Martín Mosquera[1]

26/10/18

El fascismo está a las puertas del poder en Brasil, el gigante latinoamericano, la sexta economía mundial. Se trata, pues, de una conmoción de alcance internacional y, probablemente, de una inflexión en la historia brasileña y regional. La dinámica política inaugurada por los resultados del primer turno dio licencia a un gran despliegue de violencia social y política y presenciamos en estos días una sorprendente explosión de atentados y agresiones a personas LGTBI, mujeres, pobres, negros y simpatizantes del PT, por parte de seguidores de Bolsonaro. Como dijo Maud Chirio, especialista en historia brasileña, “asistimos en directo a la fascistización de Brasil”. Al borde del abismo, es necesario discutir sobre el peligro que enfrentamos para prepararnos para los combates que vienen.

Es preciso mantener el rigor y no usar livianamente el término fascismo. No se trata de un sinónimo para “capitalismo autoritario” ni un calificativo apropiado para toda dictadura militar o bonapartismo represivo. En la historia argentina podemos recordar una aplicación abusiva en su uso para definir al peronismo histórico, por parte del Partido Comunista y de buena parte de la intelectualidad burguesa, como en la más reciente utilización para caracterizar al proyecto neoliberal (y embrionariamente autoritario) de Macri, por parte de algunos analistas ligeros de precisiones.

Las clasificaciones y las definiciones en la teoría social tienen siempre un carácter aproximativo, provisorio y una cierta cuota de arbitrariedad. Ya no podemos pensar, como los padres fundadores del marxismo, que las categorías de análisis con las que trabajamos (bonapartismo, fascismo, populismo, revolución, clases)  están dotadas de delimitación y precisión científicas. Esto no quita que el debate exige rigor y no es trivial, técnico, ni meramente terminológico. De la caracterización de nuestro enemigo se sigue nuestra política. Y en la encrucijada actual está en juego la posibilidad de evitar una derrota histórica de las clases populares (que es mucho más que una derrota electoral).

El impacto de toda gran conmoción de la lucha de clases siempre ha modelado, en buena medida, los debates estratégicos subsiguientes de la izquierda a nivel internacional. Es a partir del balance de la experiencia chilena de la Unidad popular, por caso, que Berlinguer defiende en Italia la necesidad de un “compromiso histórico” del PCI con fuerzas de la burguesía, como medio de plantear la cuestión gubernamental de forma duradera (es decir, por medio de abrumadoras mayorías electorales que solo podrían conquistarse en acuerdos con los sectores “progresivos” de los partidos tradicionales). En cierta forma, todos los problemas estratégicos del periodo se presentan ahora condensadamente en el “instante de un peligro”: el balance del PT y del “ciclo progresista” latinoamericano, los rasgos crecientemente autoritarios del capitalismo en crisis, la posibilidad de emergencia de una nueva izquierda “pos-progresista” y el papel del nuevo ciclo de luchas feministas.

El enigma teórico del fascismo

Este ascenso de Bolsonaro impuso explosivamente la discusión sobre la naturaleza del fenómeno ¿Se trata efectivamente de una forma contemporánea de fascismo? ¿Se puede asimilar a las experiencias de los años 30? ¿Se trata del capítulo latinoamericano de un endurecimiento autoritario global que se evidencia como tendencia de la reestructuración capitalista en curso? El crecimiento de la extrema derecha en todo el mundo occidental obliga a ubicar nuevamente en el centro de la discusión marxista el estudio sobre las nuevas derechas radicales. “La historia del fascismo – afirmaba Mandel -  es también la historia del análisis teórico del mismo”. Y agregaba:

De las cenizas de la primera  “casa del pueblo” que incendiaron las bandas fascistas en Italia surgió inevitable la pregunta: ¿qué es el fascismo? Durante 40 años (hasta el período inmediato a la post-guerra) esta pregunta fascinó simultáneamente a los principales teóricos del movimiento obrero y la intelectualidad burguesa. A pesar de que la presión de los acontecimientos históricos y del  “pasado no aprehendido” se ha relajado en alguna medida en los últimos años, la teoría del fascismo sigue constituyendo un tema obsesionante para la sociología y la ciencia política (1969).

Esta obsesión de la teoría social es el reverso de la permanente perplejidad que suscita un fenómeno tan enigmático como para reunir una política ultra-reaccionaria junto a tópicos provenientes de la izquierda revolucionaria, autoritarismo y rebelión de masas, una orientación favorable al capital monopolista y altos niveles de autonomía estatal, elementos identitarios arcaicos y anti-modernos (la raza, la sangre, la tierra) y un modernismo técnico, científico e industrial. Llegan a tal punto las características desconcertantes que George L. Mosse, uno de los grandes historiadores sobre el fascismo de las últimas décadas, lo definió paradójicamente como una “revolución burguesa anti-burguesa”.

A fines de los años veinte, la dirección de la Komintern (Internacional Comunista), ya dominada por Stalin, formuló una interpretación del fenómeno que retrospectivamente podemos destacar por sus notables limitaciones. Dotada de una concepción fuertemente economicista, el fascismo no podía ser otra cosa que el instrumento puro y simple de una dictadura del capital monopolista sobre el conjunto de la sociedad. Con una concepción que suponía la unidad monolítica entre el Estado y las clases dominantes, la Komintern caracterizó como “fascista” a cualquier régimen autoritario de la época (desde el gobierno alemán de Hindenburg, la dictadura polaca de Piłsudski o el régimen de Primo de Rivera), e, incluso más, a toda corriente política que no se propusiera una ruptura revolucionaria con el capitalismo. La social-democracia, entonces, no era más que una de las múltiples caras del fascismo (“social-fascismo”). Ciega frente a los peligros que enfrentaba, la Komintern consideró el ascenso del fascismo al poder como un corto paréntesis que preanunciaba la revolución proletaria (“después de Hitler, nuestro turno”). Pocas veces un error de comprensión (resultado en buena medida de los intereses diplomáticos del Kremlin) tendría efectos políticos tan devastadores.

Esta perspectiva condujo al Partido Comunista Alemán a la táctica de “clase contra clase”, que no solo rechazó toda unidad de acción antifascista sino que convirtió a la socialdemocracia en el enemigo principal, cuando era inminente el acceso del nazismo al gobierno. Esta incomprensión derivó, en palabras de Trotsky, en  la “página más trágica de la historia moderna”: el ascenso de Hitler al poder, con escasa resistencia, en el país con la clase obrera más grande, mejor organizada, más culta y más politizada de Europa y pieza estratégica fundamental de la extensión internacional de la revolución (expectativa que se mantuvo inalterable de Marx hasta la III Internacional).

El marxismo sin embargo desarrolló los análisis sobre el fascismo más sofisticados del periodo, a distancia de las posiciones de la Komintern (los escritos de Guerin, Trotsky, Gramsci, Togliatti, Otto Bauer). Pese a las diferencias, estos autores presentan rasgos comunes en sus escritos: sitúan el desarrollo del fascismo en el cuadro de la severa crisis social del capitalismo de entreguerras, en su fase imperialista y declinante, y como respuesta a la presencia de una  amenaza revolucionaria proveniente de la clase obrera, es decir, en el marco de una dinámica de polarización social y política. Con base en la pequeña burguesía en crisis, el fascismo va a ser un fenómeno político de masas dotado de cierta autonomía respecto a la gran burguesía, a pesar de que desarrolle una política favorable a sus intereses. Trotsky lo va a definir como un “sistema particular de Estado basado en la extirpación de todos los elementos de la democracia proletaria en la sociedad burguesa”, una suerte de guerra civil institucionalizada contra la clase trabajadora y las libertades democráticas. En la definición de Togliatti del fascismo como un “régimen reaccionario de masas” se plasma esa peculiaridad que lo diferencia de otros movimientos autoritarios: la gran movilización de masas que precede a su advenimiento y que asume la forma de una “rebelión plebeya” contra las “elites”. De hecho, el fascismo se autodefinía como una “revolución contra la revolución” (Traverso, 2016).

También hubo ciertos estudios de inspiración marxista que buscaron una intersección entre el análisis socio-económico y el psicoanálisis, de donde surgieron los textos sobre la “personalidad autoritaria” de Adorno, o el análisis del fascismo como inscripción política de los “impulsos secundarios” (crueldad, rapacidad, lascivia, sadismo,  envidia) de William Reich ("Las masas no fueron engañadas, ellas desearon el fascismo”). Bien entendidos, estos últimos análisis tienen sus puntos de interés para aportar a la comprensión de un fenómeno complejo de este tipo.

En las décadas posteriores a la posguerra, se abrió una nueva secuencia de textos en el campo del marxismo (Poulantzas, Laclau), que buscaron enfatizar  la autonomía política y estatal de la experiencia fascista, irreductible a cualquier materialismo vulgar. Estos análisis confrontaron principalmente al economicismo de la Komintern, ya sea en su momento ultra-izquierdista del “tercer periodo” o en su momento oportunista de los frentes populares posterior al VII CongresoPara Poulantzas el fascismo reorganiza el bloque en el poder en beneficio del capital monopolista por medio de un tipo de Estado que mantiene una autonomía relativa respecto a la fracción del capital cuya hegemonía consolida (2005). En una línea similar, para el joven Laclau althusseriano el fascismo es la  consecuencia de la imposibilidad de incorporación de las “interpelaciones popular-democráticas” al discurso socialista (producto de su “reduccionismo de clase”, incapaz de rearticular demandas nacionalistas, democráticas, provenientes de las clases medias, etc.) y, a su vez, una forma específica de articulación de estas interpelaciones (2015).

La tradición de análisis del marxismo anti-estalinista sobre el fascismo histórico (y su crítica al instrumentalismo economicista de la Komintern) es un recurso útil para comprender el fenómeno al que estamos asistiendo, siempre que evitemos caer en la clásica tentación de las analogías demasiado rápidas.

