por Joaquín Guevara (1) y Sergia Tomás Rodriguez (2)

 

Maricas y debates en el 21° Encuentro Regional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans (ERMLTT)

Llegó una nueva edición del Encuentro Regional de Mujeres al Oeste: La Matanza, la urbe más densamente poblada, fue la elegida. Esta vez los cuerpos e identidades que han hablado son más variados. Se impuso el ánimo de visibilizar esos aportes en un año en que Diana Sacayán le arrebató un primer fallo de travesticidio a la Justicia. Así, a partir de ahora será el Encuentro Regional de Lesbianas, Travestis y Trans y entre sus invitades cuenta con las masculinidades trans, maricas y no binaries (Wayar, 2018).

Particularmente, la propuesta de participación de maricas en el ERMLTT generó grandes controversias. Partiendo de este caso empírico reciente: ¿qué significa ser marica y qué lugar podemos tener al lado de sujetos políticos tales como las mujeres, lesbianas o travestis? ¿Somos también feminidades? ¿Qué tipo de vínculo tenemos con la masculinidad? ¿Por qué maricas y no gays?

Analizaremos a la marica desde una perspectiva interseccional. Afirmamos que la orientación sexual implica consecuencias directas en la configuración de las identidades, que dice mucho más de la identidad de género de lo que se suele creer. La identidad marica puede comprenderse como una clara intersección entre aquellas dos dimensiones. Se sitúa en la estructura de poder patriarcal como una identidad diferenciada de la del género varón y puede complejizarse con otras dimensiones como las de raza o clase.

Afirmar que no somos varones no niega el vínculo que tenemos con la masculinidad. A esto nos referiremos en el apartado que sigue al de análisis interseccional. El pronunciamiento desde la feminidad tiene que ver con un devenir de opresión en una sociedad hetero-cis-patriarcal:

Desde un imaginario ligoso expulso estos materiales excedentes para maquillar el deseo político en opresión. Devengo coleóptero que teje su miel negra, devengo mujer como cualquier minoría. Me complicito en su matriz de ultraje, hago alianzas con la madre indolatina y “aprendo la lengua patriarcal para maldecirla” (Lemebel, 1997: 165).

No omitimos el componente masculino a tratar desde una “pedagogía de la incomodidad, del shock, del malestar” (Azpiazu, 2017: 119). Dejamos sin efecto las concepciones binarias (varón/mujer) al repensar problematizando lo masculino y lo femenino de cada identidad.

¿Dónde está lo femenino en mí? Donde puedo conmoverme con las cosas que conmueven a la femineidad. Seguramente serán diferentes no por una cuestión de masculinidad-femineidad. No hay dos mujeres iguales, no hay dos travas iguales, no hay dos hombres iguales. Lo que hacen es igualarnos (Wayar, 2018: 87).

El análisis que pretendemos diferencia la marica de lo varón, por lo tanto, también de lo gay que reduce la experiencia no heterosexual exclusivamente a la orientación sexual, reforzando una posición masculina. Se trata de una propuesta capitalista, en su acepción neoliberal, para asimilar las experiencias no heteronormadas a la matriz heterosexual, creando mercados específicos para capitalizarlas. La marica es una identidad que en sí cuestiona la normalización y que problematiza lo evidente de no haber logrado “escapar del mismo monstruo que nos llamó monstruos” (Azpiazu, 2017: 47).

Incluso sin ser aún un debate fuertemente instalado en el movimiento feminista actual, no fueron menores las discusiones que se dieron en el ERMLTT. Nuestra propuesta, antes que una masculina certeza acabada, pretende ser una reflexión teórica para repensar las prácticas políticas atravesadas por concepciones binarias que parecen haber dogmatizado categorías, como las de la concatenación sexo-género-deseo (Butler, 1990), en lugar de practicarlas dinámicamente.

