Valerio Arcary

Traducción: Guillermina Huarte para Revista Intersecciones

 

Nunca es tan fácil perderse como cuando se considera conocer el camino.

El secreto para caminar sobre las aguas es saber dónde están las piedras.

Un momento de paciencia puede evitar un gran desastre,

un momento de impaciencia puede arruinar toda una vida.

Sabiduría popular china.

 

    El análisis del breve proceso electoral del 2018 no es suficiente como ejercicio de explicación de la victoria de Bolsonaro. Porque, si la lucha electoral fue un momento fundamental, la comprensión del significado de la derrota política más seria que la izquierda brasileña sufrió desde el fin de la dictadura militar remite, necesariamente, a una interpretación de la situación abierta desde 2015/16.

                              

   Una secuencia ininterrumpida de derrotas

 

Sin la percepción de la dinámica regresiva de los últimos tres años es imposible comprender la derrota electoral. Ella pasa por la decisión del gobierno de Dilma Rousseff de rendirse ante la presión de “Avenida Paulista”, y nombrar a Joaquin Levy para la realización del choque fiscal que sumergió al país en recesión.

Ella se radicalizó con la decisión de una fracción de la clase dominante, en el inicio, minoritaria, de convocar a la clase media a las calles, en marzo de 2015, denunciando las elecciones, apoyada en la operación Lava Jato. Ella se profundizó con las secuelas de la crisis económica-social más grave de las últimas décadas. Cuatro años de estancamiento crónico que dejó a la clase trabajadora confundida, a la defensiva y frustrada, pero, en alguna medida, también, en ruptura con el gobierno del PT. Todo dio un salto cualitativo a partir de marzo/abril de 2016, cuando más de cuatro millones de “amarillitos” fueron a las calles para derribar a Dilma Rousseff. En la secuencia vino la votación del impeachment, el traspaso de Temer y el inicio de las contra reformas, la condena, prisión e impedimento de la candidatura de Lula. Una secuencia ininterrumpida de derrotas.

           

  ¿La derrota electoral fue una o no una derrota histórica?

 

    No podemos hoy decir se la elección de Bolsonaro culmina esta dinámica regresiva con una derrota histórica. Dentro de algunos meses, dependiendo, sobre todo, de la capacidad de resistencia popular, podremos tener una perspectiva más clara. Pero no caben dudas de que estamos en una situación reaccionaria.

La salida de Temer y el traspaso de Bolsonaro no deberá ser, solamente, un cambio de gobierno. El régimen político de dominación ya se vio transformado después del impeachment de Dilma Rousseff. El equilibrio de poder entre las instituciones del Estado, que asumió la forma de semipresidencialismo, desde 1988, fue, parcialmente, desfigurado a lo largo de los últimos dos años.         

 

El golpe parlamentario abrió camino para el fortalecimiento de los poderes no electos, Judiciario y aparatos represivos del Estado (Fuerzas Armadas y Policías), y esta tendencia será reforzada. Crecerán las tendencias al bonapartismo, o sea, la concentración de poder, que disminuyen el lugar de los contrapesos que son propios de un régimen político democrático-electoral.

Una derrota histórica sucede solamente cuando una generación entera se desmoraliza, y se pierde la confianza de sus fuerzas. Significa que una relación social de fuerzas contrarrevolucionaria se consolida, indefinidamente. Una derrota de estas proporciones es de máxima gravedad. Cuando se precipitó, en 1964, fue necesario un intervalo histórico de quince años para que madure un proceso de acumulación de fuerzas, y una nueva generación se colocara en movimiento. No parece que sea así ahora.  

Lo que vimos en las calles, en escala nacional, en el #elenao del día 29 de septiembre, y en los últimos diez días anteriores al segundo turno, sugiere que esa no es, por ahora, la situación brasilera. Pero esta hipótesis puede ser de autoengaño. No podemos descartar que estas movilizaciones han sido, en contracorriente, la expresión de un sector más avanzado de las masas radicalizando, la izquierda, pero, despegado de la dinámica social más profunda. Seamos pacientes. Bolsonaro ganó en las urnas, pero tendrá que medir fuerzas en las calles. Las luchas decisivas parecen estar al frente nuestro.

 

Las determinaciones de la derrota electoral se encuentran en la lucha de clases.

 

Finalmente, perdimos la elección: ¿por qué? Un buen criterio es colocar las “sandalias de la humildad”. Este tema será investigado en los próximos años y, como todo problema complejo, tiene muchas determinaciones.

 

El avalanche culminó una dinámica social más profunda que las oscilaciones de la lucha política durante la campaña electoral. Las tres variables más importantes fueron: (a) un proceso de pasaje de la minoría de la burguesía del apoyo crítico a los gobiernos del PT, entre 2003 y 2013, a la oposición moderada, entre 2013 y diciembre de 2015, hasta la oposición frontal en el impeachment de Dilma Rousseff; b) la derrota de la onda de movilizaciones multitudinarias, sólo comparables por su masividad con las Directas, en 1984, que estalló, esencialmente, espontánea y acéfala; c) lo que nos remite al deslizamiento radical de la clase media en oposición a los gobiernos del PT, pero, también, de sectores masivos de la clase trabajadora, en el sureste y el sur.