¿De qué es Bolsonaro el nombre?

Han surgido objeciones a la caracterización de Bolsonaro como fascista, que se concentran en marcar una serie de diferencias entre éste y los regímenes de Hitler o Mussolini: la ausencia de un partido de masas como el NSDAP alemán, la inexistencia de bandas paramilitares armadas como las camisas negras italianas o las SA alemanas, la debilidad del movimiento obrero, incapaz de elevarse como amenaza revolucionaria, o la aceptación del marco electoral y de la democracia liberal. Se trata de análisis esquemáticos, que cuentan con una definición del fascismo demasiado restrictiva, estática y que, hasta cierto punto, reproducen la combinación de economicismo e instrumentalismo que caracterizó a la Komintern.

A partir del explosivo crecimiento de nuevas derechas radicales en Europa (en un contexto político que ejerce presiones a la moderación y a la “respetabilidad institucional”), está en curso un debate sobre la naturaleza de éstas y su relación con el fascismo clásico (Enzo Traverso, 2016, Ugo Palheta, 2018, Jacques Ranciere, 2015, Michael Lowy, 2014). En cualquier caso, la “cuestión Bolsonaro” es más inequívoca y sus simetrías con el fascismo más directas.

Llamamos neofascismo al fascismo acorde al actual periodo histórico. Muchas de las características de la entreguerras donde se desarrolló el fascismo histórico no se repetirán. Hoy estamos en un contexto social e institucional donde adquiere nuevas formas el movimiento de masas reaccionario que pretende “institucionalizar métodos de guerra civil” contra la clase trabajadora, la izquierda y las libertades democráticas. Veremos, factiblemente, que la democracia y la legalidad constitucional seguirán siendo el ropaje exterior de un régimen autoritario. Es probable también que los medios de coerción dominantes sean las fuerzas represivas regulares y no bandas paramilitares.

El fascismo actual no se puede asimilar al de los años 30 porque no estamos en aquel periodo. Pero además el fascismo histórico no se redujo a los modelos de Alemania o Italia. El franquismo español, la dictadura zalazista en Portugal, el régimen de Vichy en Francia, son también expresiones del mismo fenómeno político de entreguerras, o parte de su “campo magnético” (Burrin), y no pueden ser asimilados a las experiencias de Alemania o Italia[2].

Apelar a la imposibilidad de Bolsonaro para instalar un régimen estatal totalitario-corporativo o, incluso, a las dificultades para estabilizar su eventual gobierno, no quita que el ascenso del candidato del PSL al gobierno es un gran paso en dirección a una forma de neofascismo. En ninguna de las experiencias históricas, incluso luego de acceder al poder,  se vio emerger un Estado fascista de un día para el otro. Ya convertido en primer ministro, Mussolini gobernó dentro del marco constitucional durante meses, en coalición con partidos tradicionales (católicos, nacionalistas, liberales), y dispuso inicialmente solo de cuatro ministros fascistas.

El fascismo nunca fue implementado de forma abrupta. Hay que pensar el fascismo como dinámica política y, más bien, hablar de un proceso de fascistización, que atraviesa necesariamente mediaciones, transiciones, saltos y rupturas. El fascismo no se adopta de un día para el otro porque no es un “botón” que la burguesía aprieta en situaciones de crisis.  No es nunca un instrumento ni un epifenómeno de las necesidades del capital, sino el producto de un proceso complejo y relativamente autónomo, donde sedimentan cuestiones ideológicas, dinámicas políticas e incluso “accidentes” electorales inesperados.

Otro argumento típico para rechazar la caracterización de Bolsonaro como neofascista es el que reduce el fascismo a un recurso de las clases dominantes para frenar un ascenso revolucionario en puertas. Y como hoy la clase obrera está a la defensiva, y es inexistente la amenaza revolucionaria, las clases dominantes no tendrían interés en recurrir a métodos fascistas. Se trata, nuevamente, de una concepción economicista, instrumentalista y que subestima la autonomía de los fenómenos políticosEl neofascismo actual responde a la experiencia de los sectores medios y de la pequeña burguesía durante los gobiernos del PT y a la crisis económica y el deterioro social de los últimos años. “El antipetismo de los últimos cinco años – afirma Valerio Arcady - es una forma brasileña del anti-izquierdismo, anti-igualitarismo o anticomunismo de los años treinta. No fue una apuesta del núcleo principal de la burguesía contra el peligro de una revolución en Brasil. Hasta pocas semanas atrás la inmensa mayoría de la burguesía apoyaba a Alckim. Bolsonaro es un caudillo. Su candidatura es expresión de un movimiento de masas reaccionario de clase media, apoyado por fracciones minoritarias de la burguesía, ante la recesión económica de los último cuatro años.”[3]

La referencia a la ausencia de un partido de masas, como criterio de caracterización, evidencia la incomprensión de la dinámica en curso. Por el momento, es cierto, Bolsonaro expresa fundamentalmente una corriente electoral. La bancada del PSL en el congreso  solo va a contar con 52 diputados sobre 513  (es la segunda, detrás de los 56 del PT). Pero la base de sustentación parlamentaria del futuro gobierno va mucho más lejos que los electos del PSL. Estas elecciones consolidaron el avance de un bloque transversal de extrema derecha que se resume en el acrónimo BBB: “Bala”- diputados vinculados a la policía, las FFAA y milicias privadas -; “Buey” – los grandes empresarios del campo-; y “Biblia”-fundamentalistas evangelistas y neo-pentecostales. Este bloque va a constituir una sólida base parlamentaria para un eventual gobierno neofascista. Si a este sólido apoyo institucional le sumamos el espontaneo movimiento social autoritario, que se expresa en la ola de atentados de estos días, y el eventual control del aparato estatal, podemos pensar que se reúnen condiciones para la construcción “desde arriba” de un partido neofascista brasileño. Considerando el precedente de la violencia que ya despliegan los simpatizantes de Bolsonaro, no puede descartarse la emergencia de bandas para-estatales que administren la violencia social y política por fuera de toda legalidad. 

La cuestión del eventual cambio en el régimen político no es fácil de prever. Descartada la posibilidad de un Estado totalitario en sentido estricto, lo más probable es que veamos la emergencia de un régimen cívico-militar de nuevo tipo, producto de un progresivo copamiento militar de las dóciles estructuras constitucionales, eventualmente sumado a algún tipo de “auto-golpe” que distorsione al límite el régimen constitucional. Bolsonaro tiene el terreno bastante allanado por los cambios institucionales que siguieron al “golpe parlamentario” a Dilma Rousseff: persecución judicial a opositores, limitación de derechos políticos y, sobre todo, intervención militar de Río de Janeiro, verdadera “experiencia piloto” y precedente de lo que puede implementar el nuevo gobierno a nivel nacional.

Este proceso de fascistización emerge como respuesta a la gran crisis de hegemonía que afecta al capitalismo brasileño crecientemente desde 2013. No basta con una crisis económica para que el fascismo emerja como respuesta, lo que lo vuelve posible “es una crisis del conjunto de las mediaciones políticas, ideológicas e institucionales que, en tiempos normales, aseguran la reproducción pacífica del sistema por una mezcla de violencia de Estado y de consentimiento popular donde este último tiene el rol principal” (Palheta, 2018). Precisamente eso es lo que sucede aceleradamente en Brasil, con más intensidad desde el “golpe parlamentario” de 2016 (que no logró cerrar la crisis, sino que la profundizó). Repasemos: el derrumbe de los partidos del “centrao” (en rigor, de la derecha tradicional), que fueron la base política del golpe y del gobierno de Temer, como el PSDB y el MDB, el retroceso del PT y de la CUT (que podría profundizarse en caso de confirmarse la derrota electoral en el segundo turno) y la crisis del conjunto de la institucionalidad estatal (un gobierno con 3% de apoyo, un congreso marcado por la corrupción generalizada, un desmesurado intervencionismo judicial). En este contexto de deterioro estatal general, las FFAA aparecen como la institución más creíble en diferentes encuestas de opinión, en un país donde la salida de la dictadura no conllevó ningún proceso de enjuiciamiento institucional y mantuvo inalteradas sus estructuras castrenses.

Bolsonaro es la expresión política de una camarilla de las FFAA (no necesariamente del conjunto de la fuerza), que se propone una suerte de golpe de Estado militar bajo cobertura constitucional. “Golpe dentro del golpe”, dijo acertadamente Mario Santucho en la revista Crisis, en referencia al precedente del impeachment contra Dilma Rousseff. Una camarilla que ha logrado capitalizar el antipetismo y reorganizar a la derecha en beneficio suyo. Junto a las FFAA, su otro pilar son las poderosas iglesias evangélicas, que comprenden al 22% de la población (42 millones de personas). Desde hace tiempo, el evangelismo cuenta con una presencia parlamentaria considerable y un notable poder político. En su momento, habían apoyado al PT, lo que se expresó políticamente en la designación del acaudalado industrial José Alencar, vinculado a la Iglesia Universal, como vicepresidente de los dos mandatos de Lula.

Bolsonaro representa un neofacismo “desacomplejado”, que encuentra pocos parecidos en un mundo ya acostumbrado a las extremas derechas (los regímenes de Erdogan en Turquía o de Orbán en Hungría puedan ser tal vez paralelos pertinentes): explícitamente racista, misógino, anti-LGBTI, anti-comunista y, a la vez, ultra-liberal en lo económico (a diferencia de la derecha radical, proteccionista, de los capitalismos avanzados). Defiende el mismo programa que Temer, una ambiciosa reestructuración económica a costa de la clase trabajadora, con métodos brutales. Hace eje en la “seguridad” (“bandido bueno es bandido muerto”), lo que le permite aprovechar la angustia ante la altísima violencia social existente en beneficio de un endurecimiento represivo. Se ubica en oposición al conjunto del sistema político, dirigiendo el descontento con la casta política hacia salidas autoritarias, con sistemáticas expresiones contra las instituciones del régimen democrático y contra la izquierda y el movimiento obrero (aseguró estar dispuesto a cerrar el congreso, prometió “una limpieza nunca vista en la historia” contra la oposición y “barrer a los bandidos rojos”, entre otras expresiones brutales que se renuevan diariamente).

