El Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) fue fundado en Barcelona el 29 de septiembre de 1935, sobre la base de la fusión del Bloque Obrero y Campesino y de la Izquierda Comunista. Ante el aniversario de esa fundación, recuperamos un texto de Miguel Romero sobre Andreu Nin, principal dirigente del POUM, publicado en el número 93 de la revista española Viento Sur, en septiembre de 2007.

 

 

Miguel Romero 

“Ahora, en la perspectiva histórica, ante el desarrollo de las luchas políticas en Europa 

de una manera más o menos pacífica y no en situación grave, crítica, de guerra, el análisis

tiene tendencia, porque no va seguido de consecuencias, a ver las cosas, quizá, de diferente 

manera. Pero cuando un partido en pleno, educado en la lucha de clases,

completamente obrero, enemigo del colaboracionismo ministerial, adopta una resolución

de tal importancia [la participación en el Gobierno de la Generalitat], es porque la situación

concreta lo imponía”. Juan Andrade. Notas sobre la Guerra civil. Ediciones Libertarias,

Madrid, 1986.

 

Entre julio de 1936 y mayo de 1937 tuvo lugar en Catalunya un acontecimiento excepcional en la historia del movimiento obrero del siglo XX: un “choque de estrategias” entre todas las corrientes fundamentales del movimiento obrero (incluyendo a la corriente socialdemócrata, pese a que no hubiera un partido que la representara, como explicaré más adelante).

Aunque se dio en el marco excepcional de una guerra civil, podemos encontrar en este “choque”, ideas y experiencias útiles para intentar comprender las relaciones entre la lucha por el poder político y los objetivos de emancipación social, relaciones que son, hoy como ayer, posiblemente la cuestión mas controvertida dentro de la izquierda social y política, y que además constituye la base para construir, ayer como hoy, un proyecto anticapitalista.

 

Utilizando expresiones actuales, podemos caracterizar así a los principales polos de ese conflicto:

• La corriente libertaria quería “cambiar el mundo sin tomar el poder”. Y fracasó. Más que una estrategia, tal como se aplicó en Catalunya, la CNT-FAI se basó en una “doctrina”. Efectivamente, si una estrategia incluye una definición de medios coherentes para alcanzar objetivos en una situación concreta, la corriente libertaria desarrolló acciones militantes de formidable aliento revolucionario bajo la doctrina del comunismo libertario, pero su orientación ante los principales acontecimientos respondió a consideraciones de “realismo político”, que eran despreciables según su propia doctrina, envueltas paradójicamente en un análisis de la situación concreta muy poco realista. (Entre paréntesis, no es fácil entender por qué la experiencia de la CNT-FAI en este período ni siquiera es aludida como un referente por las personas y corrientes que defienden hoy puntos de vista similares, cuando es, si no la única, una de las pocas ocasiones en que se sometieron a prueba, a gran escala y con resultados transcendentes).

• La corriente estalinista, PCE-PSUC, puede decirse que quería “tomar el poder para no cambiar el mundo”. Y triunfó. En las condiciones revolucionarias creadas en julio de 1936, la “toma del poder” tuvo lugar como “contrarrevolución democrática” en el proceso de reconstrucción del Estado republicano. Combatir a la revolución socialista en nombre de un programa y un gobierno democrático burgués ha sido la base de la estrategia socialdemócrata en la Europa del siglo XX. En este sentido, el estalinismo desarrolló el programa socialdemócrata en la guerra civil española, con sus propios métodos, que fueron especialmente brutales en la Catalunya de 1936-1937. El más inteligente de los comisarios políticos de la Internacional Comunista lo resumió en uno de sus informes, ya en agosto de 1936: “El partido ha comprendido muy bien una cosa: que debe llevar adelante una lucha coherente por ampliar y reforzar sus posicionesen el ejército, en la policía, en el aparato estatal, etc. El reforzamiento de las posiciones del partido en el ejército, en primer lugar,y en el aparato estatal es una de las principales garantías de la victoria.” /1

 

• Finalmente, el POUM encarnó la estrategia marxista y leninista clásica: “tomar el poder para cambiar el mundo”. Y también fracasó. Pero a diferencia de la CNT-FAI, el POUM sí tenía una estrategia respecto a la cual justificó sus decisiones políticas. Podemos pues considerar si esa estrategia se correspondía con la situación y con los objetivos emancipadores que eran su fundamento y podemos analizar críticamente si las decisiones que se adoptaron eran o no coherentes con esa estrategia.

