por Florencia Abadi

 

Reseña de Martín, Facundo Nahuel, Pesimismo emancipatorio: marxismo y psicoanálisis en el pensamiento de T. W. Adorno, Buenos Aires, Editorial Marat, 2018, 320 p.

 

 

Pesimismo emancipatorio lleva a cabo un doble movimiento en relación con la obra de Adorno: por un lado, la impugna como perspectiva paralizante e inconsistente; por otro, la reivindica como precedente singular y único para un marxismo que asuma las condiciones de nuestra época. El movimiento refutatorio toma como núcleo la filosofía de la historia de Adorno: Facundo Martín señala que se trata de una filosofía de la historia ahistórica, en que el capitalismo tardío no es una marca temporal del análisis de la dominación (en este sentido, indica que Adorno utiliza la categoría de trabajo en el sentido transhistórico de “trabajo en general” –como transformación de la naturaleza– y no como trabajo en el capitalismo –dividido en concreto y abstracto–). Esa ahistoricidad condena el pensamiento de Adorno a una visión de la dominación como algo insuperable. Martín sostiene que esto implica un impasse de la crítica que la vuelve inconsistente, porque –la siguiente frase contiene la directriz del libro– “es condición de la solvencia de cualquier proyecto crítico que la dominación aparezca como susceptible de ser superada mediante la acción de las personas”. El pesimismo está entonces indefectiblemente ligado a la insolvencia de este proyecto crítico. No se trata aquí de la célebre “organización del pesimismo” que Benjamin proclamaba –tomando a Pierre Naville– como salida revolucionaria contra el optimismo socialdemócrata del progreso. El pesimismo adorniano no puede organizarse, afirma Martín. Podríamos trazar aquí una distinción entre dos tipos de pesimismo: un pesimismo de diagnóstico, y otro de pronóstico. No es lo mismo afirmar que las cosas están mal, que afirmar que van a estar mal. Este libro advierte que un pesimismo de pronóstico es inconsistente para la crítica, y tiene razón. Un pesimismo de diagnóstico, en cambio, es indispensable –definitorio– de una perspectiva crítica. Pero Adorno es un pesimista en ambos sentidos; su pensamiento deviene luego, en este sentido, acrítico.

 

Pero entonces, ¿por qué ocuparse de Adorno? Porque Adorno es, dentro del marxismo occidental, el crítico más severo de la noción de totalidad, el filósofo marxista que hizo de la crítica de la totalidad el centro de su pensamiento. Siguiendo a Martin Jay, Martín toma la categoría de totalidad como el aspecto definitorio del marxismo occidental (en contraste con Merleau-Ponty o Anderson que lo definen de otros modos); y retoma lo que llama “el desafío posestructuralista” que debe enfrentar el marxismo, que consiste en el cuestionamiento de la totalidad como categoría totalitaria, que arrasa con lo diverso y lo particular. Adorno es entonces, si se asume el desafío, el mejor punto de partida.

 

¿Y por dónde introduce el pensamiento de Adorno esa fisura en la idea de totalidad? Este libro responde: por la vía del psicoanálisis freudiano. El conflicto psíquico como núcleo duro insuperable de la antropología freudiana, que Adorno retoma como modelo para su concepción de la “no-identidad”, rompe definitivamente con toda reconciliación en la totalidad. El marxismo totalizante, en cambio, es pensado aquí como una forma de narcisismo –retomando a Joel Whitebook–; la idea de utopía como plenitud total es rechazada como indeseable; “la hybris totalitaria es narcisista”, dice Whitebook. Difícil no pensar en la frecuentada reflexión del propio Freud sobre el psicoanálisis como herida narcisista de la cultura, en este caso de la marxista. La primera frase de este libro se refiere en cierto modo a esa herida cuando dice “La emergencia del psicoanálisis no dejo indemne al marxismo”.

 

La figura de Narciso representa en efecto la unidad, el ideal de perfección y completitud. ¿Cuál es la hybris de Narciso? ¿En donde reside su extralimitación? Los antiguos lo sabían: en rechazar a Eros, el deseo, la fuerza creativa del cosmos –el arrogante joven transgredía ese orden rechazando las propuestas eróticas de cazadores y ninfas–. Esa enemistad de Narciso con Eros fue en parte olvidada, y quizás el Freud mismo, con su ligazón entre narcisismo y autoerotismo, contribuyó a que así fuera. En la esfera mítica esa enemistad es tan patente que, al lado de la fuente donde muere Narciso, los habitantes de Tespias levantan un monumento a Eros vencedor. Si hay un marxismo narcisista, Adorno es su crítica. Y si bien no le cabe a Adorno llevar el nombre de un marxismo erótico, el libro de Martín usa su obra, precisamente, para interrogar el deseo del marxismo.

 

Freud será entonces el nombre de la indispensable grieta. Eros bebe, por supuesto, del conflicto –era hijo de Marte, dios de la guerra–, y en tanto fuerza creadora del universo es aquella que permite la diferencia que este libro no está dispuesto a relegar.

 

Quizás por esto Facundo reencuentra el materialismo de Adorno en su recepción de la teoría freudiana del yo, y no en su filosofía de la historia, que no llega a ser marxista. Una de las tesis centrales del libro es que el pesimismo adorniano –aquello que lo conduce a la parálisis– se funda en los conceptos de su filosofía de la historia (“en el proceso histórico-universal indetenible de la totalidad antagónica”), y no en la antropología freudiana, ni tampoco en eventos históricos como el nazismo, etc. En este sentido, Martín forja el concepto de “imposibilismo emancipador”, que reúne a los autores que buscan “reformular la idea de emancipación para que se adecue a las condiciones de una teoría del sujeto atravesada por el psicoanálisis”: en Adorno esa reformulación estaría dada por la no identidad entre sujeto y objeto, es decir, sería una emancipación sin identidad.

 

Este “giro al sujeto” que le imprime Freud a Adorno convive en su filosofía con la primacía del objeto. La primacía del objeto nombra el carácter inabsorbible de este, que impide que el sujeto se identifique con él plenamente y se reconcilie. La “entrega al objeto” se constituye entonces como imagen de la no dominación y la felicidad. Se trata de una suerte de antídoto contra la proyección: si el sujeto trascendental solo comprende en las cosas lo que él mismo pone, después del psicoanálisis esto tiene un tufillo a paranoia. La teoría del conocimiento, y sus históricas categorías de sujeto y objeto, asumen aquí sus compromisos éticos y políticos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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