Por Agustín Santella

12-02-19

 

La noticia del fallecimiento de Inés Izaguirre anteayer ha tenido un profundo impacto en la comunidad de las ciencias sociales. La profesora Izaguirre había transitado, además de su prolongada carrera académica, una continua actividad pública en el ámbito de los derechos humanos desde 1983 en la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). La dedicación a la investigación de Inés había comenzado bajo el ala de Gino Germani. Luego, se sumó al grupo fundador del CICSO (Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales). Fue expulsada de la UBA, a manos de la intervención impuesta por la dictadura de Ongania en 1966. Regresaría en los años 80. Como parte de un grupo de profesores, asumió el papel de director del Instituto de Sociología y luego de la Carrera. Estuvo a cargo de talleres de investigación, cursos de teoría sociológica, y de “El Capital” de Carlos Marx.

Sus preocupaciones y aportes recayeron en el estudio de la conflictividad social, así como el genocidio de la dictadura militar ultima. Este tema articulaba su militancia en la APDH. Como parte de la colaboración con otros investigadores, de Juan Carlos Marín en particular, la temática de la investigación de Inés se centraba en el estudio de las condiciones y dinámica de ordenes represivos que legitimaron la eliminación sistemática de la disidencia social y política. Las tesis de Marín e Izaguirre sobre la dictadura argentina fueron muy discutidas por la comunidad académica. Estos sostenían que la dictadura fue el resultado y la fase ultima de una guerra civil que dividió la sociedad. La tesis predominante, luego de la justificadora, por supuesto, era la de los “dos demonios”.

A la luz de los tiempos presentes, es importante mantener una línea de investigación que permita dar cuenta de la aparición de formas de dominación que instalan enormes niveles de violencia desde las clases dominantes, haciendo uso del estado y las corporaciones mediáticas. Nos habíamos olvidado algo, del tipo de situación que pueden crear fracciones enteras de la sociedad para mantener su dominio. Una situación donde se justifica el uso ilimitado o ampliado de la fuerza violenta para reproducir un tipo de relaciones sociales que perpetúa y agrava la explotación y la desigualdad de recursos entre las clases sociales. La oleada de las nuevas derechas en el poder en el mundo plantea una vuelta a este tipo de situaciones. Aparece de una manera nueva, con el apoyo del voto de masas, lo que hace esta lucha más compleja. Desde el punto de vista histórico, no es la primera vez que esto sucede. Sin embargo, el trabajo sistemático y despiadado de los centros intelectuales del poder de las elites borra constantemente la memoria critica de estos procesos. La nueva discursividad repone el pensamiento mágico de los fenómenos sociales, tan afecto a la Iglesia del poder por siglos.

 

El aporte de las ciencias sociales es proveer de conocimiento sobre procesos y relaciones sociales, para entender mejor las causas y dinámicas de la injusticia social. No es una panacea para la justicia social, pero si una parte del fundamento de saberes que los participantes en la construcción de la sociedad pueden usar para ser más conscientes de esta construcción. La ciencia social se basa en que los resultados que afectan a la sociedad son productos de sus relaciones, de sus luchas internas, y no de algún Dios o fuerza oculta sobrehumana. En este sentido, buscar por sus causas apunta a la responsabilidad colectiva de su desarrollo. El trabajo de muchos científicos e intelectuales continúa realizándose en esta dirección, en la que se había comprometido el trabajo de Inés. Su desaparición en la coyuntura actual adquiere un significado central. 

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