El 3 de septiembre se conmemoraron 80 años de la fundación de la IV Internacional en un congreso en las afueras de París que reunió a un puñado de delegados  ¡Cuántos acontecimientos ocurrieron entre 1938 y hoy! El siguiente texto, escrito en 1998 por Daniel Bensaïd, da una ojeada retrospectiva sobre esas décadas de continuidades y rupturas. Bensaïd (1946-2010) fue uno de los principales dirigentes de la LCR francesa y del Secretariado Unificado de la IV Internacional, tronco histórico de la IV Internacional.

 

La IV Internacional a 60 años

Daniel Bensaïd

Traducción: Revista Intersecciones

 

Producto de derrotas históricas de alcance catastrófico (la victoria del nazismo en Alemania, la contra-revolución burocrática en URSS), la IV Internacional se ha enfrentado desde su fundación en 1938 a eventos colosales y complejos. ¿Cómo, a pesar de los peligros, una pequeña organización internacional puede conservar a través de esos choques y convulsiones una visión del mundo común, una práctica convergente, una memoria y una continuidad, mientras tantas fuerzas e inteligencias están rotas, desanimadas, desorientadas? Siguiendo el curso de congresos, controversias, escisiones y reunificaciones, tomando un poco de distancia, vemos que esos debates y combates mantuvieron un hilo de inteligibilidad. Esto no quiere decir, por supuesto, que siempre hayamos tenido razón o que podemos liberarnos de nuestro propio cuestionamiento y examen crítico. Pero no participamos de la bancarrota política y moral del estalinismo, y esta es la primera condición para poder actualmente empezar a reconstruirnos.

 

Fundamentos

 

La IV Internacional fue fundada sobre la idea de que la crisis de la humanidad se reducía a la crisis de su dirección revolucionaria. La idea era justa en un cierto sentido y en un cierto contexto. Había un potente movimiento obrero organizado en Europa y en los Estados Unidos, donde las principales corrientes tenían por objetivo declarado el derrocamiento del capitalismo, incluso si se dividían por los medios a utilizar entre reformistas y revolucionarios. El acontecimiento fundador de Octubre no estaba distante en el tiempo (apenas veinte años) y su resplandor se mantuvo activo a pesar del Termidor burocrático. Podemos razonablemente pensar que la tradición bolchevique se mantenía viva en la URSS a pesar de las purgas y las deportaciones –era entonces legitimo esperar que el fenómeno inédito del despotismo totalitario proveniente de esta contra-revolución no resistiera los predecibles conflictos por venir.

La segunda guerra mundial fue seguida por una ola revolucionaria impetuosa (revoluciones yugoslava y china, guerra civil en Grecia) pero el estalinismo no colapsó. Por el contrario recibió una nueva legitimación de la victoria contra el nazismo, con la extensión de su dominación al campo llamado socialista y compartiendo el liderazgo mundial simbolizado por los acuerdos de Yalta y Potsdam. El escenario imaginado no se verifica, y algunos no tardaron en concluir que teníamos que tirar la toalla y cambiar de proyecto. En realidad, la fundación de la IV Internacional  no surgió de un pronóstico sino que reposó sobre un programa. Se trataba de reagrupar a los revolucionarios a escala internacional  a partir de una síntesis de las grandes experiencias de la lucha de clase en el periodo de entreguerras: las revoluciones rusas (doble poder y soviets) y alemana (frente único), la lucha contra el fascismo (reivindicaciones democráticas), la revolución china (revolución permanente y alianzas), la guerra civil española y los frentes populares, la contra-revolución burocrática y la necesidad de la revolución política (socialismo pluralista, independencia de los partidos y los sindicatos en relación al Estado, derechos democráticos).

La forma en que las secciones de la Internacional pasaron globalmente la prueba de la guerra y mantuvieron una comprensión común de los eventos y de las tareas justifica el proyecto. Desde el día después de la guerra, esta Internacional se ve, sin embargo, confrontada a un dilema que marca toda su historia posterior. En un primer tiempo, ella podía esperar que la supervivencia de la burocracia estaliniana y del capitalismo fuera de corta duración. A partir de 1947-1948, los efectos de la “reconstrucción” y del plan Marshall se vuelven perceptibles. Una doble tentación está a partir de ahora planteada: el optimismo profético (la historia eventualmente nos hará justicia y las masas se reunirán con un programa que es de ellas mismas, incluso si lo ignoran todavía), o el retorno al “movimiento real de la clase” tal como es, a riesgo de disolverse en él (si las masas no vienen al programa, el programa irá a las masas). 

 

Entender

Este resumen, conscientemente esquemático, no tiene ni el menor tono de burla. Aquéllos fueron tiempos ingratos. Era difícil resistir y había que hacerlo. Fue hecho. Por otra parte, había que entender la evolución de las relaciones de fuerza a la salida de la guerra. Hubo revoluciones victoriosas, hubo una inmensa agitación, pero los pilares se mantuvieron: el orden capitalista en los Estados Unidos y en Europa occidental, el orden burocrático en la URSS. A posteriori, Ernest Mandel adelantó una explicación histórica. El período anterior a la Primera Guerra mundial había sido un período de crecimiento económico, de acumulación de fuerzas del movimiento obrero en los principales países. Desorientado por un momento por las políticas de “unidad nacional”, ese movimiento obrero se rectificó rápidamente y sus redes de cuadros fueron reconstituidas. El movimiento obrero salió de la guerra relativamente fuerte. Por el contrario, el período anterior a la Segunda Guerra mundial vio una acumulación de derrotas históricas (Alemania, Italia, España, Rusia) a las cuales se agregaron los efectos perdurables de la guerra. A estos hechos, se debía agregar una compresión de las condiciones de recuperación de la economía imperialista. Mandel tuvo el mérito de actualizar la comprensión del dinamismo capitalista contemporáneo y sus fluctuaciones. Sus dos obras principales (el Traité d’économie marxiste de 1962 y Le Capitalisme du troisième âge de 1970) son la culminación de una reflexión que tiene su origen allí. 