Bolsonaro es emergente de una derechización autoritaria de franjas importantes de la sociedad. Pero también es alimento de esa derechización.  No hace falta adherir a la Teoría del Discurso posmarxista para reconocer que el “representante cumple una función activa” sobre el “representado”, como solía recordar Ernesto Laclau. El plano político-electoral no solo es resultante de las relaciones de fuerza y las corrientes de opinión presentes en la sociedad, sino que las modela e incide sobre ellas. Bolsonaro es efecto pero también causa del creciente autoritarismo social, al dirigir hacia “soluciones” salvajes la desesperación y el descontento popular. Su eventual victoria, pues, no solo va a inscribir políticamente una derechización radical autoritaria precedente, sino que está en condiciones de profundizarla. Nuevamente, es importante percibir el sentido de la dinámica política y no limitarse a analogías históricas que describirían al fascismo necesariamente como un proceso “de abajo hacia arriba”.

¿Cómo llegamos a esto? El primer factor del crecimiento de la extrema derecha es sin dudas la desilusión con la experiencia del PT, convertido en un gestor social-liberal de la crisis del capital (profundizaremos esto en el apartado siguiente). Para entender las formas que adquiere el creciente antipetismo hay que tener en cuenta las permanentes campañas mediáticas en su contra, que toman la forma de propaganda sistemática contra los derechos sociales y la lucha popular bajo la cobertura de la denuncia a un “gobierno corrupto”. Como afirmó Ezequiel Adamovsky: “los discursos "antipopulistas" y pseudo-republicanos ramplones que vienen proliferando desde hace veinte años hicieron mucho por demonizar no sólo a los gobiernos llamados "progresistas" sino también a cualquier otra forma de participación popular en la vida política y a la propia idea de luchar por la expansión de derechos. Y en definitiva a la democracia”.

El segundo factor a tener en cuenta es el fracaso del ciclo de movilizaciones iniciados en junio de 2013. Originalmente protestas fundamentalmente juveniles en torno al transporte público, primero, y luego la educación y la salud; el ciclo de luchas evolucionó hacia importantes huelgas obreras como las de los trabajadores de la limpieza de Río de Janeiro o del subte de San Pablo. Este ciclo de protestas expresaba aspiraciones sociales suscitadas en los años de crecimiento económico, a las cuales un gobierno de “conciliación de clases” como el del PT y la estructura dependiente del capitalismo brasileño, no podían satisfacer. El gobierno, que tuvo que enfrentar por primera vez una movilización de masas de oposición, no ofreció respuesta a estas protestas. Ante el descontento frente a un gobierno de “izquierda” que no dio satisfacción a los reclamos (y ante la imposibilidad de canalización por parte de la oposición de izquierda), el clima de malestar  y movilización fue capitalizado por la derecha, que fue hegemonizando progresivamente la oposición social con un sello “anti-populista”.

Un tercer factor es el “golpe parlamentario” de 2016 y el endurecimiento autoritario que le siguió. La magnitud de las contra-reformas que se propuso el nuevo gobierno y su notable desprestigio (debe haber pocos gobiernos del mundo que se sostienen con solo el 3% de apoyo social), condujeron a un creciente endurecimiento autoritario, que fue obteniendo sucesivos resultados: intervención militar en Río de Janeiro, persecución judicial a opositores, detención de Lula sin pruebas, reforma política proscriptiva para las fuerzas minoritarias y el marco general de un clima de creciente violencia política (que se simboliza en el asesinato de la concejala del PSOL Marielle Franco). Esta naturalización progresiva de un régimen autoritario es la bandeja de plata que prepara el aterrizaje del neofascismo de Bolsonaro.

Por otro lado, no hay que subestimar la reacción conservadora de franjas fuertemente patriarcales de la sociedad brasileña contra el nuevo ciclo de movilizaciones feministas que se inició en 2013. La candidatura de Bolsonaro representa, en parte, los temores de la “masculinidad hegemónica” amenazada por la oleada feminista. Esto impone, como desarrollaré más adelante, nuevas responsabilidades y desafíos a un feminismo que puede convertirse en un movimiento de masas clave de la resistencia democrática y anti-autoritaria (como lo mostraron las movilizaciones del 29S) si logra dotarse de una política hegemónica exitosa para los siempre presentes “sectores intermedios” de la sociedad.

Por último, el marco general de los actuales eventos es, naturalmente, la crisis económica iniciada en 2014 durante el gobierno de Dilma Rousseff, la más importante en cien años: solo entre 2015-2016 se registró una caída del 7% del PBI, la deuda pública supera el 100% del PBI, la recesión industrial lleva cuatro años y la desocupación alcanza el 13%.

La izquierda y la lucha contra el neofascismo

Una palabra sobre la ubicación táctica de la izquierda ante esta encrucijada histórica. Con el pronunciamiento del PSTU por el voto a Haddad, el conjunto de la izquierda brasileña se ubicó en el campo del anti-bolsonarismo militante. En la izquierda argentina, en cambio, las posiciones son más vacilantes. Algunas pocas corrientes ultraizquierdistas colocan al PT y a Bolsonaro en el mismo plano y se pronuncian por la abstención. En esa orientación parecían encaminarse los principales partidos del FIT, tal como se evidenció en una serie de declaraciones y pronunciamientos previos a la primera vuelta (que fueron contestados en un texto de Claudio Katz[4]). El impacto de los resultados de la primera vuelta hizo que estos partidos cambiarían saludablemente la orientación y se pronunciaran por un “voto crítico” al PT (con la excepción de IS, que vino a coronar una vergonzosa política ante la situación brasileña, iniciada en su apoyo al golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, con un posicionamiento indistinto entre el voto a Haddad y el voto en blanco en el balotaje). 

Sin embargo, los pronunciamientos de las fuerzas principales fuerzas de la izquierda argentina (PO/PTS) no están exentos de problemas serios, que ponen en evidencia una incomprensión del peligro que se enfrenta o de las estrategias para combatirlo. El pronunciamiento del PO  por  un “voto crítico” al PT responde exclusivamente, como se han cansado de repetir, a la voluntad de “acompañar la experiencia de las masas” y de trazar un “puente” con los que luchan por medio de la acción directa contra el fascismo. La importancia de ponerle un freno electoral a Bolsonaro por medio del PT es completamente desestimada. En declaraciones anteriores a las elecciones, Altamira identificó el apoyo al PT en un probable balotaje contra Bolsonaro con “una suerte de ´votá por tu verdugo preferido´”[5]. Esta forma de razonar choca con el clásico argumento que Trotsky opuso al ultra-izquierdismo estalinista: “Para los que no lo comprendan, tomemos un ejemplo más. Si uno de mis enemigos me envenena cada día con pequeñas dosis de veneno, y otro quiere darme un tiro por detrás, yo arrancaré primero el revólver de las manos del segundo, lo que me dará la posibilidad de terminar con el primero. Pero esto no significa que el veneno sea un "mal menor" en comparación con el revólver.” Y agregaba un comentario final, que podríamos dirigirle a Altamira: “¡A decir verdad, uno se siente un poco embarazado de explicar una cosa tan elemental!”

El debate con el PTS requiere una mayor sutileza, aunque las concepciones subyacentes no son menos problemáticas. Repasemos algunos pasajes de sus pronunciamientos: “las fuerzas de extrema derecha desatadas por Bolsonaro, en el caso muy probable de que este gane las elecciones, parecerían anticipar una suerte de gobierno pre-bonapartista judicial-militar cualitativamente más autoritario y reaccionario que bajo el gobierno de Temer. (…) En ese marco, un eventual gobierno de Bolsonaro ya nace débil, y es probable que esté cruzado por múltiples formas de la lucha de clases”[6]. En un artículo de otro autor de esta corriente, se afirma con menos ambigüedades: “cuando Bolsonaro quiera aplicar privatizaciones, legislaciones degradantes de las condiciones de trabajo y de vida de la población obrera y popular, entre otros ataques contra los derechos democráticos, de las mujeres y las minorías oprimidas, deberá hacer frente a la lucha de clase (…) En un contexto de crisis política y económica y de polarización, podemos esperar grandes explosiones sociales”.[7]

Estos análisis no son casualidad, sino que vienen a repetir una incomprensión recurrente de esta corriente en su caracterización de la nueva extrema derecha en el mundo. Sus análisis tienden a: a) subestimar los elementos fascistas de la extrema derecha y caracterizarla generalizadamente en términos de bonapartismo autoritario; b) minimizar las tareas de frente único defensivo; c) subestimar la posible fortaleza de los gobiernos en cuestión y fantasear con explosiones sociales que serían el subproducto de su ascenso al poder; y d) colocar el eje en la delimitación con las corrientes reformistas o burguesas tradicionales, que por momentos aparecen como un “obstáculo más grande” que el mismo ascenso al poder de la extrema derecha. En sus análisis sobre la Turquía de Erdogán[8]  o del Frente Nacional francés[9], por ejemplo, desarrollan esta perspectiva.

Como intentamos explicar, Bolsonaro y su pequeña camarilla político-militar tienen una orientación inequívocamente fascista. Si la victoria electoral de Bolsonaro no es suficiente para un basculamiento definitivo hacia el fascismo, sería en cualquier caso un paso decisivo en esa sentido y aceleraría la dinámica fascistizante en curso. Lejos de favorecer la movilización social, su acceso al gobierno sería una catástrofe y abriría la puerta a una degradación significativa de las condiciones de lucha y organización popular.

