Por Danielle Jardim

Traducción: Guillermina Huarte para Revista Intersecciones

Marx, al hablar de la “acumulación primitiva del capital” no aborda las expropiaciones sólo como algo necesario para la consolidación del capitalismo- relacionando la separación necesaria entre capital y trabajo que pone a disposición los medios de producción en manos de algunxs, dejando para muchxs sólo la venta de su fuerza de trabajo y el acceso al mercado como vía para la satisfacción de sus necesidades-, sino que también aborda las expropiaciones en escala creciente como un resultado de acumulación capitalista. La concentración de capitales estimula, necesita, depende de su reproducción cada vez en mayores proporciones, impulsando nuevas formas de expropiación y explotación de los seres humanos.

La crisis económica que inició en 2008 tuvo/tiene impactos diferentes de acuerdo con cada país, pero, en todos ellos, impulsan la ofensiva sobre derechos de lxs trabajadorxs, impulsando la intensificación y la precarización del trabajo y aumentando las tasas de explotación de la clase trabajadora, en la búsqueda por mantener el lucro de las empresas. Servicios como la salud, la previsión , educación, servicios públicos en general, fueron el objetivo más claro de privatización y desfinanciamiento. El resultado es una vida más precarizada, más amenazada, más insegura, el aumento de índices de suicidio, depresión, violencia.

En Brasil, la crisis hace algunos años es pretexto para eliminar los derechos de la población, al mismo tiempo que el país sostiene el pago de deudas que llevan billones de nuestro presupuesto cada año. Los gobiernos, comprometidos con los empresarios más que con la población, muestran para qué (quiénes) vinieron.

Es en este contexto es que está surgiendo y creciendo no solamente en Brasil, sino también en otros países, el neofascismo. Es necesario reforzarlo para que no haya dudas: el movimiento que vemos en el mundo, y que tenemos punto de vista privilegiado como brasileros por cuenta del bolsonarismo, es, sí, fascista.

Muchxs de izquierda tuvieron y todavía tienen reservas de llamar a ese movimiento neofascista, pues él tiene algunas características diferentes del fascismo histórico de las décadas de 1920 y 1940 en Europa (que también dio origen al nazismo, una forma de fascismo) y alrededor del mundo. El fascismo era contra el liberalismo, nacionalista y tenía un orientación estatista que el neofascismo no tiene. En compensación, vemos muchas otras de sus características: narrativa de destrucción de la nación hecha por un grupo a ser combatido (y eliminando físicamente- en el pasado judíos, hoy al “PT”), exclusión/eliminación de sectores considerados indeseables (en el pasado judíos, comunistas, gays, deficientes físicos, testigos de Jehová, gitanos intelectuales contrarios a las ideas propuestas, etc. hoy “izquierda”/comunistas, lgbts, feministas, intelectualxs contrarios a las ideas propuestas, etc- muchas semejanzas), manipulación de la religión (del Vaticano surge un acuerdo de Mussolini con el Papa, hoy el papel de las alas conservadoras de la Iglesia respetan ese estrechamiento de lazos), defensa de los ideales de familia fascista (que pasaban por la autoridad del marido y la sumisión de la esposa) y la ideología de la mujer en el lugar y/o descalificación de su trabajo (dependiendo el momento histórico del fascismo, en el pasado, y hoy actualizado e intensificado nuevamente), defensa de la militarización de la sociedad, discurso de odio y violencia contra los que deben ser combatidos.

La crisis económica, la concentración de capitales existente hoy (además, intensificada por la crisis) y la necesidad de los capitalistas recuperaron la ampliación de sus lucros impulsando, a una escala dramática, un agravamiento en la rapiña del capital por los derechos de la clase trabajadora. Ante la necesidad de retomar el “crecimiento de la economía”- ¿para quién?- fracciones de capitalistas están intensificando la defensa de la “flexibilización” (reducción) de derechos de la clase trabajadora, la privatización (mercantilización) de los servicios públicos y políticas sociales y otros desmontes que degradan las condiciones de vida de la población no-rica en el mundo. Es así que debemos entender el contexto donde nace un grupo que va a colocarse como defensor radicalizado de ese proyecto. Las posiciones de Bolsonaro de proponer una billetera de trabajo verde y amarilla en que un trabajador no tiene los derechos garantizados por la legislación, en decir que el trabajador tiene que escoger si quiere derecho o trabajo y otras barbaridades deben ser entendidas como expresiones de eso. Si el neoliberalismo significó la “evolución negativa” del liberalismo, colocando de lado al liberalismo social, de las costumbres, y permaneciendo apenas en la fiesta de las empresas, ahora beneficiadas por los estados nacionales, el neofascismo neoliberal es útil para la crisis del capitalismo y a las disputas necesarias para que, en la relación capital trabajo, el capital venza al trabajo. El neofascismo crece hoy porque sirve como una mano a las necesidades del capital de intensificación de la explotación, de las expropiaciones y es eficiente en la contención de la clase trabajadora.