Identidad marica: análisis desde un enfoque interseccional

Partimos desde un enfoque interseccional porque consideramos que para comprender la identidad marica no podemos pensar las dimensiones orientación sexual e identidad de género aisladamente. Tal como afirma Kimberlé Crenshaw (1991), la interseccionalidad es un concepto que se utiliza para analizar cómo distintas dimensiones, que hacen a la conformación de la experiencia de un sujeto, se cruzan e interactúan entre sí. Esta autora acuñó el concepto para analizar la experiencia de mujeres negras intersectando raza y género, pero metodológicamente cabe utilizarlo para otras dimensiones tales como la clase, la orientación sexual o la religión, e indagar así en la matriz de opresiones a la que cada posición de sujeto remite.

Es importante destacar que entendemos como orientación sexual a uno de los componentes que hacen al deseo. A su vez, al referirnos al concepto de identidad, retomamos su definición como identificación que sitúa al sujeto en una posición concreta en la cartografía del poder (Azpiazu, 2017: 30). Así, el género se interpreta como un sistema o red de relaciones políticas en la que pueden darse desplazamientos y reubicaciones: “para entender al género, entonces, debemos ir constantemente más allá del propio género” (Connel, 1997: 10). Demostrando una clara intersección entre identidad de género y orientación sexual, caracterizamos lo fallido del proceso de socialización masculina:

Cuando nos llaman ‘maricas’, no nos están llamando ‘homosexuales’ sino ‘no hombres’. El insulto nace de la interacción entre la misoginia y esa máquina de normalización que es el “convertirse en un hombre” [...] El espacio de privilegio se constituye a base de delimitar las otredades. Es decir, ser blanca no significa nada en sí mismo [...] nos decimos blancas para decirnos no-negras (Santamarica, 2018).

Analizar críticamente el proceso de socialización masculina necesariamente implica rastrear el homo-odio presente incluso en las infancias, cuando la conciencia sobre la propia sexualidad es poca o nula. ¿Cómo se explica entonces su existencia? Usualmente se entiende al homo-odio como las violencias ejercidas contra las orientaciones sexuales no-heteronormadas, pero fundamentalmente cumple un rol de policía de género. Como afirma Kimmel:

Si la masculinidad es un terreno de disputa, (en) este “juego de hombres” [...] debe ser aprobada y validada homosocialmente: los hombres se vigilan y juzgan concediéndose la aceptación o el rechazo en el reino de la hombría (citado en de Stéfano Barbero, 2017).

En la infancia el homo-odio se encarga de identificar, señalar y discriminar aquellas actitudes poco masculinas en los niños, las apariencias amaneradas, femeninas. Esta policía de género señala cuándo se está siendo “poco varón”.

Este pánico es tan fuerte que podríamos proponer la idea de que la masculinidad [...] consiste en hacer todo lo posible para no parecer marica. [...] la identidad masculina es algo muy frágil, algo que necesita reafirmarse continuamente, y que es muy sensible cuando se siente amenazada: eso explica en parte el odio homófobo [...] En el fondo la masculinidad se basa en un profundo sentimiento machista, la idea de que ser una mujer “es malo”, o “es peor” que ser un hombre. Parte del odio homófobo viene de identificar al gay con una mujer y de penalizar ese deslizamiento “traidor”: no es un hombre “de verdad” y lo que es peor, se aproxima a “la mujer”. ¿Por qué molesta tanto a algunos hombres la posibilidad de ser tomados por una mujer? (Sáez, 2016: 71-72)

Cuando es posible se corrige aquella desviación del rol de género masculino y, cuando no, se expulsa al niño de la masculinidad. No es conveniente separar la categoría varón, y el rol social que se espera que cumpla en la sociedad, de la matriz heterosexual y binaria, de la construcción masculina que se espera que se “complemente” (desigualmente) con la femenina. La expulsión de la masculinidad, que remite a experiencias de rechazo y violencias, suele ser un denominador común en las biografías maricas. Con el insulto “marica” se hace referencia a “los varones fallidos”, a aquellas que en vez de intentar volver al estereotipo masculino se muestran cómodas con la feminidad por la cual fueron expulsadas. Retomamos desarrollos teóricos de Wittig (1992: 57) en los que plantea:

¿Qué es la mujer? […] Francamente es un problema que no tienen las lesbianas, por un cambio de perspectiva, y sería impropio decir que las lesbianas viven, se asocian, hacen el amor con mujeres porque «la-mujer» no tiene sentido más que en los sistemas heterosexuales de pensamiento y en los sistemas económicos heterosexuales. Las lesbianas no son mujeres.