Bolsonaro es nuestro mayor enemigo. Por eso es necesario comprometerse en una lucha electoral sin cuartel y militar decididamente el voto por la fórmula del PT (evitando toda “cautela” ultra-izquierdista). Incluso si es improbable impedir la victoria de Bolsonaro, es importante evitar un triunfo electoral arrollador, para generar las mejores condiciones posibles para los enfrentamientos que se vienen. Nuevamente podemos advertir que, ante la prueba de los grandes acontecimientos, las limitaciones teóricas y estratégicas se convierten en desastres políticos.

Bolsonaro y el “ciclo progresista” latinoamericano

Es habitual recordar la clásica frase de Walter Benjamin: "cada ascenso del fascismo da testimonio de una revolución fallida". Si no la tomamos de forma estrictamente literal, esta línea encierra un concepto útil para pensar las dinámicas políticas que alimentan el crecimiento de la extrema derecha como salida al descontento popular.

Slavok Zizek, siguiendo la máxima benjaminiana, analizó recientemente la consolidación de uno de los fenómenos autoritarios contemporáneos: el fundamentalismo yihadista en el mundo árabe. “Su ascenso – dice Zizek - es el fracaso de la izquierda, pero simultáneamente una prueba de que había un potencial revolucionario, una insatisfacción que la izquierda no pudo movilizar. ¿No se corresponde exactamente el auge del islamismo radical con la desaparición de la izquierda secular en los países musulmanes?[10]” Del mismo modo que el fundamentalismo islámico toma fuerza del fracaso del panarabismo y de la izquierda laica árabe, el ascenso de Bolsonaro no puede abstraerse del eclipse de la experiencia del PT (y, más en general, el avance de la derecha latinoamericana es inseparable de los límites del “ciclo progresista”).

Ícono internacional de la izquierda durante veinte años, el PT fue el resultado de la radicalización de un sector del movimiento obrero desde fines de los setenta, especialmente en el triángulo industrial del ABC de San Pablo. En un país con una clase obrera joven, que hacía sus primeras experiencias sindicales y políticas, emergió la posibilidad de que se construyera una representación política independiente de los trabajadores en base a la fuerza del sindicalismo combativo emergente. El PT fue durante dos décadas el instrumento político de los movimientos sociales, un partido obrero de masas donde convivía una dirección reformista junto al grueso de las corrientes de la izquierda revolucionaria, en un régimen partidario razonablemente democrático y  pluralista. En tanto representación política unitaria de una clase obrera naciente, el PT tenía algunos parecidos con la socialdemocracia europea de fines del siglo XIX y su burocratización también presentó simetrías bastante directas[11]. En poco tiempo, el PT consiguió representantes electos en distintos niveles institucionales. Frustrado su triunfo en las presidenciales en varias oportunidades, el partido fue desarrollando una inmensa presencia institucional. Cuando accede al gobierno federal en 2002, en un contexto de desmovilización social, el PT ya había mutado decisivamente y había desarrollado una política de alianzas con partidos burgueses tradicionales. Desde la campaña electoral, sintetizada en su “Carta a los brasileños”, Lula da señales claras a los mercados, el FMI y el imperialismo de estar comprometido con el modelo de reformas neoliberales que ellos reclaman. Es el momento en que Lula se transforma en una figura respetada internacionalmente y reivindicada por la prensa imperialista.  Las señales de desilusión en los movimientos sociales y en el electorado urbano y obrero se hacen rápidamente visibles. En el plano político, la resistencia al curso social-liberal del lulismo surge desde el interior del PT y se expresa en la ruptura de sus alas izquierdas y en la conformación del PSOL (Partido Socialismo y Libertad). Estas políticas ortodoxas en lo económico se van combinando progresivamente con planes de asistencia social (“Plan Familia”, paradigmáticamente), sobre todo al compás del crecimiento económico del segundo mandato de Lula, que corrieron el centro de gravedad electoral del partido hacia el nordeste pobre, en detrimento de la clase trabajadora urbana. Lo que vimos en los trece años de gobierno del PT es la transformación de un partido “clasista”, producto genuino de una radicalización sindical y democrática en los últimos años de la dictadura, en un instrumento de gestión social-liberal del Estado capitalista. El penúltimo capítulo de esta historia es el duro ajuste que implementó Dilma Rousseff apenas empezó su segundo mandato, luego de la designación del economista “ortodoxo” Joaquim Levy al frente del ministerio de Hacienda. Esta agresiva política anti-popular terminó de desarmar y desmovilizar a la base social del lulismo.

Es crucial para el próximo periodo un balance riguroso de esta experiencia. Durante años, el modelo del PT fue puesto como referencia por las izquierdas moderadas de distinto tipo, oponiendo los lentos avances y las amplias alianzas del lulismo con la radicalidad de la fallida experiencia de la Unidad popular chilena o del proceso bolivariano que se desarrolló en paralelo (los cuales habrían facilitado una inestabilidad permanente o, incluso, las reacciones golpistas). 

Actualmente, se ha construido un relato por parte de un sector del progresismo latinoamericano que extrae la conclusión de que el problema de las experiencias moderadas del petismo y el kirchnerismo es no haber sido más moderadas. Estos gobiernos habrían ido más lejos de lo que la sociedad estaba dispuesta y, entonces, quedaron desprotegidos frente a la reacción derechista. Además, habiendo sacado a franjas sociales de la pobreza, construyeron una nueva clase media que tuvo acceso a un consumo que estaría cargado de dimensiones aspiracionales típicas de los sectores medios (o pequeño burgueses) tradicionales y que políticamente se representarían en la derecha. Los gobiernos latinoamericanos habrían construido su propio enterrador: los mismos beneficiados por sus políticas. Se construye así un relato trágico de estas experiencias, donde toda radicalidad es funcional a la reacción y toda política popular construye un sujeto social hostil. Es la “jaula de hierro” del posibilismo.

Es más atinado otro balance de estas experiencias. El acceso al gobierno por parte de la izquierda, y principalmente la conservación del poder frente a toda tentativa reaccionaria, implica desarrollar la mayor movilización social para derrotar la resistencia de las clases dominantes. Pero esta fuerza social no se alimenta de promesas, sino de conquistas sociales efectivas. Cada presión o ataque de las clases dominantes debe conducir entonces a profundizar las transformaciones sociales y económicas y a que las masas palpen concretamente la ampliación de derechos y conquistas, con el objeto de consolidar el apoyo social y preservar el poder. Las lecciones históricas se muestran inapelables en este aspecto. Afirma Daniel Bensaïd al respecto:

El Partido Comunista Vietnamita (PCV) lo sabía muy bien, por eso, para preparar la ofensiva contra las tropas francesas en Dien Bien Phu en 1954, lanzó una campaña de profundización de la reforma agraria en los territorios liberados. Lo mismo en la revolución rusa, la resistencia a la agresión de las potencias capitalistas europeas y a la contrarrevolución interna durante la guerra civil, llevó muy rápidamente a la radicalización del contenido social de la revolución, la ruptura con la burguesía, la estatización de los medios de producción, a las diferenciaciones de clase en el campo, etc. Esta lección, se ha visto confirmada por las revoluciones derrotadas como la china de 1926-27, o por la victoriosa de China en 1949, la vietnamita, la cubana, y más recientemente la de Nicaragua[12].

La larga lista de experiencias populares derrotadas en América Latina también confirma, por la negativa, esta perspectiva. En infinidad de ocasiones, la respuesta de un gobierno que se propone transformaciones progresivas, ante las resistencias de las clases dominantes, fue buscar la conciliación, resignar reformas sociales o intentar ampliar la base de sustentación política a partidos burgueses o militares opositores al gobierno. Sin embargo, cada avance de la derecha es utilizado para preparar los siguientes, En Chile, el gobierno de Allende podría haberse apoyado en la movilización popular que se desarrolló contra las ofensivas reaccionarias (los Cordones Industriales, los Comandos Comunales, las Juntas de Abastecimiento Popular), sobre todo, ante el ensayo de golpe de Estado (“el tancazo”) de junio de 1973. Sin embargo, optó por ratificar su acatamiento a la “legalidad burguesa”, por fortalecer la participación de los militares en su gabinete y por brindar reaseguros constitucionales a la oposición, conducida por la DC, obligando al desarme de los trabajadores de los Cordones Industriales. El desenlace trágico de esta estrategia es por todos conocido[13].

La misma experiencia del peronismo histórico es rica en un doble sentido. Por un lado muestra nuevamente que protagonizar un significativo proceso de transformación en beneficio de la clase trabajadora, conduce a implantarse como identidad obrera duradera, lo que explica su presencia como referencia política predominante en la movilización de masas durante casi dos décadas. Al mismo tiempo, la docilidad de Perón, que había intentado aplicar políticas de ajuste desde 1952 para enfrentar la crisis económica, no fue suficiente para las clases dominantes, que se pasaron mayoritariamente al campo del golpismo.

No se trata de que un proceso de cambio social y político se reduzca a una radicalización ininterrumpida, infantil o irresponsable. Las correlaciones de fuerza sociales cuentan. Por caso, la mayor parte de las experiencias revolucionarias en los países periféricos han contado con acuerdos puntuales con sectores burgueses (sin cederles la conducción del proceso)[14]. Tanto en Cuba como en Nicaragua, el momento ascendente de los ejércitos guerrilleros incluyó compromisos episódicos con sectores burgueses,  con el objetivo común de derrotar a los regímenes militares.  

Para derrotar a la dictadura de Batista – escribe Bensaïd -, Fidel Castro hizo con sectores burgueses un pacto limitado, que “definió una estrategia común para derrotar a la dictadura con la insurrección armada”. Pero desde la caída del dictador, Castro consolida alrededor del ejército rebelde, las bases del poder revolucionario fuera de todo control de los órganos formales del gobierno recién instalado e integrado por dirigentes burgueses. En la medida que el proceso revolucionario avanza, y se profundiza, que se desarrolla la reforma agraria, que se constituye el ejército revolucionario, los representantes de la burguesía van a retirarse unos tras otros, para pasar a la oposición abierta y a la contrarrevolución[15].  