Son muy numerosos los libros y artículos que estudian estos problemas, específicamente o dentro de enfoques generales, algunos de ellos excelentes: por ejemplo, los de Pelai Pagès, Durgan, Tosstorff, Bolloten, Fraser, Godicheau, Pozo... además de los que escribieron sus propios protagonistas (Nin, Andrade, Solano, Gorkín, Gironella...).

Aquí quiero preferirme solamente a un período de tiempo muy breve (septiembre-diciembre de 1936) y a un tema concreto: la participación de Andreu Nin en el Gobierno de la Generalitat.

Esta participación plantea, al menos, problemas serios de coherencia con los fundamentos de la política del POUM, e incluso con sus resoluciones y declaraciones hasta la víspera mismo de la formación del gobierno. Más aún, hay una contradicción flagrante, por ejemplo, entre las declaraciones de Nin en su toma de posesión: “Vengo a legalizar lo que las masas han conquistado en la calle” y su participación decisiva unas horas después en el desmantelamiento del Comité de Lleida que, sin duda, era considerado por el POUM, y era realmente, una “conquista de las masas”.

¿Por qué no sólo un partido, sino un revolucionario inteligente e íntegro como Andreu Nin actuó de esta manera? Para mí hay aquí un enigma al que no soy capaz de encontrar una respuesta satisfactoria. Quizás no la tenga: sólo podía haberla dado el propio Nin pero, y esto contribuye a agudizar el enigma, en ninguno de sus textos aparece una explicación de estos conflictos, e incluso en el texto que resume su balance de la política del POUM en la guerra civil, “El problema de los órganos de poder en la revolución española” que publicamos en esta misma revista, hay un silencio clamoroso sobre su participación en el Gobierno de la Generalitat. Así que este artículo, más que responder al enigma, sólo va a ser finalmente el proyecto de una conversación imposible con la memoria de un camarada.

 

¿Proteger la unidad del partido? La explicación más sencilla sobre la entrada de Nin en el Govern es la que la refiere a la situación interna del POUM, la cual, sin duda, tuvo alguna influencia en los acontecimientos. El POUM era un partido con una historia muy corta, producto de una unificación aún poco fraguada, con su principal dirigente, Joaquim Maurín, encarcelado y reemplazado por el “líder de la minoría”, Andreu Nin, que contaría probablemente con el respeto de los militantes, pero era, como dijo Andrade, “un secretario político disminuido”. 

La negativa a participar en el Gobierno de la Generalitat, cuando incluso la CNT iba a formar parte de él, era una decisión muy arriesgada, que habría colocado al partido como única oposición de izquierdas, y exterior al Govern. Es posible que una decisión como ésta hubiera comprometido la unidad del partido y se entiende fácilmente que la dirección del POUM diera un gran valor a esta unidad. Pero esta explicación es muy insatisfactoria; deja fuera demasiados problemas importantes.

En primer lugar, llama la atención que el Pleno del Comité Central aprobara el 15 de septiembre la entrada en el Gobierno con muy poca oposición (Juan Andrade y Enrique Rodríguez; además expresaron reservas sectores de las JCI y de los comités de Lleida y Barcelona) y con “condiciones” que tenían un carácter puramente formal en aquella situación (básicamente, “hegemonía obrera” y “programa socializante”).

Pero en fin, en aquel momento, un par de semanas antes de la constitución del Gobierno (que tuvo lugar el 26 de septiembre), se discutía de posibilidades, no de hechos (aunque al menos una parte del CC debía saber que estábamos ya ante hechos prácticamente consumados; volveremos sobre este tema más adelante). Lo verdaderamente extraordinario, y difícil de explicar por “razones internas”, es que inmediatamente después de su toma de posesión Nin acompañara a Tarradellas a disolver el Comité de Lleida (30 de septiembre) , donde Companys pensaba que les iban a recibir “a tiros” y, por el contrario, convencieron fácil y rápidamente al Comité de subordinarse al Gobierno y desaparecer.

