por Valerio Arcary

 

El nacionalismo es hoy el vocabulario de una extrema derecha neofascista en un sinnúmero de países. “Brasil por encima de todo” fue uno de los eslóganes que llevó a Bolsnaro a la victoria electoral. Este discurso tiene una historia.

El nacionalismo es la ideología del Estado-Nación. Ella nos remite a una tradición ideológica que nació con la revolución francesa. Conquistó peso político de masas en Europa, en disputa contra el conservadurismo, el liberalismo y el socialismo en las últimas décadas del siglo XIX. El nacionalismo fue la ideología que, en distintas versiones, motorizó la legitimación de los imperialismos modernos. Y condujo a la humanidad al borde del abismo de la destrucción de la vida civilizada, en guerras totales, por dos veces en el siglo XX.

La fuerza del concepto de nación en la percepción burguesa del mundo residía en la idea de que el Estado debería ser la expresión de un pueblo. Y cada pueblo tendría una tradición propia, un carácter singular y un destino único. Por lo tanto, algunos pueblos o incluso razas, como entonces se decía, serían superiores y otros inferiores. Cuanto más exaltado el nacionalismo, más formidable sería su historia, más extraordinario su carácter, y más grandioso su destino. El nacionalismo de los países centrales siempre ha sido racista y reaccionario. La versión totalitaria fue el nazi-fascismo.

La izquierda ya fue internacionalista. En tiempos pasados toda la izquierda comprendía las reivindicaciones de un programa nacional en los países periféricos que sufren la opresión imperialista como progresiva. Pero no en los países centrales. Porque el nacionalismo en los países centrales que dominan el mundo equivalía, y sigue siendo indivisible, de la defensa de un imperialismo contra otro.

Progresiva es toda lucha que, aunque parcial, o incompleta en comparación con el programa socialista, se apoya en una dinámica históricamente justa. La izquierda apoyaba la lucha nacionalista en los países periféricos y, al mismo tiempo, denunciaba las ambiciones nacionalistas en los países centrales, o sea, era antiimperialista. La II Internacional estalló cuando el nacionalismo contagió sus filas, y las socialdemocracias francesa y alemana apoyaron a sus respectivas clases dominantes, al amanecer de la I guerra mundial.

Sucede que, sobre todo después de la restauración capitalista, no toda la izquierda es socialista. Y, por supuesto, no toda la izquierda socialista es marxista. Hay una izquierda que defiende la regulación de la economía de mercado, con políticas públicas que ofrezcan compensaciones para disminuir el aumento de la desigualdad social. Hay otra izquierda que defiende el socialismo, pero es hostil al proyecto revolucionario. Y hay una izquierda anticapitalista e internacionalista. Entre estos tres grandes bloques, presentes en la mayoría de los países más urbanizados e industrializados, hay varias formas híbridas intermediarias.

No obstante, la necesidad de la lucha antimperialista no disminuyó. Esto significa hoy, por ejemplo, defender a Venezuela contra la inminente precipitación de una guerra civil incentivada por EEUU y el Grupo de Lima, independientemente de una posición enérgicamente crítica con el gobierno de Maduro.

El marxismo siempre se distinguió por considerar que los antagonismos de clase serían los conflictos decisivos en el mundo contemporáneo, aunque no fueran, evidentemente, los únicos. Numerosas luchas democráticas se desarrollan simultáneamente, incontables veces, inseparables del enfrentamiento entre capital y trabajo. Luchas democráticas contra regímenes autoritarios, tiránicos, dictatoriales. Luchas democráticas contra las opresiones racista, machista, lgtbfóbica. Luchas democráticas por la defensa de un programa ambiental contra la inminencia de una catástrofe ecológica provocada por el calentamiento global. No menos importante, la lucha democrática de las naciones oprimidas por el derecho a la liberación nacional. Todas estas luchas son progresivas y deben ser incorporadas al programa de lxs socialistas.

El marxismo subrayó que si la lucha entre las clases era un combate que se iniciaba dentro de fronteras, se decidiera en la arena mundial. Toda revolución socialista nacional, tarde o temprano, tendría que medir fuerzas con la contrarrevolución internacional. Esta brújula es el fundamento granítico del internacionalismo. El nombre de este programa es una revolución permanente.

 

El orden imperialista mundial no puede ser mantenido, indefinidamente, sin guerra

Estas conclusiones descansan en un análisis de nuestra época. En una perspectiva histórica, la obra más importante del capitalismo fue impulsar la formación del mercado mundial liberando fuerzas productivas, hasta entonces, inimaginables. Pero esa hazaña tuvo un costo catastrófico para la humanidad: la lucha por el dominio imperialista del mundo. Algunos pocos Estados controlan, comandan y oprimen la inmensa mayoría de los países e imponen su orden. Y se disputan para mantener sus posiciones de poder, amenazando regularmente la paz mundial.

El nombre de este sistema es un orden mundial imperialista. Éste no puede ser preservado sin guerras. El capitalismo es un obstáculo infranqueable para la tendencia más profunda del desarrollo histórico que el propio capital ha potenciado. Esta tendencia es solo una posibilidad, no un destino: la creciente unificación de la humanidad en una civilización mundial. Pero el capitalismo no puede unificar a la humanidad. El socialismo es el nombre de ese programa. Ser de izquierda es ser antiimperialista.