Pero hoy no tenemos ningún régimen socialista en el mundo que se muestre como una fuerza importante… ¿por qué el discurso anticomunista, anti-izquierda, anti-activismo de Bolsonaro y otros? Gramsci nos enseña que la conservación del poder depende de la coerción y del consenso, cambiando la dosificación de cada una en cada momento histórico. El fascismo, y no las dictaduras, es necesario en este momento para movilizar una parte de la clase para defender la retirada de sus propios derechos y combatir otra parte de la clase, en una división de subordinación a las necesidades del capitalismo. El fascismo da la dosis correcta de coerción (fuerza) y consenso (convencimiento) que las fracciones del capital necesitan hoy, por eso, infelizmente, él crece. Si por un lado, el discurso neofascista (sobre todo el brasilero) utiliza el arcaico y aparente dislocado “combate al comunismo”, por otro lado, la destrucción de todas las fuerzas antisistémicas, de movilización social que no sean destinadas a apoyar el proyecto neofascista, es esencial, pues ellas amenazan potencialmente las retiradas de derechos de la clase trabajadora y su movilización para este proyecto. Las fracciones burguesas saben que ante el empeoramiento de la calidad de vida de la población será difícil mantener el apoyo de la misma, pues la vida social concreta enseña más que las mentiras del “fin de la violencia” escuchadas repetidamente y buscan, a partir del neofascismo la destrucción de los sectores que podrían ofrecer resistencia a su proyecto. Es por eso que el discurso del odio sirve tan bien: además de descreimiento ideológico, él, en última instancia, lleva a la eliminación física de la izquierda y a la imposibilidad mantener sus proyectos y luchas.

El discurso de odio contra lgbts, de sumisión de las mujeres y el odio a las feministas, el discurso racista y de crecimiento del prejuicio, también cae como un guante, tanto económica como ideológicamente. Por un lado él refuerza la división de la clase trabajadora, garantizando la exclusión/precarización de una parte (destinada al trabajo informal) y la intensificación de la explotación de otra que todavía consigue un empleo. El discurso de Bolsonaro contra la comunidad LGTB, en defensa de que las mujeres ganen menos, el acto de él mismo no haber votado en la PEC de domésticas, el prejuicio contra la población negra, está en el contexto de la división de clase, buscando definir quienes son lxs trabajadorxs que tendrán acceso a derechos y quienes no tendrán, y qué parte de la población va a estar destinada a peores trabajos. Ideológicamente, por otro lado, la definición de otro nivel indeseable tiene como resultado no sólo el respaldo para rifar derechos de una parte de la clase, sino también la concesión de identidad o grupo de lucha para combatir a otro. El sentimiento de “lados,”, “grupos”, “posiciones” divergentes es importante para el fascismo, en la historia y hoy. 

En ese contexto, la familia y la religión también cumplen papeles importantes y complementarios. Siendo dos estructuras que se reproducen cuando tiene las condiciones sociales propicias, el culto a la familia y el crecimiento de algunos tipos de iglesias/religiones también tiene funciones definidas. En el contexto de barbarie social, la religión es una salida para la canalización de las insatisfacciones, de forma pacífica y pasiva, a Dios y al futuro, redireccionando un sentimiento de frustración, miedo e impotencia ante la degradación de las condiciones sociales de existencia. Por eso podemos entender porque el neopetencostalismo y la renovación carismática crecerán tanto en la era de expansión del neoliberalismo. La familia, por su lado, se torna cada vez más necesaria para la sobrevivencia individual de las personas, ante el desempleo y de la erosión de los salarios y de las políticas sociales de jubilación, educación, vivienda, salud, etc. Para una parte cada vez mayor de la clase trabajadora, no es posible sobrevivir individualmente, de forma autosuficiente, siendo necesario sumar salarios para dar cuenta del alquiler, de la comida, del cuidado de los enfermos, ancianos, niños, etc. Por otro lado, la familia, sobre todo el modelo de familia defendida por el neofascismo, cumple un importante papel en la naturalización de la jerarquía, de las normas sociales, de la idea de autoridad, en la disciplinarización de la fuerza de trabajo y consecuente contención de la clase trabajadora. 