En Nicaragua, sectores vinculados a la oposición liberal a Somoza también colaboraron en el momento ascendente del sandinismo, pero pasaron rápidamente a la oposición luego de la conquista del poder y en la medida en que el proceso avanzaba sin concesiones (esta ruptura con la burguesía se consolida con el retiro de Chamorro del Gobierno en 1980). La historia del proceso bolivariano también muestra esta dinámica. Sectores de partidos tradicionales acompañaron inicialmente al gobierno, pero Chávez respondió ante cada presión o agresión de la burguesía o el imperialismo con un contra-golpe apoyado en la movilización de masas, lo que empujó rápidamente a los sectores burgueses o vacilantes a la oposición. Probablemente el impasse actual del gobierno venezolano radica en que esta dinámica de radicalización se agotó o perdió impulso (y en el estancamiento ganan terreno los sectores burocráticos y vinculados a la boliburguesía).

Una mirada rápida al paisaje geopolítico latinoamericano muestra entonces una tendencia relevante para nuestros debates estratégicos: las experiencias radicales de Venezuela y Bolivia, pese a haber enfrentado las hostilidades más agresivas (golpes militares, tentativas separatistas, ataques insurreccionales) son las que logran mayor sustentabilidad y penetración en las clases populares. La “izquierda herbívora” de Brasil, Argentina, Ecuador, Honduras o Paraguay (un caso peculiar es el del Frente Amplio uruguayo), que fantaseaba con la fortaleza de su moderación, sus alianzas amplias y su política conciliadora con la burguesía, mostró rápidamente su notable debilidad confrontada a las presiones de las clases dominantes.

¿Los años 30 en cámara lenta?

Una pequeña digresión sobre las características generales del periodo histórico en curso. En los años noventa, el trotskista palestino-británico Tony Cliff afirmó que se había abierto una etapa que se podía definir como “los años 30 en cámara lenta”. La fórmula tenía muchas limitaciones. Fundamentalmente, ignoraba el significado del ciclo que se abría con la desarticulación del campo socialista y la ofensiva neoliberal contra la clase trabajadora: una derrota histórica que despejaría por un largo periodo la idea de una alternativa socialmente viable al capitalismo. Difícilmente podría hablarse entonces de una amenaza revolucionaria por parte de la clase obrera, como la que caracterizó a la polarización política de los años 30.

Sin embargo, si nos cuidamos de la tendencia, propia de las analogías históricas, a resaltar más las similitudes que las diferencias, podemos advertir que, pese a todo, la fórmula encierra un momento de verdad. Al compás de una nueva crisis histórica del capitalismo, asistimos al lento eclipse de un mundo. En un ritmo menos acelerado que el de los años 30, vemos erosionarse lentamente un cierto equilibrio social-político, con sus representaciones políticas, sus concepciones ideológicas, sus concepciones del mundo. En el espacio dejado por el declive de los partidos tradicionales, que han gestionado el capitalismo desde la posguerra, emergen nuevos fenómenos políticos, muchos de ellos monstruosos. Pese a las nuevas luchas sociales, el espiral de derrotas de la clase trabajadora no se ha quebrado, por lo que las correlaciones de fuerza sociales y políticas favorecen a la extrema derecha como salida al descontento social.  Pero también hemos visto emerger durante los últimos años nuevas formaciones de la izquierda radical que muestran que es viable emprender una batalla por el tipo de respuesta política a la crisis en curso.

El capitalismo ha mutado luego de todas sus grandes crisis (1873, 1930, 1973). En cada oportunidad se trató de profundas transformaciones que no afectaron solamente al terreno exclusivamente económico sino a la articulación del conjunto del sistema capitalista, implicando cambios en el campo político, institucional e ideológico. El imperialismo que emerge de la crisis del capitalismo de libre comercio de fines del siglo XIX, por caso, no se redujo a la consolidación del capital monopolista a nivel internacional, sino que implicó la aparición de una nueva forma estatal, más intervencionista, y de cambios ideológicos y culturales correspondientes. No sabemos qué mundo encontraremos a la salida de la actual crisis, pero por el momento podemos advertir que el reforzamiento estatal autoritario es una de las grandes tendencias contemporáneas. Los EEUU de Trump, la Rusia de Putin, la china neoliberal-estalinista, el crecimiento de la extrema derecha en Europa Occidental (la “cuna de la democracia social”), el fundamentalismo islámico en Medio Oriente, son ejemplos de un mundo que se vuelve día a día más hostil. Hacia fines de los setenta, autores marxistas como Poulantzas anunciaban la consolidación de un “estatismo autoritario” como forma de gobierno normal del capitalismo. Sin embargo, el neoliberalismo ascendente pudo articularse con formas consensuales de dominación política y se apropió enteramente del “significante flotante” de la democracia. Ante la caída del muro de Berlín y la desarticulación del campo socialista, el capitalismo triunfante dio por cerrado el “siglo de los extremos” y se anotó en el campo de los vencedores de la disputa secular entre “democracia y totalitarismo”. El matrimonio de la economía de mercado y la democracia liberal se presentaba entonces como “fin de la historia”. Ahora, en la época de la crisis hegemónica del capitalismo neoliberal, ¿estaremos asistiendo al desarrollo del “capitalismo con valores asiáticos” del que suele hablar Slavoj Zizek?  

La “democracia” fue el significante dominante de la vida social a partir de la posguerra ¿Quién no reivindicaba para sí el apelativo democrático, ya sea contra el “totalitarismo comunista”, por parte de los liberales, ya sea contra el despotismo de mercado, por parte de la izquierda? Pareciera ahora que la exigencia de “orden” puede disputarle el trono como aspiración social dominante, en un mundo acechado por la inestabilidad laboral, la inseguridad social, la anomia mercantil ¿No se convierte, entonces, la lucha por la democracia en lo que la tradición trotskista denomina “reivindicación transitoria”, cada vez más contradictoria con las necesidades políticas e institucionales para la reproducción del sistema social? ¿No se debilita, entonces, la cadena hegemónica sellada en los años ochenta entre neoliberalismo y democracia? Hay una fuerte sensibilidad democrática en el último ciclo de movilizaciones de masas (15M e indignados, “primavera árabe”, luchas feministas) que puede adquirir entonces un contenido más desafiante y desestabilizador en un capitalismo crecientemente autoritario. Puede, en resumen, que se reúnan condiciones hegemónicas para una política emancipatoria que explote la contradicción entre capitalismo y democracia y muestre a la izquierda radical no solo como partidaria de una ruptura anticapitalista, sino como la más consecuente línea de defensa de las instituciones democráticas actualmente existentes.

Varios estudios muestran que las más duras luchas obreras de fines del siglo XIX no extraían su fuerza tanto de la dimensión utópica del socialismo, como de la defensa de las identidades y las formas laborales que estaban siendo erradicadas por la extensión arrolladora de la explotación laboral capitalista (el trabajo artesanal, fundamentalmente). Una “vanguardia obrera – dice Ranciere - que piensa y actúa no para preparar un futuro en el que los proletarios recogerían el legado de una gran industria capitalista formada por la desposesión de su trabajo y su inteligencia, sino para detener el mecanismo de esa desposesión”. De estas luchas inicialmente “defensivas”, que añoraban un mundo que no iba a volver (el del productor autónomo artesanal) surgió la unión entre el movimiento obrero y el socialismo. En la relación entre capitalismo, democracia y socialismo tal vez deberíamos concebir una dialéctica similar: solo la lucha anticapitalista puede defender las conquistas civilizatorias de nuestro tiempo (estado de derecho, libertades civiles, derechos políticos, pluralismo) de la amenaza que significa la evolución autoritaria del capitalismo.

El antifascismo en el actual periodo histórico

¿Indignación, ira, repugnancia? Sí, y también cansancio momentáneo. Todo esto es humano, muy humano. Pero me niego a creer que usted ha caído en el pesimismo. Eso equivale a ofenderse, pasiva y lastimeramente, con la historia. ¿Cómo es posible? Hay que tomar a la historia tal como se presenta, y cuando esta se permite ultrajes tan escandalosos y sucios, debemos combatirla con los puños.

León Trotsky

 

Si hoy el fascismo está avanzando en Brasil no es porque la clase obrera ya esté derrotada. Las clases dominantes están buscando una reestructuración social y económica de gran escala, que logre un mejoramiento de las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo y permita una nueva inserción, más “competitiva”, de Brasil en el mercado mundial. Para ello necesitan infringir una derrota duradera a las clases populares. Tenemos por delante una intensa lucha de clases y el desenlace no está definido de antemano. Las dificultades y tensiones de un futuro gobierno de Bolsonaro serán muchas. Sea cual sea el resultado electoral del segundo turno, es necesario poner en marcha un gran movimiento social antifascista. Podemos recuperar para ello la memoria de la lucha democrática, anti-dictatorial y por los DDHH de América Latina, o las tradiciones antifascistas europeas, a sabiendas de que también enfrentamos fenómenos nuevos, que ameritan nuevas respuestas.

“Luchar en las calles” no significa solamente organizar manifestaciones callejeras. Significa desplegar en toda su potencialidad la capacidad de resistencia en el campo social, construir un poder democrático y popular, una cultura de solidaridad contra el racismo y el autoritarismo, conquistar trincheras en la sociedad civil (en los sindicatos y los lugares de estudio, como es habitual, pero también en el cristianismo de base, en los ámbitos de sociabilidad de los sectores medios, en la cultura).

