Martín Mosquera

 La irrupción de Podemos en 2014 supo movilizar ilusiones y entusiasmos bastante más allá de las fronteras españolas. Bajo la fuerza propulsiva del 15M surgió en aquel entonces una formación  política disruptiva, que contaba con círculos militantes a lo largo de todo el país, denunciaba a la “casta” (PP/PSOE) y se dotaba de un programa "reformista fuerte” con el que se proponía sin complejos “asaltar los cielos”. Sin embargo, hace tiempo que el paisaje es muy diferente. Con la ruptura definitiva entre sus dos principales dirigentes (Pablo Iglesias e Íñigo Errejón) y luego de una interminable crisis interna, parece cerrarse finalmente un ciclo. La "máquina de guerra electoral" pergeñada por ambos, en el momento en que se propusieron darle nueva forma a la explosiva irrupción inicial, dio lugar a un aparato que empezó a devorar a sus propios hijos. El partido entró entonces, como lo describió Josep María Antentas,  en “un proceso de oligarquización interna cuya rapidez y profundidad hubiera noqueado intelectualmente al mismísimo Robert Michels[1]. Y hoy queda poco de lo que caracterizaba a aquellos momentos líricos iniciales. ¿Qué lecciones sacar de esta experiencia? ¿Qué posibilidades quedan aún abiertas? De eso hablamos con Brais Fernández, miembro de la redacción de la revista Viento Sur y militante de Anticapitalistas.

 Antes de entrar en la (nueva) crisis de Podemos. ¿Cómo ves el escenario social y político general en el Estado español? ¿Cómo caracterizar al gobierno de Pedro Sánchez, el avance de la extrema derecha o el nivel actual de luchas sociales?

 

El gobierno de Pedro Sánchez es un gobierno débil, que llegó al gobierno en una coyuntura convulsa gracias a una hábil maniobra táctica, que fue capaz de componer un bloque táctico con diferentes actores para echar a un PP en crisis. Podría haber apostado por consolidar una hegemonía progresista, pero es un gobierno paralizado por su incapacidad para resolver la cuestión catalana y por su cobardía y pusilanimidad a la hora de intentar aplicar una política de reformas mínimamente efectiva, que revierta en parte los profundos recortes y las pérdidas de derechos de años de crisis. La única reforma positiva ha sido subir el salario mínimo a los 900 euros.

 

Te voy a poner dos ejemplos, para que se entienda la miseria política que esconde el actual PSOE. El PSOE hizo dos gestos efectistas hacia el pueblo de izquierdas nada más llegar al gobierno: prometió sacar a Franco del Valle de los Caídos y permitió que un barco de una ONG que rescata migrantes entrase en el puerto de Barcelona, ya que el gobierno italiano se negaba a permitir que echasen tierra en Italia. Meses después, Franco sigue en el Valle de los Caídos y al barco de marras no se le permite salir de Barcelona a rescatar migrantes.

 

Las elecciones de Andalucía marcaron un punto de inflexión que ha cambiado toda la situación política. Es cierto que ha habido movimientos de masas fuertes en el último periodo: el movimiento feminista o el de los pensionistas son buenos ejemplos. Pero también es cierto que se venía incubando una tendencia reaccionaria en ciertos sectores de la sociedad, al calor de la ola neo-derechista global. Esto se ha expresado con la irrupción de Vox, que no es sólo la removilización de los viejos franquistas de siempre. Es la activación política de las viejas clases medias, parasitarias pero privilegiadas, que ante la normalización de la crisis capitalista, buscan una salida aliándose con las grandes clases capitalistas. Está claro que estamos ante el colapso de toda una forma de organizar la riqueza social y que el capital está reestructurando la sociedad para radicalizar la desposesión y la precariedad al 80% de la población. Estás clases patricias reaccionarias que se movilizan hacia la derecha tratan de salvar su posición social sobre las espaldas del resto, buscando  mantener sus privilegios ante la estratificación social que viene. Esto no es extraño en momentos de crisis: lo grave es que las clases populares se desmovilizan, se atomizan, y esto permite a este sector marcar la dinámica política y aspirar a ser hegemónicos removilizando al electorado hacia la derecha. Es cierto que estas clases patricias, que solo aspiran a restaurar la “ley de familia”, son incapaces de proponer un proyecto socioeconómico propio: simplemente, radicalizan el programa ultra-neoliberal de la burguesía. Pero ahora mismo, parece que el bloque reaccionario está en ascenso.