Una vez que se comprueba que el programa real del Gobierno, o al menos su primer objetivo, es la disolución del Comité Central de Milicias Antifascistas (1 de octubre) y, a continuación, todos los comités, sustituidos por “consejos municipales” dependientes de la Generalitat (9 de octubre), ¿por qué no reaccionó el partido?, ¿por qué no apareció una “oposición de izquierda” a esta orientación?, ¿por qué no entendieron que la fuerza política más amenazada y debilitada por estas decisiones era el propio POUM?, ¿cómo podía pensar Nin que su actuación en Lleida no “frenaba”, sino que le “daba forma a la revolución”?

La única explicación en clave interna es la que refiere Rosstorff: Nin habría protestado “en vano” en el Gobierno contra la disolución de los comités, pero el partido había decidido “sabotear” el decreto en la práctica, “haciendo valer” la fuerza del POUM en las distintas localidades /2. Lo menos que puede decirse es que la práctica fue en dirección contraria. Hay que buscar, pues, otras explicaciones.

 ¿Evitar el aislamiento? Cuando las circunstancias imponen a una organización política actuar “a contracorriente” existe una amenaza de aislamiento que sólo puede dejar indiferente a una secta. Es natural que este problema preocupara, y mucho, al POUM, una organización marxista revolucionaria nacida de una unificación mucho más limitada de la que había proyectado, con fuerzas militantes apreciables pero sólo con una influencia significativa en Catalunya, donde era además muy minoritario respecto a la CNT-FAI, y trabajando siempre en circunstancias excepcionales: bajo la tensión y la urgencia, primero de una pre-guerra civil y después de un proceso revolucionario dentro de una guerra civil, con una dualidad de poderes dentro del campo “republicano”.

Para el POUM superar el “aislamiento” significó siempre, en la práctica, buscar la influencia, el acuerdo, la convergencia práctica u orgánica con la CNT o con la mayoría de sus militantes. El estudio de las relaciones entre el POUM y la CNT, tendría que empezar en torno a la constitución del Frente Popular y terminar después de mayo del 37. Desborda por completo los límites de este artículo. Pero es inevitable hacer alguna consideración general, antes de entrar en los problemas concretos relacionados con el Govern.

La CNT era, sin la menor duda, la corriente hegemónica del movimiento obrero revolucionario español. Construir un partido revolucionario al margen de ella era simplemente absurdo. Para el POUM la política hacia la CNT era, y debía ser, fundamental. Pero, ¿qué política?

La CNT era una “organización-movimiento”, con una autonomía real de los diversos niveles confederales (local, regional, etc.) pero con una dirección estricta (aunque “no osara decir su nombre”) y líderes dotados de una gran, y muy activa, autoridad. En cuanto a la actividad práctica, la tradición de la CNT era actuar por su propia cuenta, sin alianzas con ninguna otra organización: la Alianza Obrera de Asturias en el 34 fue la excepción. La hostilidad hacia la “política”, y especialmente hacia los partidos políticos considerados “marxistas autoritarios”, era la base de su ideología y de su doctrina.

Pero sobre todo, el movimiento libertario era, especialmente en Catalunya, mucho más que una organización: era una cultura, “costumbres en común” construidas desde mediados del siglo XIX, transmitidas de generación en generación. /3

Esta descripción sumaria puede dar una idea de la dificultad de la tarea que se había propuesto el POUM. Pero también es cierto que el partido, y especialmente Nin, por toda su capacidad intelectual y biografía militante, reunía condiciones especialmente adecuadas para orientarse en esta situación.

Un planteamiento clásico en la tradición comunista habría sido realizar experiencias prácticas comunes que permitieran ganarse a la mayoría de la base de la organización, que rompería con, al menos, una parte de su dirección. Pero, en mi opinión, era completamente irrealista pensar que la mayoría, o incluso una parte significativa de la base de la CNT, podía hacerse “marxista”. En cambio creo que era posible que los militantes de la CNT fueran identificando por su experiencia al POUM como un partido cuyo “marxismo” no tenía nada que ver con el de los demás partidos así llamados, lo cual se comprobaba en acciones prácticas radicalmente distintas a las de esos partidos y, en cambio, cercanas a aspiraciones y objetivos de los militantes libertarios. La experiencia de los comités era el terreno y el marco organizativo en el que este proyecto, con forma de “alianza” sin hegemonía partidaria (lo cual ciertamente no se correspondía con ese planteamiento “clásico” al que me referí anteriormente), podría haberse hecho realidad.