El ejercicio de analizar la función social que las lesbianas no cumplen como mujeres permite reflexionar en torno a los roles asignados a varones, que no interpelan a las maricas. Complicidad machista, urgencia en expresar emociones, violencias en noviazgos con mujeres, no son prácticas que las identifiquen. El ejercicio también permite caracterizar los roles asignados a gays, que construyen su masculinidad en rechazo a la feminidad de “las locas”. Nos ocuparemos de ambos ejercicios en los apartados siguientes. Con lo expuesto hasta acá, podemos comprender a la marica como la que reconoce que tener una sexualidad no-heteronormada marca su construcción genérica y experiencias de vida, más allá de lo que el sentido común no interseccional indique.

Maricas, ¿masculinidades?

"Si a Lito no lo llevo al barrio a que le den un par de cachetazos, está ahí de doblar la muñeca"

(Tévez, 2018)

Muchos de los rechazos que genera nuestra participación en espacios de feminidades, tienen que ver con entenderla como una identidad masculina, como “menos masculina” pero masculina al fin, o como feminidad pero que debe asumir los privilegios que detenta al ser socialmente leída como varón. Al no autopercibirnos varones, no pretendemos obviar el ser portadoras de privilegios. Definitivamente, en la matriz de relaciones de poder que ordena los géneros, los tenemos. Y resultan innegables ante una obligada socialización masculina y a una constante lectura como varones, que varía según nuestra expresión de género. Pero aquella socialización fue opresora en nuestras experiencias, y no perdura en el tiempo aquella lectura que se hace de nosotras: el encanto masculino acaba ante la primera muñeca que se doble. No constituimos (ni queremos constituir) el sujeto universal del patriarcado.

Esta herencia del feminismo me ha permitido comprender yo mismo que es la norma heterosexual lo que me oprime, que mi opresión “específica” se inscribe en algo de mayor tamaño y que también ha tenido un origen común con la opresión patriarcal. Y que, por tanto, en la situación actual de nuestra sociedad, las dos opresiones están estrictamente relacionadas (Anónima, 2017: 5).

Comúnmente la militancia de distintos feminismos tiende a ser el puntapié para problematizar nuestras identidades disidentes, aunque al mismo tiempo, al dogmatizar categorías en términos binarios o reforzar la “deconstrucción” de lo varón y lo mujer como categorías excluyentes, impide organizar una práctica política que las contemple. A continuación, ilustraremos estas afirmaciones con algunos ejemplos.

Por un lado, se puede cuestionar lo presupuesto de la participación de maricas en espacios de reflexión pensados para cis-heterosexuales varones, lo que nos binariza como sujetos políticos y nos presiona a exponernos ante los que ejercen las violencias que sufrimos. Otro punto son los argumentos que apresuradamente esgrimen que la sexualidad o el género no son razones suficientes ni necesarias para constituir un proyecto político disidente (Pérez, 2017: 448). Estos entienden que al querer visibilizar nuestra identidad marica estamos necesariamente adjudicándonos un componente para la práctica política revolucionaria. Si bien estamos de acuerdo con las propuestas de praxis que plantean autores como Paco Vidarte (2007), que critica que no hemos sido lo suficientemente disruptivas, conviene fundamentar nuestra identidad (posición) desde una intersección de dimensiones, más allá del pensamiento político en el que nos inscribamos (potencialidad). Por último, cabe mencionar uno de los riesgos de la invisibilización de la identidad marica, que tiene que ver con despojarnos de categorías para nombrar las violencias que nos ejercen, por ejemplo, varones gays. Nos referimos a violencias motivadas por nuestra identidad de género que, al partir de prenociones que nos encasillan en la misma categoría de aquel que nos oprime, no se visibilizan como tales.

Proponemos pensar a la marica como la que reivindica su feminidad y se pregunta: Si se te expulsa de la masculinidad, ¿para qué volver?

Asimiladas, invisibles.