En la puerta de entrada a tiempos inciertos, y a falta de conclusiones definitivas, es preciso iniciar una reflexión sobre un componente central de todo combate antifascista contemporáneo: el nuevo ciclo de luchas feminista. No hay que subestimar el hecho de que la mayoría de las extremas derechas emergentes ubiquen a lo que llaman “ideología de género” como su adversario a derrotar. Al respecto, ya circulan miradas culpabilizadoras que identifican al feminismo como responsable del ascenso de la derecha radical. Se trata de un tipo de razonamiento que no es nuevo: el famoso historiador conservador Ernst Nolte consideró al fascismo clásico como una “reacción defensiva” legítima ante “la guerra civil europea” iniciada en 1917 por “la barbarie asiática del bolchevismo”. Estos análisis culpabilizadores, simplistas y desmovilizantes no aportan gran cosa. Esto no quita que el feminismo se ha convertido en un movimiento de masas central en nuestras sociedades y esto lo confronta a nuevos dilemas tácticos y estratégicos[16].

Pasó desapercibido, pero un personaje siniestro de la joven “derecha alternativa” argentina (Agustín Laje) afirmó recientemente: “la rebeldía de los jóvenes les hará ir contra la ideología de género” y luego amplió “la ideología de género representa al statu quo y eso va en contra de lo que significa ser joven”[17].

A nuestros oídos, parece espontáneamente una frase bizarra de un lunático derechista. Pero si tenemos que dejar de sorprendernos por fenómenos como Trump, el “No” en Colombia, el Brexit “anti-inmigrante”, el nuevo gobierno italiano o Bolsonaro, tal vez también debamos  valorar la posibilidad de que estos nuevos personajes populares estén expresando tendencias subyacentes de nuestra sociedad que no logramos captar con facilidad.

La “Alt Rigth” norteamericana es uno de los movimientos emergentes que contribuyeron al ascenso de Trump y del que proviene Steve Bannon (especie de arquitecto internacional de la nueva extrema derecha y asesor actual de Bolsonaro). En un excelente texto sobre este nuevo fenómeno[18], Marcos Reguera recordó que Milo Yiannopoulos, una de las máximas referencias del movimiento, planteó la hipótesis de que “el surgimiento de la Alt Right en la actualidad respondería a los mismos motivos que la rebelión de los jóvenes de mayo del 68: un movimiento contestatario ante una sociedad moralista en donde el horizonte de expectativas de la juventud es insatisfactorio, lo que alienta un levantamiento contra las normas establecidas.” Y para valorar esta provocadora hipótesis, agregó (me voy a permitir una extensa cita):

En las últimas décadas hemos visto surgir y afianzarse movimientos en contra de la discriminación, el racismo, y a favor de los derechos de las mujeres y de la conquista de su legítimo lugar en la sociedad. Estos movimientos han sido y son fundamentales en la construcción de una sociedad mejor. Pero junto a las conquistas necesarias, se ha ido desplegando en algunos casos unas formas y modelos moralistas e intransigentes, transformando parte de un movimiento muy necesario en su radicalidad en una cruzada moral. La consecuencia de esto, en una sociedad que sigue siendo profundamente machista, homófoba y racista (a pesar de las conquistas), ha sido doble: un levantamiento aprovechado por movimientos reaccionarios y la pérdida creciente de la simpatía del gran público, aquellas personas que aprueban el feminismo y el antirracismo por convención y no por convicción (que siguen siendo mayoritarios).

A pesar de que el feminismo, el antirracismo o la tolerancia hacia la diferencia no son aún valores genuinamente hegemónicos en nuestra sociedad, en los medios de comunicación sí predomina una versión convencional y superficial de los mismos que, unida a una actitud cada vez más intransigente y menos dialogante de algunos de los militantes más activos de dichos movimientos, ha generado una oleada de rechazo creciente hacia estas ideas, formándose así un caldo de cultivo propicio para una nueva extrema derecha. Y es en este contexto en el que ha surgido una nueva mentalidad entre muchos jóvenes de una lucha rebelde contra lo que ellos identifican como el pensamiento de lo políticamente correcto. La convención cultural que, a su juicio, enmascara el principal problema social, que es la desaparición de la sociedad blanca y “europea”/americana, su sociedad, la única que creen capaz de ofrecerles un futuro.

Por lo tanto Milo no se equivoca del todo cuando señala que el movimiento de la Alt Right es una respuesta similar a la de los jóvenes de mayo del 68. Unos se rebelaron contra la conservadora sociedad moralista de posguerra, mientras que los otros se rebelaron contra la moralización de la lucha por la justicia social. Ambos se rebelan contra el pensamiento convencional de su momento histórico en nombre de la libertad: en el 68 produciendo una izquierda alternativa, una versión del comunismo antiautoritario; en 2016 una derecha alternativa que, en sus propios términos, dice luchar contra el totalitarismo y la censura de lo políticamente correcto.

Reguera describe un fenómeno de la extrema derecha norteamericana por lo que las semejanzas con otras experiencias tienen límites. Pero uno puede recordar a Milo cuando advierte el fuerte componente juvenil entre los simpatizantes de Bolsonaro, en lo que parecería ser una manifestación (monstruosa) de la tradicional rebeldía antisistema de la juventud. Si el fascismo se diferencia de otros movimientos reaccionarios o autoritarios en que se inviste del ropaje de la rebelión (contra los políticos, las finanzas, las elites, etc.), y esto le permite capitalizar frustraciones sociales de distinto tipo (con la economía, con las normas culturales represivas) y asumir una agenda “liberadora”, la tendencia “izquierdista-liberal” hacia una moralización y punitivización simbólica de la vida social le prepara el terreno. Si toda sociedad se dota de ciertas concepciones morales implícitas (y es correcto luchar, claro, porque se condene socialmente la violencia machista, por ejemplo), esto no significa que la izquierda y los movimientos sociales deban concebir su combate como una persecución moralizante, más que como una práctica de liberación.

Confrontados a una emergente reacción anti-feminista en franjas relevantes de la población (en Argentina somos ahora testigos de la contraofensiva conservadora luego de la derrota en la lucha por la legalización del aborto, que incluye agresiones físicas, ofensivas contra la educación sexual e incluso intervenciones directas contra abortos no punibles), podemos preguntarnos: ¿qué consecuencias para el debate estratégico dibuja este escenario, donde el feminismo tiene un impacto de masas y, a la vez, empezamos a lidiar con una contraofensiva conservadora y patriarcal?

Es posible que el movimiento feminista, habiendo alcanzado una amplitud desconocida en periodos anteriores, se esté enfrentando al mismo problema que confrontó el movimiento obrero y la izquierda revolucionaria en momentos críticos. En los años setenta, Ernest  Mandel utilizaba el concepto, un poco contradictorio, de “vanguardia de masas” para describir al amplio sector social que se movilizaba en las luchas que recorrían el mundo en esos años (recordemos la huelga general de 10 millones en Francia en mayo-junio del 68, la ofensiva del Tet en Vietnam, las rebeliones antiburocráticas en el Este, las revueltas obreras y estudiantiles en América Latina, el movimiento negro en EEUU). El peso social de esta “vanguardia” solo podía encontrar un paralelo en la clase obrera y la izquierda marxista de los años veinte (empujada por la fuerza propulsiva de la revolución de octubre y el ciclo revolucionario que recorrió entonces varios países europeos). En estos casos, la  fortaleza “relativa” del campo revolucionario es, a veces, la mayor fuente de riesgos: la sobrestimación de la propia fuerza, la subestimación del enemigo y, por tanto, el menosprecio de las tareas hacia los sectores “intermedios” de la sociedad, a los que hay que ganar y no regalar a la reacción. En los años veinte, por ejemplo, se desarrollaron sectores del movimiento revolucionario que formularon la “teoría de la ofensiva” (el mismo Luckacs fue uno de sus impulsores) y llevaron a cabo intentos putchistas que intentaron emular la revolución bolchevique en coyunturas diferentes y por medio de aventuras de grupos minoritarios. Tal como muestran numerosos estudios, el poderoso movimiento obrero y la izquierda revolucionaria de aquellos años no pudo agrupar tras su liderazgo a sectores pauperizados de la pequeña burguesía y las clases medias, lo que le abrió paso a la emergencia del fascismo. Sin ir más lejos, del balance de la derrota de los consejos en Italia en este periodo es que surge la reflexión gramsciana sobre la “hegemonía”, el término de la tradición marxista que intenta responder a esta cuestión estratégica (en su contexto, refería a la “cuestión meridional”, a la relación entre la clase obrera del norte y el campesinado del sur).

Hoy el feminismo es una “vanguardia de masas” que puede cumplir un papel estratégico  en las luchas democráticas y anti-autoritarias. Esta centralidad coloca al movimiento ante una nueva etapa. Ninguna lucha se da entre bloques enteramente pre-definidos y compactos (burguesía contra proletariado, feminismo contra patriarcado). Precisamente el eje de todo combate es “la conquista de la mayoría”, es decir, conseguir el liderazgo sobre fracciones sociales heterogéneas. No basta con identificar que la reacción patriarcal es un subproducto de los avances de la lucha feminista. Hay que debatir estratégicamente como derrotar esta reacción. Y para ello es necesario reforzar la política feminista para los “sectores intermedios”, vacilantes, siempre presentes en una dinámica de tensión social y política. Es decir, luchar por la hegemonía. Para enfrentar las versiones simplistas y culpabilizadoras y la contraofensiva patriarcal, es necesario profundizar la reflexión estratégica sobre estos temas.   