Si esta posibilidad existió, la disolución de los comités acabó con ella. Y en todo caso, hay que reconocer que no habría sido el resultado de un proceso armonioso y natural, sino que se habría dado en condiciones de duros enfrentamientos con sectores, especialmente de la dirección de la CNT-FAI.

En realidad, la política del POUM, ya desde los tiempos de la formación del Frente Popular, fue mas bien de “acompañamiento” de la CNT, evitando cualquier conflicto práctico con su dirección sobre cuestiones importantes. Hubo además análisis equivocados sobre la situación real de la CNT (considerada “en retroceso” cuando la constitución del FOUS en mayo del 36, y “muy cercana” a los planteamientos del POUM en vísperas de la exclusión de Nin del Govern en diciembre, que contó con el apoyo indirecto de la propia CNT).

Desconocemos cuales habrían sido los resultados de una negativa del POUM a participar en el Gobierno de la Generalitat y, consiguientemente, a la disolución del CCMA y de los comités. Pero lo cierto es que cuando terminó la experiencia de participación en el Govern, el POUM estaba más lejos de la CNT y, en general, más aislado que nunca.

¿Qué poder? Una tercera línea de explicación de los problemas que estamos considerando los refiere a la orientación del POUM sobre la cuestión del poder político. En mi opinión, es la más importante de las tres que he considerado. Por eso antes de desarrollarla, me parece necesario establecer unos límites.

En primer lugar, es muy razonable la advertencia de Andrade, en la cita que he utilizado como prólogo, sobre las diferentes “maneras de ver” las cosas en situaciones muy diversas: efectivamente, setenta años después es difícil, si no imposible, valorar el conjunto de factores que presionaban y condicionaban la práctica del POUM. En cambio, aceptar, como nos pide Andrade, que la situación concreta “impuso” las decisiones del POUM es demasiado, incluso tratándose de un partido, cuyo carácter revolucionario no me plantea ni la menor duda /4. No se trata de juzgar, pero hay que intentar comprender.

En segundo lugar, si una revolución es siempre un acontecimiento excepcional, cuya posibilidad se origina por la confluencia de circunstancias efímeras, inestables y extraordinarias, en la guerra civil española las condiciones internacionales e internas configuraron un escenario muy improbable para la hegemonía revolucionaria en el campo republicano.

En mi opinión, la clave de esa improbabilidad está:

• por una parte, en que la imprescindible ayuda material y política exterior sólo llegó, en términos significativos, de la URSS, lo cual contribuyó lógicamente a fortalecer la influencia del estalinismo y sus partidos: PCE y PSUC, hasta conquistar la hegemonía en el gobierno republicano y en la dirección de la guerra;

• por otra parte, en que la relación de fuerzas política era muy desfavorable para el POUM; cambiar esa relación de fuerzas (es decir, modificar sustancialmente y en sentido revolucionario la red de relaciones entre instituciones políticas y militares republicanas, comités, PSOE, PCE-PSUC, CNT-FAI) era una tarea de extrema dificultad, que no podía resolverse simplemente aplicando la “línea correcta”.

Pero era un objetivo posible. Ésta es la cuestión: por qué no se utilizaron esas posibilidades, en las que estaba en juego no sólo el futuro de la guerra, sino la propia existencia del POUM;

• finalmente, la prolongación de la guerra, los problemas de desorganización, las dificultades graves para el armamento y el abastecimiento y la progresión de las tropas franquistas en las primeras semanas de agosto, planteaban problemas reales y urgentes de centralización, disciplina y reorganización general, militar, económica y política, del campo republicano. Había que encontrar una respuesta a estos problemas coherente con el desarrollo del proceso revolucionario. Y, una vez más, era una tarea muy difícil. Pero esa era “la tarea”, ahí estaba el núcleo del “choque de estrategias”. Y no es que el POUM perdiera esa batalla; es que no la reconoció como tal y, en realidad, no la dio.