Los años cincuenta se presentan como un doloroso cruce del desierto. Jamás fue tan grande la brecha entre las condiciones objetivas, que se supone que seguirían madurando, y el factor subjetivo, aún ínfimo. Sin embargo, la historia parece descongelarse con los primeros levantamientos antiburocráticos de 1956 y con el impulso de la revolución colonial (Vietman, Argelia, Cuba). El año 1968 confirma y amplifica esta “dialéctica de los tres sectores de la revolución mundial” (revoluciones anti-imperialistas, anticapitalistas y antiburocráticas) alrededor de esos acontecimientos ejemplares que son la ofensiva del Têt, la primavera de Praga y la huelga general del Mayo francés. Esta combinación explosiva se traduce en una radicalización de la juventud, animada por un gran impulso internacionalista. Las premisas de una renovación, sin embargo, siguen siendo débiles en la clase obrera misma. 

Esa fue la época de un “leninismo apresurado” que reconocía en el foquismo latinoamericano a su hermano gemelo. Aproximadamente entre 1968 y 1976, el surgimiento de una nueva (extrema) izquierda fue un fenómeno real en muchos países, al punto de sacudir la hegemonía de las organizaciones tradicionales, aunque sin alcanzar a disputarla. La revolución portuguesa de 1974-1975 fue la última prueba de las grandes controversias iniciadas en los años sesenta. Una profundización de la revolución portuguesa evidentemente habría modificado las condiciones de la transición negociada en España después de la muerte de Franco (noviembre de 1975). Pero la muerte del dictador español prácticamente coincidió con el golpe, la contrarrevolución democrática, la restauración del orden estatal bajo el impulso de Mario Soares y de la socialdemocracia. Fue el comienzo de un punto de inflexión que se desarrolló en Europa y en todo el mundo entre 1974 y 1978. Los primeros efectos sociales de la crisis y sobre todo la descarada política de colaboración de las direcciones reformistas desorientaron al movimiento obrero, quebrando el impulso nacido en 1968: el “compromiso histórico” en Italia (1976), los pactos de la Moncloa y aceptación de la monarquía en España (1977), la división de la izquierda y su derrota en Francia (1978). Se dio vuelta una página en la historia. 

Continuar

La cuestión seguía siendo más inquietante que nunca: si la crisis de la humanidad se reducía después de medio siglo a su crisis de dirección, ¿por qué todas nuestras buenas voluntades no habían tenido éxito alguno en resolverla? Los documentos preparatorios del XII Congreso mundial de 1985 señalan que esta cuestión ya no puede ser planteada en los términos de los años treinta.

La cuestión no se reduce a una crisis de la vanguardia, a la necesidad de reemplazar a las fracasadas direcciones tradicionales por un sustituto intachable. Una reorganización social, sindical y política del movimiento obrero y de sus aliados a escala planetaria está en el orden del día. A menos que un nuevo evento fundacional juegue un rol comparable al que en su momento tuvo la Revolución rusa, probablemente se tratará de un proceso desigual y prolongado. La IV Internacional puede constituir una herramienta eficaz, pero sin pretender en adelante considerarse como la alternativa casi natural al fracaso del estalinismo  y la socialdemocracia: “Ante la ausencia de acontecimientos de alcance mundial que puedan alterar las relaciones de fuerza entre las clases y determinar un realineamiento general, la recomposición del movimiento obrero internacional seguirá siendo lenta, desigual y profundamente diferenciada. No es el momento de la proclamación abstracta de una Internacional de masas, ni de la búsqueda de atajos en ese camino. No estamos más que al inicio de transformaciones profundas y duraderas del movimiento obrero. Debemos abordarlas combinando la construcción de la IV tal cual es, con la colaboración con las fuerzas de vanguardia que están evolucionando en los diferentes países y continentes.” Si bien los efectos y las consecuencias del estalinismo están lejos de haberse agotado, lo cierto es que una época ha terminado con la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. Para encontrar el camino en esta nueva época, necesitamos memoria y puntos de referencia programáticos. Pero la actualización de estos últimos se hará alrededor de nuevas experiencias fundacionales. Por el momento, no aparecen todavía los acontecimientos capaces de perfilar a gran escala las corrientes del movimiento obrero internacional, como fueron en su tiempo la Comuna, la guerra mundial, la Revolución Rusa o la contrarrevolución estalinista. Pero ellos vendrán. Es este encuentro de lo viejo y lo nuevo lo que nosotros tenemos que preparar.

 

 

Rouge n°1797, 8 de octubre de 1998.
Versión abreviada del prefacio de Entre histoire et mémoire de François Moreau, Combats et débats de la IVe Internationale, Vents d’Ouest, Hull 1993.

 

Compartinos tus ideas

¿Tenés algo que te gustaría compartir con nosotros?
¡No dudes en enviarlo!

Enviar artículo

Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.