  

 

Este giro político-social comenzó con el ingreso, pasó por la degradación de la situación económico-social después de la crisis de 2008/2009, dio un salto a partir de 2013, cuando grupos fascistoides se atrevieron a salir a las calles, y se agravó cualitativamente, con el Lava Jato, a partir de noviembre de 2014.

 

  Los factores determinantes parecen haber sido cuatro: (a) el estancamiento con sesgo de la caída de renta de los sectores medios, con impacto de la inflación de los servicios, y el aumento de los impuestos; (b) la percepción de que la vida empeoró porque los gobiernos son corruptos, especialmente, los del PT, porque líderes de los trabajadores en el poder “ se ensucian”; (c) el aumento de la violencia urbana, de tasas de homicidio, y el fortalecimiento del crimen organizado; (d) la reacción de un sector más retrógrado de la sociedad, más racista, misógino y homofóbico, al impacto de transición urbana, generacional y cultural de la sociedad.

   

La permanencia del a crisis económica y social, incluso después de dos años de gobierno de Temer, en el contexto de una relación social de fuerzas desfavorable, por lo tanto, defensiva, favoreció a Bolsonaro. Pero no basta considerar estas referencias generales para pensar las elecciones. Ellas todavía están en un nivel de abstracción muy alto.

 

 El rechazo antipetista fue una expresión reaccionaria

 

Es necesario evitar el error metodológico de la inversión de la perspectiva. No es nunca el futuro que explica el pasado, sino al contrario. Lo que pasó es lo que determinó el desenlace. Toda lucha político-social, incluso las electorales, son un proceso en disputa. El desenlace de la lucha no explica el proceso. Este error es una ilusión óptica. Este método anacrónico se llama finalismo. El fatalismo no es análisis serio. Son las condiciones concretas de la lucha trabada que explican por qué los vencedores prevalecerán.     

 

La victoria de Bolsonaro no demuestra que él era imbatible. Las elecciones estaban en disputa. El resultado ratificó, todavía que él era un favorito. Pero no fue percibido así. No fue entendido así por la fracción paulista de la burguesía que confió que Alckmin podría habilitarse como un candidato de “centro” contra los dos “extremismos”.

No fue, tampoco, identificado por el PT como el enemigo más peligroso. Hoy es indiscutible que el peligro del “invierno siberiano” fue subestimado. Porque se confirmó que la inmensa hostilidad a la que representó el gobierno de Temer no se transformó en repulsión a Bolsonaro. También se confirmó que el rechazo al neofascista era menor que el rechazo al Pt, después de trece años y medio en el gobierno.

 

Una buena hipótesis de trabajo es comenzar admitiendo que perdemos, en primer lugar, en función del sentimiento anti-petista. Ante este problema hay dos respuestas en la izquierda. ¿El no haber sido caracterizado como reaccionario el antipetismo? La respuesta es inexplicable y que no fue, infelizmente, progresiva la ruptura de sectores de la clase trabajadora con el PT. Fue reaccionaria. Como siempre ocurre en la lucha de clases fue compleja y contradictoria.

Sería miopía no comprender, por ejemplo, que en sectores de la juventud urbana asalariada con escolaridad elevada, pero inserción precaria en el mercado de trabajo, despertara para la lucha política en junio de 2013, ocurrieron deslizamientos a la izquierda que favorecieron al Psol.

Pero lo que prevaleció en los últimos cinco años fue un deslizamiento a la derecha. Fue la clase media enfurecida y movilizada en las calles por la histeria de los discursos de la extrema derecha que arrasó, electoralmente, sobretodo en el sudeste y en el sur, la votación de sectores confusas de la clase trabajadora.

El PT fue derribado porque la clase dominante no estaba más dispuesta a tolerar un gobierno de colaboración de clases, después de la renuncia de Levy. Si el PT estuviera radicalizado a la izquierda, la burguesía habría girado para la oposición antes.

Los métodos no hubieran sido solamente reaccionarios, hubieran sido contrarrevolucionarios. Claro que los gobiernos del PT deberían haber avanzado con medidas más duras contra el capital. Si eso estuviera hecho, en el calor de las movilizaciones de junio de 2013, habría preservado y ampliado el apoyo en la clase trabajadora y lxs oprimidxs. La lucha habría sido feroz. Pero las condiciones de victoria habrían sido mucho mejores.

 

Seis hipótesis contrafácticas polémicas

  

Contrafácticas son útiles, pero el pensamiento es mágico y peligroso. El pasado debe ser comprendido como un campo de posibilidades. Un campo de posibilidades significa que, aunque se haya afirmado, finalmente, una secuencia de acontecimientos, la lucha político-social podría haber tenido otros desenlaces. Decir que otros hechos eran posibles no autoriza concluir que cualquier resultado era posible. Contrafácticas son hipótesis lógicas que, además, de coherentes, deben estar, sólidamente, fundamentadas en la realidad. Pensamiento mágico, al contrario, es expresión de deseo. La forma más común de pensamiento mágico son las teorías de conspiración, que anulan de la historia la operación de lo aleatorio, de lo accidental, de la casualidad.     

