción transformadora y que dan sentido a las reivindicaciones puntuales. Por ejemplo, como han mostrado en varias ocasiones las feministas de color, el “derecho a decidir” nos reenvía necesariamente a la lucha por condiciones generales que hacen que tenga sentido hablar de decisión, ligadas a “situaciones más amplias de conflicto social” (p. 115). Hester es inequívoca en este punto: “un movimiento sanitario transfeminista (…) debe formar parte de la lucha mayor contra el racismo, el imperialismo y el capitalismo” (p. 140). Las micropolíticas de biohacking deben formar parte de fuertes alianzas mesopolíticas interseccionales expansivas y también de una estrategia de transformación social general y universalista que vaya más allá del patriarcado, la heteronorma, el racismo y el capitalismo. Sólo articulando los tres niveles es posible recuperar un pensamiento estratégico xenofeminista, es decir, abierto a lo extraño y lo otro como sitios de una libertad corporal y colectiva todavía por venir.

 

Bibliografía

Cuboniks, Laboria (2015). Xenofeminism. A Politics for Alienation. Recuperado en: http://www.laboriacuboniks.net/index.html

Edelman, Lee (2014) No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte, Barcelona: Egales.

Fraser, Lucca (2017) “Xenofeminism and New Tactics for the Left”, entreista de Merray Gerges en Canadian Art, 6 de febrero de 2017, disponible online: https://canadianart.ca/interviews/xenofeminism/

Haraway, Donna “Cyborgs for Earthly Survival!” en London Review of Books, vol. 39, nro. 13. Disponible online: https://www.lrb.co.uk/v39/n13/letters

Srnicek, Nick y Willams, Alex (2013). “Manifesto for an Accelerationist Politics”. Recuperado de http://criticallegalthinking.com/2013/05/14/accelerate-manifesto-for-an-accelerationist-politics/ (último acceso 01/02/2018).

Srnicek, N. y Willams, A. (2015). Inventing the Future. Postcapitalism and a World without Work. Londres, Reino Unido: verso.

 

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