 

En esa situación, hay tres opciones: que el bloque reaccionario se afiance y dispute intermitente quien lo dirige (PP, Cs, o Vox), que se forme un nuevo centro político entre Cs y el PSOE o que se consolide el centro izquierda del PSOE-Podemos. Esta última opción parece la menos probable a corto plazo.

 

 

No es la primera crisis de Podemos ni el primer enfrentamiento entre Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. ¿Podrías explicar la historia de esta tensión política? ¿Cómo se sitúa en ese marco el actual acuerdo de Errejón con Manuela Carmena y su ruptura de hecho con Podemos?

 

La historia de su ruptura es muy larga, pero en resumen: Errejón quería controlar todo el aparato y que Iglesias fuese su rostro. Iglesias jamás aceptó eso. A partir de ahí, surgen diferencias políticas, pero en este caso, la lucha por el poder, descarnadamente burocrática, empieza antes que las diferencias políticas. Iglesias se rodea de un grupo que venía del PCE y da un giro neo-eurocomunista: un partido que aspira a representar a las luchas pero para darles forma de gobierno, una forma respetable. Errejón sigue con su matraca de “los que faltan”, es decir, busca, según él, abrir el partido a nuevos sectores. Lo curioso es que esa apertura siempre era hacia la derecha y hacia las clases medias. En un determinado momento, Errejón se da cuenta de que necesita democratizar un poco el partido-sistema que el mismo había diseñado en Vistalegre I para controlar a Iglesias. Iglesias da un giro “neroniano” y responde con un giro aún más autoritario. Y chocan en Vistalegre 2, el gran trauma del podemismo. Pablo Iglesias le gana abrumadoramente a Errejón, lo manda al exilio interno a Madrid y el resto es la última crisis. Errejón se escinde para formar Más Madrid con Manuela Carmena sin antes haber dado ninguna batalla ni haberlo propuesto colectiva y abiertamente. Es una maniobra fea, aunque Errejón tiene hipócritamente razón: Pablo Iglesias jamás le hubiese permitido plantear el debate. Este es un breve resumen del psicodrama podemita.

 

Obviando cuestiones organizativas o disputas de facción, ¿se pueden identificar diferencias políticas o programáticas sustantivas entre Errejón e Iglesias?

 

Pablo Iglesias carece de estrategia propia. Siempre ha oscilado entre gestos hacia la izquierda y bandazos bruscos hacia la derecha. Su único plan parecía ser sostener al gobierno del PSOE y, como le decía Alfonso Guerra a Santiago Carrillo, dejarse los nudillos para que le dejasen entrar en el gobierno.

 

Errejón siempre ha tenido claro que hay que girar hacia la derecha sin muchos complejos. Errejón reconoce que sus diferencias con Iglesias comenzaron a hacerse profundas cuando Podemos no avaló el acuerdo de gobierno entre el PSOE y Ciudadanos después del 20 de diciembre de 2015. Esto nos hace pensar que Errejón, que no es precisamente un tipo idiota, se huele como puede reconfigurarse el régimen y que, libre ya de cualquier atadura, quiera formar parte de un nuevo centro político frente a la derecha reaccionaria, que aislaría a VOX y al PP, pero que incluyera a Ciudadanos. Iglesias es subalterno al PSOE, pero no quiere ni puede llegar tan lejos. Yo es que creo que la izquierda internacional fascinada por Podemos se va a llevar muchas sorpresas, aunque ya buscará sus formas patéticas de seguir justificando su fascinación. Programáticamente, la camarilla de Iglesias es muy inconsistente, dicen cada día una cosa. Te pongo un ejemplo. La gran pelea en el Ayuntamiento de Madrid ha sido en torno a la Operación Chamartin, una operación de especulación inmobiliaria avalada por el gobierno de Carmena. Podemos ha callado hasta que se ha peleado por puestos con Manuela. De repente, de un día para otro, empiezan a poner tuits contra la Operación. De risa todo. Errejón es más consecuente: aspira a construir algo similar a los Verdes Alemanes, pero en una versión macronista. A integrarse en el centro-izquierda. Quien se quiera engañar con el errejonismo, va a hacer un ridículo espantoso, porque además, las evoluciones no dependen solo de las ideas, sino de tu relación con las luchas, de tu conexión orgánica con el conflicto, con la lucha de clases; esta gente ya está a otra historia.