Judit Butler, en una discusión con  Ernesto Laclau y Slavoj Zizek, hizo una observación interesante a propósito de la relación entre la lucha de género y la cuestión de la hegemonía. Laclau trata al imaginario democrático proveniente de la modernidad (igualdad, libertad, universalismo, derecho, ciudadanía) como un “significante vacío” y llama a emprender, contra neoliberales y conservadores, una lucha hegemónica por su contenido. Relativizando esta concepción, Butler afirma que no siempre es "necesario ocupar la norma dominante para producir una subversión interna de sus términos. A veces es importante rechazar sus términos, dejar que el término mismo desaparezca, quitarle su fuerza'' (el subrayado es mío). Tal como amplía Zizek, no necesariamente se trata de aceptar “el horizonte democrático liberal predominante (democracia, derechos humanos y libertades...)” (…) para emprender “una batalla hegemónica dentro de él”, existe también el camino alternativo de “arriesga(r) el gesto opuesto y rechaza(r) sus términos mismos” (2003). Pienso que buena parte del activismo de la disidencia sexual y el feminismo se funda legítimamente en esta segunda vía (“no-hegemónica”): prácticas de “auto-afirmación” (Foucault) o performativas y deconstructivas (Butler). De estas consideraciones podrían extraerse, en un análisis más pausado,  consecuencias útiles para toda política emancipatoria.

Sin embargo, que la lucha feminista no se reduzca a la lucha por la hegemonía no significa que pueda haber lucha feminista que no sea también, en cierta medida, una lucha hegemónica.  La dimensión “hegemónica” de la política emancipatoria responde a características estructurales que definen la modernidad capitalista. El capitalismo, a diferencia de las sociedades premodernas, no justifica su dominación por medio de un universo compartimentado de representaciones para los diferentes estamentos sociales que justifican y naturalizan jerarquías inquebrantables. Por el contrario, se legitima en la “igualdad universal”, postulada en y para toda la sociedad. Contra lo que el discursivismo posmarxista defiende, esto responde a las características mismas del capitalismo en tanto “relaciones mercantiles de explotación” (Salama, Hai Hac, 1992) y a la ruptura moderna con las formas de dependencia personal pre-capitalistas. La explotación capitalista no se funda, pues, en la extracción directa y extra-económica de una parte de la riqueza generada por los productores (como sucedía con el campesinado feudal), sino en la apropiación dineraria a través del mercado (el reino “de la libertad y la igualdad”), es decir, depende de la emergencia de esa figura históricamente inédita que Marx denominó “trabajador libre”. Hasta cierto punto y en cierta forma, el capitalismo es, literalmente, una forma de explotación basada en la igualdad, porque requiere de la igualdad jurídica entre capitalistas y proletarios. A diferencia de todas las sociedades pre-modernas (que se legitimaban en discursos y concepciones del mundo religiosas o cosmológicas abiertamente jerárquicas), el capitalismo se legitima en el universalismo, en los DDHH, en la libertad y el derecho igual para todos. Esto hace que ofrezca contenidos simbólicos (la democracia, la ciudadanía, la igualdad) que no tienen una adscripción de clase automática (como en las sociedades precapitalistas) sino que pueden ser rearticulados en proyectos de clase contradictorios.

El “igualitarismo moderno” convierte, entonces, a la lucha por la hegemonía en una “gramática general” de la política emancipatoria. Es decir, toda lucha debe, en alguna medida, conquistar la “dirección moral e intelectual” de las clases subalternas (para utilizar la expresión clásica de Gramsci) por medio de la rearticulación y reapropiación de los significantes igualitarios modernos. Y, a su vez, la hegemonía no puede ser, meramente, un hecho cultural, inmaterial, sino que tiene que objetivarse en instituciones y prácticas sociales, es decir, inscribirse en términos jurídico-políticos (esto ya lo decía Gramsci cuando afirmaba que la hegemonía se cristalizaba con el “devenir Estado” de la clase obrera). Si ninguna lucha se reduce a su inscripción jurídica (conquistar derechos legalmente reconocidos), ninguna lucha puede prescindir de esa dimensión (ni siquiera la que se propone la ruptura revolucionaria con el orden existente). Y para ubicarnos plenamente en un terreno hegemónico es necesario “hablar” el lenguaje de lo “universal”, apropiarnos del mundo en su totalidad para redescribirlo en términos emancipatorios. A la sociedad del capitalismo y el patriarcado no podemos más que oponerle un “nuevo universalismo”, que incluya las “particularidades” actualmente oprimidas (de clase, de género, de raza). Estas temáticas, la relación entre el igualitarismo moderno y la lucha feminista, la contradicción entre democracia y capitalismo, la recuperación del “universalismo” en clave emancipatoria (contra las políticas de la identidad que se generalizaron en los noventa) ameritan un trabajo serio y sistemático que está por hacerse, pero al menos sabemos en qué dirección debemos movernos[19].

Sobre la “cuestión política”

La centralidad de la lucha social unitaria no debe hacernos perder de vista que hay un aspecto esencial del combate antifascista que se libra en el terreno político. A sabiendas de las limitaciones de las experiencias "progresistas" latinoamericanas, ¿por qué vías construir una izquierda radical “pos-progresista” que pueda estar a la altura de las necesidades del periodo? Y, más específicamente, ¿qué relación establecer con las experiencias “progresistas”, ahora en declive relativo? Hoy los sectores principales de las clases dominantes se muestran hostiles al retorno de estas experiencias al poder. Pese a las concesiones, llegados a cierto punto las clases dominantes quieren todo el poder y prescindir de mediaciones ambiguas que estén condicionadas por cierto grado de compromisos sociales. Como dijimos, la misma naturaleza  de estos gobiernos le abrió la puerta a la reacción conservadora. Solo es explicable la actual ofensiva derechista y autoritaria en Brasil a partir de la desilusión con la experiencia del PT. A su vez, las clases dominantes parecieran necesitar una agresiva reestructuración económica y social, que requiere embestir de frente contra los derechos sociales y laborales y subordinar de manera duradera a las clases subalternas. Para tal programa, el “progresismo” no parecería, en principio, el instrumento político más adecuado. Aunque las dinámicas transformistas, para utilizar la expresión de Gramsci, siempre pueden sorprendernos por su capacidad para hacer mutar la función de las fuerzas políticas. Para dar dos ejemplos históricos: el PCI del "compromiso histórico" o el PCF del "programa común" eran grandes partidos de masas, insertos fuertemente en el movimiento obrero. Y el control burocrático de fracciones de masas fue, precisamente, una de las mayores virtudes que estos partidos podían ofrecerle a las clases dominantes. Un control burocrático del movimiento obrero es un instrumento eficaz para lograr que las masas acepten pasivamente ciertas políticas por medio de liderazgos que esas mismas masas sientes como propios. El actual gobierno de Syriza, aplicando un plan de austeridad más agresivo que el de sus antecesores derechistas, como el peronismo de los noventa o el primer mandato del PT son casos de estudio, representativos de esta dinámica.

Ahora bien, la dinámica de avance fascista y el pasaje del PT oposición, parece reconfigurar el contexto. Detrás del apoyo social y electoral al PT se expresa una aspiración social defensiva legítima de porciones relevantes de la sociedad, con la que la izquierda radical debe estar en contacto permanente. Debemos desarrollar un amplio frente único de oposición a la ofensiva conservadora, que en este caso se expresa, naturalmente, en el combate conjunto por el voto a Haddad en el segundo turno.

¿Pero del hecho de que la burguesía exprese hostilidad hacia esas formaciones se sigue que son vehículos legítimos para la lucha política que tenemos por delante? Aquí las cosas se tornan más complejas. El papel del PT puede ser enormemente ambiguo en el nuevo ciclo político. Por un lado, el tipo de “compromiso social” o el grado de autonomía política que se condensa en él podrían resultar, en caso de llegar al poder, ralentizante o hasta cierto punto desestabilizante para las necesidades de las clases dominantes. En el caso límite de la elección actual, el PT se convierte directamente en el instrumento electoral para ejercer un bloqueo a la fascistización, aunque la lucha antifascista no puede reducirse a la cuestión electoral, como pretende el mismo PT. Esto último sería un suicidio dado el enorme poder político acumulado por la extrema derecha brasileña. Si se diera el improbable caso de que Bolsonaro perdiera las elecciones en el segundo turno, se abriría paso a una situación incierta e inestable donde el movimiento de masas tendrá la última palabra. Entonces, si bien ejerce un papel, por el momento, desestabilizante de cara a las clases dominantes, sin embargo, sigue cumpliendo un rol “estabilizador” en relación a las clases populares. La ausencia de estímulo a la movilización de masas le permite seguir ejerciendo un eventual papel de “contención social” con el que pretende ser opción de relevo para las clases dominantes, en caso de que la crisis obligue a basculamientos políticos bruscos.

En Argentina tenemos un ejemplo histórico clásico para pensar este papel paradójico de ciertos liderazgos reformistas-burgueses. El peronismo histórico en cierto momento se convirtió en un obstáculo para el tipo de reestructuración capitalista que las clases dominantes necesitaban. De eso se siguió el golpe de Estado militar contra Perón y 18 años de proscripción política para el peronismo. Esa hostilidad burguesa hacia Perón hizo extender en la juventud radicalizada de los sesentas y setentas la idea de que su retorno al poder era el vehículo para la liberación nacional (o, directamente, para la revolución socialista). Si Perón finalmente volvió al poder fue porque el nivel de tensión social y política alcanzado por la convulsionada Argentina de esos años, acercándose a condiciones pre-revolucionarias luego de la insurrección obrera en Córdoba en 1969, era más peligroso que el retorno al gobierno de un liderazgo nacionalista burgués. De hecho, Perón volvió con el mandato de neutralizar la olla a presión en la que se había convertido la Argentina, y fue un instrumento leal a esa causa: simbolizada en la “expulsión de la plaza” del peronismo revolucionario en 1974 y en la organización de la banda paramilitar de las Tres A (Alianza Anticomunista Argentina) contra la izquierda peronista y la militancia revolucionaria en general. De la hostilidad burguesa hacia el “hecho maldito” del peronismo no se siguió pues que ese liderazgo fuera a cumplir un papel progresivo. Pero, por otro lado, nadie que se propusiera desarrollar una política revolucionaria en aquellos años podía ignorar la necesidad de trabar vasos comunicantes con las masas peronistas, sobre todo con sus sectores combativos.