Cuando decimos que el orden mundial se estructura, al menos en los últimos cien años, como un orden imperialista no estamos afirmando que exista un gobierno mundial. El capitalismo no logró superar las fronteras nacionales de sus Estados imperialistas. El Brexit es más una demostración de que permanece intensa la competencia entre las burguesías de los países centrales en las disputas por espacios económicos y arbitraje de conflictos políticos. No se confirmó la hipótesis de un superimperialismo, discutida en la época de la II Internacional: una fusión de los intereses imperialistas de los países centrales. El ultraimperialismo nunca fue sino una utopía reaccionaria.

 

Turbulencias crecientes dentro del sistema internacional de Estados

Sería obtuso no reconocer que las burguesías de los principales países imperialistas consiguieron construir un lugar central en el sistema internacional de Estados, después de la destrucción casi terminal de la II Guerra Mundial. Este lugar se expresa institucionalmente aún hoy, veinticinco años después del final de la URSS, por las organizaciones del sistema de la ONU y Bretton Woods, por lo tanto, a través del FMI, del Banco Mundial, de la OMC, del BPI de Basileia y, finalmente, en el G7. La contrarrevolución aprendió con la historia.

En el centro del poder del orden imperialista se encuentra la tríada: los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. La Unión Europea y Japón tienen relaciones asociadas y complementarias con Washington y aceptan su superioridad desde el final de la II Guerra Mundial. El cambio de etapa histórica en 1989/91 no alteró el rol de la tríada, y en especial, el lugar de Estados Unidos.

Aunque su liderazgo haya disminuido, aún permanece. La dimensión de su economía con un PBI arriba de US$21.5 trillones (el PBI mundial está estimado en US$88 trillones y el de China en US$14 trillones)1; el peso de su mercado interno, el uso del dólar como moneda de reserva y enriquecimiento; la superioridad militar y la capacidad de iniciativa política permitió, entre otros factores, que mantenga su posición de liderazgo en el Sistema de Estados a pesar de una tendencia de debilitamiento. La tarea de Tremp es preservar este lugar, en especial, sobre China.

Ningún Estado de la periferia pasó a ser aceptado en el centro del sistema en los últimos veinticinco años. China y Rusia son Estados que han preservado su independencia política, aunque han restaurado el capitalismo, incluso, recurriendo a endeudamiento en el mercado mundial, y ejercen papel protoimperialista en sus regiones de influencia.

Pero ocurrieron cambios en la inserción de los Estados de la periferia. Algunos mantienen una situación de dependencia mayor, y otros de dependencia menor. No sin tensiones, lo que predominó, después de los años ochenta, fue un proceso de inserción subalterna, o "recolonización". Hay una dinámica histórico-social en curso. Y ella es inversa de la que predominó entre 1945/75, después de la derrota del nazismo y el fascismo, cuando la mayor parte de las antiguas colonias en la periferia conquistó, parcialmente, independencia política, aunque en el contexto de una condición dependiente, o incluso semicolonial.

La mayoría de los Estados que conquistó independencia política durante la ola de revoluciones antiimperialistas que siguió a la victoria de la revolución china, coreana y vietnamita perdió esta conquista: Argelia y Egipto, o Libia, Irak y Siria son ejemplos, entre otros, de esta regresión histórica posterior a 1991. Algunos retrocedieron incluso a la condición de Protectorados. Sin embargo, todavia existen gobiernos independientes, como Venezuela, Irán y Cuba.

 

No se puede ser internacionalista a medias tintas

Un análisis que considera los conflictos entre las clases en los países o continentes decisivos ignorando el lugar y la política de los Estados en la situación mundial minimiza la fuerza de la contrarrevolución. El camino inverso es aún más desalentador. Si se minimizan los conflictos entre las clases en cada sociedad, el análisis redunda, fatalmente, en evaluaciones superficiales que exageran la fuerza de la contrarrevolución.

Este segundo camino fue recorrido por buena parte de la izquierda mundial en el siglo XX. Especialmente, por la izquierda que consideró que el destino de la causa socialista estaba, indisolublemente, asociado al futuro del gobierno de la URSS y sus aliados. Desgraciadamente, el internacionalismo casi se desvaneció.

El "nacionalismo de la URSS" o estalinismo debe ser denominado campismo socialista y no debe ser confundido con el internacionalismo. La existencia de países en los que la propiedad privada de los grandes medios de producción fue expropiada, aunque sus regímenes políticos se transformaran en deformaciones burocráticas –un híbrido histórico, necesariamente transitorio– colocó a la izquierda internacionalista en una situación paradójica y desconcertante durante la posguerra,

Debía defender la naturaleza social de los Estados ante la presión imperialista por la restauración capitalista. Pero, al mismo tiempo, debía apoyar las movilizaciones de lxs trabajadores por mayores libertades democráticas. Es decir, debía impulsar una defensa subordinada al signo de clase del conflicto. Algo mucho más complejo que una defensa incondicional o una oposición incondicional. El movimiento del péndulo fue siempre muy complejo, originando desequilibrios: estalinofilia o estalinofobia.

El mismo problema político se plantea hoy frente a Venezuela o Cuba. La defensa de países independientes frente a la agresión imperialista no debe prescindir de la crítica de estos regímenes. El desafío es llevar adelante un análisis concreto de cuál es, en cada coyuntura, el mayor peligro inmediato para lxs trabajadorxs. Porque nunca es posible luchar en todos los frentes al mismo tiempo. Los dilemas del internacionalismo son complicados.

Pero solo una izquierda internacionalista es digna de futuro.

Fuente: Diario Liberdade

https://gz.diarioliberdade.org/opiniom/item/267716-nao-e-possivel-ser-internacionalista-sem-ser-anti-imperialista.html

 

Traducción para Intersecciones de Constanza Filloy y Facundo Nahuel Martín.

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Sobre Revista Intersecciones

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