 

¿Qué puede esperarse ahora de Podemos y, más en general, del espacio de formaciones a la izquierda del PSOE (Podemos, IU, Catalunya en Común, candidaturas municipalistas, etc.)? ¿A qué pueden aspirar los sectores radicales y rupturistas dentro de este denominado “bloque del cambio”?

 

El bloque del cambio se está partiendo en dos, se está bifurcando. Por un lado Errejón y su apuesta por integrarse en el centro izquierda, como su ala joven y renovadora. Por otro, y ahí está el asunto, está por ver si IU, Anticapitalistas y otros sectores autónomos son capaces de conformar un nuevo polo independiente, que mantenga vivas las tareas del ciclo, pero que aprenda de los errores del colapso de Podemos y sea capaz de organizar algo serio y radical. Ahí hace falta que este sector deje de ver a Podemos como algo central. Hay una discordancia temporal entre la realidad y las mentalidades. Podemos ya no va a ser el actor central a partir de ahora y estos sectores transformadores deben asumirlo de una vez. Podemos, ya casi copado por el aparato pablista, en crisis permanente y con su prestigio por los suelos, debe decidir qué hace: si se redime asumiéndose como una pieza más en el proyecto de Errejón o en lo nuevo que puede surgir desde los sectores transformadores o si intenta recomponerse sobre sí mismo, lo cual en mi opinión, es la opción más probable, dada la naturaleza arrogante y sectaria de la burocracia podemita.

 

Cuando irrumpió en 2014, Podemos cautivó masivamente sensibilidades en el mundo de la izquierda y se convirtió en una referencia en Europa y más allá. A cinco años de aquella fundación, hoy el escenario parece muy alejado de las esperanzas iniciales. ¿Hay elementos de balance más globales que puedan extraerse de esta experiencia?

 

Hay muchos elementos de balance, del balance de un naufragio. Hemos venido escribiendo mucho sobre el tema, así que tampoco me voy a extender, pero por sintetizar. La cuestión de la organización extraparlamentaria, contra-institucional de las clases populares es la cuestión fundamental de nuestro tiempo y la condición de posibilidad para una guerra de posiciones transformadora, ya sea en un sentido reformista o revolucionaria. Podemos renunció a esta posibilidad de construir una organización híbrida, que rompiese la rígida separación entre lo social y lo político, esa separación neo-socialdemócrata, la versión posmoderna de la rígida separación entre economía y política del viejo marxismo ortodoxo. Esto fue una decisión consciente que se tomó en Vistalegre 1, igual que suprimir la democracia y el pluralismo e implantar un régimen despótico, basado un secretario general como encarnación del todo, pero que ha acabado generando un aparato mediocre y vacío, incapaz de pensar políticamente, lleno de arribistas pero sin raíces sociales.

 

La otra lección es que no podemos hacer política sin un horizonte estratégico, sin plantear un horizonte poscapitalista. En primer lugar, porque es imposible un neo-reformismo en estos tiempos de crisis. Un programa de reformas radicales consecuentemente defendido lleva a posiciones rupturistas. En segundo, porque no puedes movilizar, tensar, agrupar, organizar, sino hay un horizonte que vaya más allá del tacticismo ciego. Las renuncias programáticas e ideológicas no suman, restan. Necesitamos un proyecto que rompa con las inercias de la vieja izquierda, pero para ir hacia adelante, no hacia atrás.

 

Luego hay muchas lecciones de táctica, pero esas las podemos hablar otro día. Desde luego, para el anticapitalismo que aspira a construir un proyecto político en el mundo real, no en la comodidad del sectarismo perezoso y doctrinario, ha sido una autentica escuela de estrategia. Ahora tocará recomenzar sobre esta experiencia y, como decía Deleuze, será “por el medio”, sobre las cenizas de esta experiencia, pero sin olvidar las lecciones.

 

27/01/19



[1] Ver Antentas, J.M., “Podemos ante sí mismo”, en https://vientosur.info/spip.php?article12160

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