Referirnos a la identidad marica nos invita a reflexionar sobre el contexto desde el cual lo intentemos hacer, teniendo en cuenta el proceso de asimilación de identidades disidentes que comenzó con la irrupción del neoliberalismo y continuó con las olas democratizadoras. Aquí aplica lo que Fraser (2013: 131) reflexionó en vínculo al movimiento de mujeres y a que se “haya terminado enredando en una -amistad peligrosa- con los esfuerzos neoliberales para construir una sociedad de libre mercado”. Cuando caracterizamos el asimilacionismo pensamos en la neoliberalización de las sociedades y los intentos de los poderes fácticos de normalización de sexualidades no normativas. Parte de este proceso son, por ejemplo, las estrategias de capitalismo rosa, el pinkwashing o la “lavada de cara” que habilita el discurso de la diversidad sexual a gobiernos (¿o Estados?) intrínsecamente represivos hacia nuestras identidades. En este sentido, afirmamos:

Lo gay se suma al poder, no lo confronta, no lo transgrede. Propone la categoría homosexual como regresión al género. Lo gay acuña su emancipación a la sombra del «capitalismo victorioso». (…) Un circuito hipócrita que se descalza para configurar otra órbita más en torno al poder (Lemebel, 1997: 167).

La tradición teórico-práctica que la identidad marica recupera, responde a la propuesta de homonormativización actual, con legados como:

No queremos que nos persigan, ni que nos aprendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: Lo que queremos es que nos deseen (Perlongher, 1990).

El neoliberalismo ajusta las economías como su asimilacionismo lo hace con nuestras identidades. Concluimos afirmando que reivindicarse marica es reivindicar cuerpos que, si alguna vez fueron desenterrados, han sido aplastados por el glitter de las carrozas del orgullo, por la invisibilización por parte de lo gay de toda disidencia que no se materialice en hombres cis, blancos, de clase media, aliados de los hombres heterosexuales, por “esos machos plumófobos que desprecian a las locazas” (Evans, 2013).

Conclusiones para una práctica política de la maricomprensión

Me atengo a la perturbación de este aroma para comparecer con mi diferencia. Estítica por estética, desmontable en su mariconaje striptisero, remontable en su desmariconaje oblicuo, politizante para maricomprenderse (Lemebel, 1997: 165).

El presente trabajo ha intentado problematizar la identidad marica para aportar a debates que consideramos cada vez más presentes en las tensiones entre el movimiento LGTBIQ y de disidencias sexuales, y las organizaciones de espacios de feminidades. De ninguna manera intentamos concluir con cerradas certezas masculinas, sino que desde una (anal)ética marica (Vidarte, 2007) problematizamos:

¿Cabe comprender a las maricas como las que reconocen que tener una sexualidad no-heteronormada marca sus construcciones genéricas?

¿Están siendo las maricas aquellas que reivindican su feminidad y se preguntan: Si nos expulsan de la masculinidad, “¿para qué volver?”?

¿Es distinta la marica a los gays plumófobos que la desprecian?

Estos interrogantes quedan abiertos, el objetivo teórico está puesto en repensar constantemente las categorías que no nos permiten visibilizar identidades en la práctica. Siempre que observamos nos condicionan prenociones y mientras la sexualidad y el género no se intersecten como propuesta, seguiremos enfocadxs binariamente sin prestar atención a las identidades disidentes que materialmente desestabilizan nuestros presupuestos. Es preciso desbinarizar nuestras miradas dogmáticas, las que nos impiden pensar la identidad marica como posición (identidad) distinta a la del varón y como potencialidad, opuesta a la del gay. Tampoco se trata de entender teoría, sino de romper el sentido común que tajantemente divide las dimensiones de deseo y género, volviéndonos inconcebibles. Tal vez así, tal como se sugirió en el último Encuentro Regional de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans de La Matanza, las maricas podamos aportar al potencial político del feminismo como movimiento que discute hasta la naturalización de sus prácticas.

 

(1) Marica. Militante en la izquierda popular. Estudiante de Sociología en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

(2) Marica. Militanta en Nuevo Encuentro La Matanza y Conurbanxs x la Diversidad. Estudianta de Ciencia Política en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. 

Referencias bibliográficas

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