Y así llegamos al tema central de este punto: la política del POUM sobre el poder. Recordemos el análisis de Nin después de mayo del 37: “(...) los comités, que, lejos de ser organismos estrictamente proletarios, eran órganos del Frente Popular, ¿podían jugar el papel de los Soviets? ¿Se ha olvidado que “todos” los partidos y organizaciones antifascistas, desde Acción Catalana, netamente burguesa y conservadora, hasta la FAI y el POUM, formaban parte de esos comités? El Comité Central de Milicias, formado sobre esas mismas bases, no podía ser el embrión del poder revolucionario frente al Gobierno de la Generalidad, dado que no era un organismo proletario, sino de “unidad antifascista”, una especie de gobierno ampliado de la Generalidad. No existía pues la dualidad de poderes, sino dos organismos análogos por su constitución social y su espíritu. Podría hablarse de dualidad de poderes si el Comité Central de Milicias y el Gobierno de la Generalidad hubiesen tenido una composición social diferente. ¿Pero cómo podían oponerse si tanto uno como otro era, en el fondo, equivalentes?”. /5

Lo sustantivo de este párrafo es la afirmación del Comité Central de Milicias y el Gobierno de la Generalitat como “equivalentes” y los comités como “órganos del Frente Popular”. Cuesta trabajo creer que Nin haya escrito algo así. 

Los trabajos de Godicheau y, especialmente, Pozo González permiten tener hoy un conocimiento preciso de la realidad de los comités y del CCMA. Es cierto que el CCMA ha sido mitificado en las interpretaciones de la guerra civil desde enfoques revolucionarios.

No era propiamente un organismo representativo de los comités, ni elegido por ellos, sino el resultado de un pacto entre los partidos que habían formado parte del Frente Popular. Pero sí era un organismo cuya autoridad se basaba en los comités -que tenían el poder real- y tomaba decisiones sobre cualquier aspecto de la vida social, desde económicos hasta militares, que eran, en general, aceptadas por los comités. 

Por eso el binomio CCMA+comités eran realmente un poder alternativo al de la Generalitat. Es cierto que Esquerra Republicana formaba parte de los dos, pero en el CCMA no tenía ni la menor influencia, mientras que en el Govern Companys y Tarradellas ejercían el mando.

Lo de menos es si esta situación se llama o no “dualidad de poderes”. Lo sustancial es que había dos poderes “incompatibles”, como afirmaba incluso la CNT, no por razones administrativas, sino porque respondían a dinámicas de clase y objetivos políticos contradictorios. La Generalitat, y las fuerzas políticas que la apoyaban, en primer lugar el PSUC, querían reconstruir el Estado republicano. El CCMA, porque se apoyaba en los comités, representaba la posibilidad de establecer el poder de los comités y, en ellos, la alianza entre marxistas revolucionarios y libertarios. Companys y el PSUC comprendieron bien lo que estaba en juego y, por eso, la primera tarea del “gobierno de unidad antifascista” fue, precisamente, liquidar a los organismos unitarios que habían logrado derrotar al “fascismo” en los primeros días de la guerra.

Más allá del texto de Nin, hay muestras claras de que el POUM no valoró adecuadamente al CCMA: por ejemplo, su representante en él, Rovira, no era un dirigente central del partido, mientras que Nin se encargó de la representación en el Consejo de Economía. Además, y esto ya resulta bastante más inquietante, por decirlo de algún modo, la decisión de disolver el CCMA se adoptó ya el 10 de septiembre (y, según Godicheau, la CNT la había adoptado ya ¡¡el 17 de agosto!!) /6, se mantuvo en secreto, y ya entonces se iniciaron las negociaciones para la formación del gobierno, todo ello con la aceptación del POUM; hay que recordar que la disolución formal del CCMA tuvo lugar el 1 de octubre.

Tampoco valoró adecuadamente el papel del mantenimiento de la Generalitat, aunque sólo con una sombra de poder efectivo, cuando los comités “eran los dueños de Catalunya” en los primeros meses de la guerra. El 6 de septiembre, en un formidable discurso (salvo en el punto que vamos a comentar) en el Price de Barcelona, Nin afirmó: “Si la dictadura del proletariado es la autoridad ejercida única y exclusivamente por la clase trabajadora (...) yo os afirmo que hoy en Cataluña existe la dictadura del proletariado” /7. Solano ha justificado estas palabras, dichas en un mitin, como una fórmula pedagógica dirigida a los anarquistas. Pero, en ese caso, no era una buena pedagogía -especialmente para la corriente libertaria que desconocía y despreciaba el poder político- omitir que el Estado republicano, la Generalitat, no había desaparecido, sino que estaba solamente debilitada y desarticulada, trabajando activamente por su reconstrucción.