 

     Seis contrafácticas fueron muy discutidas en la izquierda, y merecen nuestra atención. Son contrafácticos políticos, pero no, necesariamente, politicistas. El politicismo es el error de fantasear que el discurso político es suficiente para transformar una situación desfavorable en favorable. Esa magia no es posible. La experiencia y la fuerza de los acontecimientos son más poderosas que la fuerza de las palabras.

 

Pero las ideas, las iniciativas, las tácticas políticas cuentan:(a) ¿Temer podría haber sido derrumbado en 2017 en las presidenciales anticipadas?; (b) ¿Lula podría vencer las elecciones, si no hubiese estado preso?; (c) ¿Si el PT hubiese apoyado a Ciro Gomes, desde el primer turno, Bolsonaro podría haber sido derrotado?; (d) Bolsonaro hubiese sido vencido en el primer turno, si no hubiese sido víctima del atentado de la puñalada?; (e) ¿Fueron las manifestaciones de #elenao que explican el alineamiento de los evangélicos con Bolsonaro en las últimas dos semanas?; (f) ¿Si el PT hubiese combatido a Bolsonaro como enemigo principal desde el primer turno, era posible haberlo derrotado?

 

El mayor error del PT fue haber perdido la oportunidad de intentar llevar la lucha contra Temer hasta el fin, en mayo de 2017, después de la huelga general, cuando estalló el escándalo de la denuncia de JBS y aparecieron las grabaciones en el garaje del Palacio de Jaburu. La dirección del PT no tuvo la firmeza de luchar por el impeachment de Temer, porque temía ser acusado de hacer contra el MDB, lo que el MDB hizo contra Dilma Rousseff. Tuvo miedo de ser denunciado como golpista. Respetó las instituciones de un régimen semipresidencialista que fueron usadas para descolocarlo del poder. Confió, excesivamente, en la posibilidad de que Lula pueda competir en las elecciones. Subestimó la ofensiva reaccionaria iniciada en marzo de 2015. No creyó que la mayoría de la burguesía iría hasta el golpe, y ellos fueron. No creyó que el golpe iría a vencer, y ellos vencieron. No creyó que Lula sería condenado en la segunda instancia, y él fue. No creyó que sería impedido de competir, y él fue. La oportunidad fue perdida. Pero no es claro, mucho menos, incontrovertible, que sería posible derribar a Temer, aún cuando  Lula y el PT tuvieron que lanzarse a las calles.

Nunca sabremos, si Lula siendo candidato, podría haber vencido, pero es razonable concluir que la disputa era posible. En todas las investigaciones realizadas, Lula puntuaba el doble que Bolsonaro,y era favorito. Tampoco se puede afirmar si Ciro Gomes hubiese sido apoyado por el PT como candidato. La suposición de que el rechazo al PT no afectaría a Ciro Gomes es una suposición sin solidez. No es exagerado afirmar que el atentado de la puñalada el 6 de septiembre fue un hecho decisivo de las elecciones. Porque la lucha entre Bolsonaro y Alckmin todavía estaba por ocurrir. Pero no se puede concluir que fue la clave de la victoria, aunque favoreció mucho.

No se puede decir que haya ocurrido la correlación directa entre las manifestaciones convocadas por el movimiento de mujeres, y la capacidad de transferencia de votos de Iglesias evangélicas a Bolsonaro. Tampoco es razonable explicar la diferencia del 10% de votos válidos por el atraso de la campaña de Haddad en identificar a Bolsonaro como el enemigo principal. Todos estos elementos, en perspectiva, parecen cuantitativos, no cualitativos.

Infelizmente, la amenaza de un “invierno siberiano” está más cerca. Sufrimos una derrota, y nuestros enemigos están más fuertes. Un gobierno de extrema derecha con elementos neofascistas tomará ocupación en enero. Bolsonaro ya dice lo que viene. Ya declaró que pretende ilegalizar al MST y al MTST. Advirtió a las direcciones del PT y el Psol y, por su nombre, avisó que el primer objetivo será Guillermo Boulos. Merece ser tomado en serio. El gobierno tendrá el apoyo de las Fuerzas Armadas y de las Policías. Él ya tiene una mayoría en el Congreso Nacional. Un gobierno autoritario al serivicio de un ajuste neoliberal monstruoso será impuesto en los primeros meses. Confiar que será frenado por el Ministerio Público, TCU, SFT, Congresso, o por la presión del medio es pura ilusión.

El STF sustentó, judicialmente, la ofensiva reaccionaria que abrió el camino para Bolsonaro en las elecciones. Todo dependerá de la capacidad de construir la resistencia en la movilización de masas.

 

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Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.