El "progresismo" actual está muy lejos del nivel del nivel de penetración en la clase obrera del peronismo histórico, pero igualmente se pueden encontrar lecciones útiles en esa experiencia. Ella muestra la necesidad del frente único, de la lucha conjunta contra el enemigo común, como forma de establecer puentes con los sectores de masas influidos por esas fuerzas políticas. Pero también, y de forma dramática, muestra la necesidad de no depositar ilusiones en sus liderazgos por el solo hecho de que no sean los predilectos de las clases dominantes en cierta coyuntura. Siendo que, ante la presión de la burguesía, estos partidos y liderazgos no dan muestras de radicalización, sino de moderación y conciliación, estamos obligados a afrontar la difícil tarea de construir una izquierda “pos-progresista”, que rechace la conciliación de clase, y combine una amplia unidad de acción (anti-neoliberal, antifascista) con la construcción de un instrumento político dispuesto a embestir de frente contra las clases dominantes. La experiencia del PSOL, pese a sus dificultades, es indicativa de una hipótesis de recomposición política posible. Estos últimos meses mostraron con claridad la utilidad de la izquierda radical en la coyuntura brasileña, ubicada en la primera línea de la movilización de masas antifascista, de la manifestación de las mujeres y de la lucha electoral para derrotar a Bolsonaro. 

El capitalismo latinoamericano e internacional está entrando en zonas  inciertas y tormentosas. La lucha contra la barbarie ha dejado de ser una consigna icónica del origen de la tradición socialista, para convertirse intempestivamente en una batalla urgente de nuestro tiempo. El neofascismo no es invencible, depende de la lucha.

REFERENCIAS

Burrin, Philippe: «Politique et société: les structures du pouvoir dans l'Italie fasciste et l'Allemagne nazi», Annales ESC, vol. III, 1988.

Mandel, Ernest, El Fascismo, Sare Antifaxista,  1969.

Laclau, Ernesto, Política e ideología en la teoría marxista, Siglo XXI de España, 2015.

Lowy, Michael, Diez tesis sobre la extrema derecha, 2014.

Palheta, Ugo, La possibilité du fascisme: France, la trajectoire du desastre, Éditions La Découverte, 2018.

Poulantzas, Nicos, Fascismo y dictadura, Siglo XXI de España, 2005.

Ranciere, Jacques, Los tontos útiles del FN, 2015

Traverso, Enzo, Espectros del fascismo. Pensar las derechas radicales en el siglo XXI, 2016.

Trotsky, León, La lucha contra el fascismo en Alemania, CEIP, 2016.

Salama Pierre, Hai Hac, Tran, Introduction à l'économie de Marx, La découverte. 1992.

Slavoj Zizek; Judith Butler; Ernesto Laclau, Contingencia, hegemonía, universalidad: Diálogos contemporáneos en la izquierda, FCE, Madrid, 2003.

 



[1] Agradezco especialmente la lectura, los comentarios y la ayuda generosa de Facundo Nahuel Martín, Ariel Feldman y Ana Baudizzone.

[2] Para un análisis de la relación entre la extrema derecha actual y el fascismo, concentrado en el estudio del Frente Nacional francés, ver Palheta, Ugo, La possibilité du fascisme: France, la trajectoire du desastre, Éditions La Découverte, 2018.

[3] Valerio Arcady, referente de Resistencia, corriente interna del PSOL, fue uno de los pocos dirigentes marxistas que alertaron de forma sistemática contra el peligro del neofascismo en Brasil. Ver su muy recomendable serie de artículos al respecto en la Revista Forum: https://www.revistaforum.com.br/colunistas/valerioarcary/

[4] Ver Katz, Claudio, Contra Bolsonaro en las calles y en las urnas, Viento sur, https://vientosur.info/spip.php?article14226

[5] Ver Altamira, Jorge. Scioli, Correa, Lula y Bolsonaro, Página 12, 2-10-2018.

[6] Ver Matos, Daniel, Bolsonaro: ¿fascismo o bonapartismo?, en  http://laizquierdadiario.com/Bolsonaro-fascismo-o-bonapartismo?id_rubrique=1714

[7] Ver Alcoy, Philippe, L’extrême-droite en force au premier tour. Où va le Brésil ?, en http://www.revolutionpermanente.fr/L-extreme-droite-en-force-au-premier-tour-Ou-va-le-Bresil.Traducción propia.

[8] Puede leerse al respeto “Bonapartismo frágil en Turquía”, donde se afirma: “la orientación bonapartista, que se supone debe llevar a cabo la reconfiguración y, por lo tanto, la estabilización del bloque de poder, paradójicamente acelera la disolución de la arquitectura institucional del Estado. Las purgas masivas en curso, y la inestabilidad política hacen que la reorganización burocrática del bloque de poder sea extremadamente difícil y arriesgada. Los sangrientos atentados y explosiones que ocurren cada dos semanas, el asesinato del embajador ruso, la matanza en un club nocturno en Nochevieja, se combinan para pintar la imagen de un Estado profundamente fragmentado y casi fracasado.” En https://www.laizquierdadiario.com/Bonapartismo-fragil-en-Turquia.

[9] Para su análisis del Frente Nacional francés puede leerse el artículo de Emannuel Barot en http://www.revolutionpermanente.fr/Entre-pire-et-moindre-mal-Le-tandem-Le-Pen-Macron-ou-comment-etre-piege-entre-deux-variantes-du y la respuesta de Sylvain Pyro en https://npa2009.org/idees/politique/pour-preparer-les-affrontements-avec-macron-il-faut-avoir-aujourdhui-une-politique . Coherente con la subestimación del peligro que encarna el Frente Nacional, la organización hermana del PTS en Francia se opuso a la consigna “ningún voto para el FN” (que no convocaba a votar necesariamente por Macron, sino unificar en un mismo campo a quienes se oponían al FN por vía de un voto defensivo a Macron como quienes votaban en blanco) y se excluyeron de las manifestaciones sociales que se organizaron en esa dirección.                                                                                         

[10] Ver Slavoj ŽiŽek First as Tragedy, then as Farce, Londres, Verso, 2009.

[11] Para un balance de la experiencia del PT y su proceso de burocratización, ver Machado, João. La experiencia de la construcción de Democracia Socialista y del Partido de los Trabajadores de Brasil desde 1979 hasta el primer gobierno de Lula, en http://www.anticapitalistas.org/wp-content/uploads/2017/04/TC-Brasil.pdf  

[12] Ver Bensaïd, Daniel, Revolución Permanente y Revolución por Etapas en América Latina, en http://danielbensaid.org/Revolucion-Permanente-y-Revolucion-por-Etapas-en-America-Latina?lang=fr#nb2

[13] Los ejemplos podrían multiplicarse: la experiencia del gobierno reformista-burgués de Jacobo Arbenz en Guatemala, por caso, repite el mismo patrón. Luego del golpe militar de 1954, el mismo partido comunista (Partido Guatemalteco del Trabajo), que había defendido una línea de conciliación con la “burguesía nacional”, escribía autocríticamente: “el PGT no evaluó correctamente la débil capacidad de resistencia de la burguesía y no tuvo permanentemente presente el carácter conciliador frente al imperialismo y a las clases reaccionarias, lo que explica algunas ilusiones que se tuvieron sobre el patriotismo, la lealtad y la firmeza de la burguesía nacional frente a los asaltos del imperialismo norteamericano”.

[14] El mismo Trotsky no excluye las alianzas tácticas con fracciones de la burguesía : “es evidente que nosotros, no podemos en el futuro, renunciar a tales acuerdos rigurosamente limitados y sirviendo cada vez a un objetivo claramente definido la única condición de todo acuerdo con la burguesía, acuerdo separado, practico, limitado a medidas definidas y adaptadas a cada caso, consiste en no mezclar las organizaciones y las banderas, ni directa ni indirectamente, ni por un día, ni por una hora, y a no creer jamás que la burguesía es capaz de conducir una lucha real contra el imperialismo y a no poner obstáculos a los trabajadores y campesinos” (Trotsky, La Revolución Permanente)

[15] Bensaïd, Daniel, Idem.

[16] Sobre estos temas ver el texto de Thwaites Rey, Mabel Dolor Brasil, dolor latinoamericano, en http://intersecciones.com.ar/index.php/articulos/123-dolor-brasil-dolor-latinoamericano

[17] Ver entrevista en La Contra TV en https://www.youtube.com/watch?v=Ab5kH5nwx5Q

[18] Reguera, Marcos,  Alt Right: radiografía de la extrema derecha del futuro, en https://ctxt.es/es/20170222/Politica/11228/Movimiento-Alt-Right-EEUU-Ultraderecha-Marcos-Reguera.htm

[19] Sobre la relación entre modernidad, capitalismo y emancipación creo que hay dos libros fundamentales:  Marx, el Estado y la política, de Antoine Artous (Editorial Sylone, Barcelona, 2016) y  Time, Labor and Social Domination. A reinterpretation of Marx´s Critical Theory, de Moishe Postone (Cambridge, Cambridge Uniersity Press). En relación a trabajos actuales que planteen la relación entre universalismo, modernidad y política emancipatoria creo que hay dos aportes fundamentales: la corriente aceleracionista (ver Nick Srnicek y Alex Williams, Inventing the Future. Postcapitalism and a World without Work. Londres: Verso, 2015.) y el xenofeminismo (ver  Helen Ester,Xenofeminismo, Caja Negra Editora: Buenos Aires, 2018). Sobre estos temas ver también "La izquierda ante el proyecto de la modernidad. Una discusión aceleracionista", de Facundo Nahuel Martín en http://intersecciones.com.ar/index.php/articulos/60-la-izquierda-ante-el-proyecto-de-la-modernidad-una-discusion-aceleracionista

 

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Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.