Estas valoraciones equivocadas apuntan a un problema de fondo en la concepción del POUM, y de Nin, sobre el poder, al menos en un tema esencial: un poder político revolucionario tiene que nacer “desde abajo” y cualquiera que sea el sistema institucional que se adopte, el poder efectivo tiene que estar en organizaciones unitarias de base, abiertos a la participación democrática de las personas, corrientes, movimientos sociales y políticos comprometidos en la práctica con la tarea de construir la nueva sociedad.

En cada país y en cada época, esas organizaciones y esa “nueva sociedad” tendrán nombres y características muy diversas; en ese sentido, Nin llevaba razón cuando criticaba la aplicación a la realidad española del “modelo soviético”. Pero creo que se equivocaba al afirmar que la existencia aquí de potentes sindicatos eliminaba la necesidad de organizaciones específicas para el ejercicio de un poder de “nuevo tipo” capaz de servir a objetivos emancipatorios.

Unos días después de la exclusión del POUM del Gobierno de la Generalitat, un CC ampliado del POUM que tuvo lugar en Barcelona entre el 12 y el 16 de diciembre, llamó a luchar por una “Asamblea Constituyente” formada por representantes elegidos en “los Comités de fábrica y taller, las asambleas campesinas y los delegados del frente”./8 En julio, y más aún en septiembre, este objetivo era muy difícil de alcanzar, pero respondía a la situación real, a la experiencia de la gente y a los medios disponibles. En diciembre, esos “comités” habían desaparecido y la propuesta era pura propaganda, humo en el aire. Y el partido que ahora defendía esa política, sin duda creyendo en ella, había contribuido decididamente a privarla de sus bases materiales.

 Posiblemente, Nin escribió esa resolución.

Es el mismo Nin que afirmó en el discurso del Price: “Nos encontramos en una etapa decisiva de nuestra Revolución. ¡Ay de nosotros si no sabemos aprovechar

esta coyuntura!”

El mismo Nin que fue a Lleida a convencer a sus camaradas para que disolvieran el comité.

El mismo Nin que durante tres meses formó parte no ya del Gobierno, sino de su “comisión permanente”, realizando una tarea notable en su Consejería de Justicia,

pero también colaborando en la reconstrucción del Estado republicano, incluso cuando se hostigó duramente a los comités rebeldes que no aceptaron su disolución.

¿Por qué?

 

Miguel Romero (1945-2014) fue periodista, miembro de la redacción de VIENTO SUR y militante de Izquierda Anticapitalista en el Estado español.

 

1/ Togliatti, P. (1980) “Informe del 30 de agosto a la dirección de la Internacional Comunista.” Escritos sobre la guerra de España. Barcelona, Crítica.

2/ Tosstorff, R (1998) Nin como líder del POUM. El texto está en la web de la Fundación Andreu Nin www.fundanin.org.

3/ El gran libro de Chris Ealham “La lucha por Barcelona” es imprescindible para comprenderlo.

4/ Aplicarle el calificativo de “centrista”, uno de los conceptos más toscos e inútiles de la política comunista, fue un lamentable error sectario, muy repetido desde entonces por personas y organizaciones vinculadas con el trotskismo; la LCR fue una excepción.

5/ Ver en este mismo número el artículo “El problema de los órganos de poder en la revolución española.”

6/ Godicheau, F. Op. Cit. Págs 127 y 132.

7/ Nin, A. (1971) “El proletariao español ante la revolución en marcha”, septiembre de 1936, en Los problemas de la revolución española, París, Ruedo Ibérico

8/ Alba, V (1977). La revolución española en la práctica. Documentos del POUM. Madrid, Júcar, pág. 107.

 

Compartinos tus ideas

¿Tenés algo que te gustaría compartir con nosotros?
¡No dudes en enviarlo!

Enviar artículo

Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.