Pero el neofascismo prevé desde ahora la movilización del consenso para apoyar el aumento de la coerción. La defensa de la militarización de la sociedad, hecha por Bolsonaro, de armamento de la población es pólvora para el combate a la izquierda por las manos de otros, leído como pequeños “excesos” que no pueden ser controlados, y también al encarcelamiento en masa de la clase trabajadora, no solamente como “ejército industrial de reserva”, sino que puede ser utilizada también como clase trabajadora activa, extremadamente precarizada, viendo el crecimiento del trabajo prisional en EUA, por ejemplo, donde grandes empresas utilizan el trabajo de detenidxs, maximizando sus lucros por una fuerza de trabajo casi no-paga (salarios ínfimos, generalmente condicionados para la productividad, y asociados para la reducción de pena, de forma muy desproporcionada). A cambio del apoyo de Trump, Bolsonaro defiende la expansión de la industria armamentista, la privatización de las prisiones y, ciertamente, es a favor del trabajo prisional. ¿¡Será que da para adivinar cuáles empresas ganarán con eso!?. Al mismo tiempo, la defensa de la militarización de la sociedad garante, por la fuerza, de las medidas necesarias en caso de que el convencimiento del pueblo falle- más correcto sería cuando falla. 

El desprecio de Bolsonaro con las poblaciones quilombolas e indígenas, como con lxs ambientalistas, su propuesta de extinguir el Ministerio de Medio Ambiente, que se vuelva una secretaria dentro del Ministerio de Agricultura, su afirmación de que la Amazônia no es nuestra, está bastante relacionada con la intensificación de las expropiaciones destinadas tanto al capital internacional como para la fusión entre el agronegocio brasileño con el mercado financiero. Como dijimos al inicio, el capitalismo necesita en todo instante ampliar la explotación y la desposesión de lxs seres humanxs. Las conquistas otra vez se vuelven sobre las reservas indígenas, las quilombolas, del MST- vea cómo es importante en este contexto destruir cualquier discurso sobre la reforma agraria- las reservas ecológicas,etc. Todo eso, asociado a la privatización de las empresas estatales de recursos naturales, estratégicas para el desenvolvimiento de cualquier economía.

Lo que vemos ante nosotrxs no es solamente el crecimiento de un sector arcaico que rescata ideologías del pasado, fuera de contexto, para el presente, sino también un crecimiento de una fracción de la burguesía que viene apostando (y financiando) sus fichas en un neofascismo que sirve a los propósitos de la intensificación de la explotación y la expropiación de los pueblos del mundo, como una forma de recuperar/ampliar sus tasas de lucro. Si otras fracciones del capital no concuerdan con la apuesta del neofascismo es porque ellos ven todavía (y espero continúe así) como aventureros, que en medio plazo pueden llevar a una inseguridad social y económica mayor. 

Resistir al crecimiento del neofascismo es nuestra tarea, pero va a exigir de la izquierda más que una política de choques (pues la disputa de lados empuja a las personas que no son fascistas al fascismo y las cohesiona con ellas), más de diálogo, de deconstrucción de argumentos, de corrección de informaciones, de análisis de discursos, etc. Exigirá que la izquierda rápidamente avance en el proceso por el cual viene pasando en los últimos años de actualización de formas de hablar, de intervenir, de organizarse. Desafíos para el presente, de los cuales todavía no tenemos respuestas. Pero Marx tiene una punta para nosotrxs cuando dice que nosotrxs solos nos colocamos problemas que, en el fondo, somos capaces de solucionar. Sigamos con esperanza, optimismo y resistencia.

 

 

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Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.