24 de Mayo de 2019

El sorpresivo anuncio de la fórmula Fernández-Fernández sacudió todo el escenario político de nuestro país. El apuro por el análisis veloz, sin tiempo para la reflexión, marcó la agenda de todos los medios de comunicación desde el sábado en adelante.

En Revista Intersecciones decidimos hacer lo contrario. Queremos aportar visiones críticas y agudas sobre esta coyuntura revoltosa. Para eso preparamos una serie de entrevistas que puedan ayudarnos a comprender en qué situación se encuentra la Alianza Cambiemos, que significa la fórmula F-F y cuáles son las tareas de la izquierda en este momento.

Aquí va la primera parte. Responden Mabel Thwaites Rey, Omar Acha  y Martín Obregón.

1. ¿Cómo caracterizás este momento del macrismo, y más en general, del proyecto de Cambiemos?

M.T:

Cambiemos se encuentra jaqueado por obra de su propia incapacidad para conducir políticamente el rumbo económico y social, de modo estable y previsible para los intereses dominantes y manteniendo apoyos consistentes en la sociedad.

El “mejor equipo de los últimos 50 años” demostró que, loteando el gabinete entre sectores del capital no solo no se logra un resultado global coherente, sino que se puede afectar, incluso, la sustentabidad misma del proyecto restaurador. Si lo hicieron a propósito para que unos pocos amigos (finanzas, energéticas y agroexportadoras) obtuvieran ganancias extraordinarias, rápidas y fugables o si les salió mal la jugada, por incapacidad y obcecación ideológica, el resultado es igualmente malo para la sociedad y políticamente tortuoso de bancar. Con inflación galopante, dólar y tasas por las nubes, cierres de empresas, despidos masivos y deterioro generalizado de las condiciones de vida, el argumento de la herencia recibida se volvió cada vez más insostenible, como lo demuestra la seguidilla de elecciones provinciales que el oficialismo perdió y la crisis inocultable al interior de la alianza gobernante. Acudir al FMI no fue un recurso extremo sino la decisión deliberada de quienes carecen de plan propio y necesitan una tutela fuerte para asegurar sus intereses económicos, aún a costa de perder sustento electoral. Pero al hacerlo mostraron una falta de capacidad técnica y política que, al nacer el PRO como aparato político, pretendían exhibir y consolidar. Ellos quisieron armar un proyecto estable y duradero de la derecha y creyeron e hicieron creer a buena parte de la sociedad que sabían cómo hacerlo. Sin embargo, al pretender manejar el complejo estado nacional con la lógica del empresario privado, dejaron expuesta su ignorancia supina, no solo para gestionar, sino para articular sus intereses de clase en un sentido ampliado. Una administración estatal relativamente autónoma, que cumpla un papel articulador y mediador de intereses en disputa y antagónicos, es un imperativo sistémico insoslayable y el gobierno de Cambiemos ya no la puede garantizar. En ese contexto, los balbuceos de Macri, los exabruptos de Patricia Bullrich y la soberbia de Marcos Peña no encuentran amortiguación. Las rabietas desesperadas de los radicales para reencauzar Cambiemos (o romperlo), las cada vez más desquiciadas intervenciones de Carrió y las diatribas de los operadores periodísticos muestran la impotencia de los furgones de cola de Cambiemos frente al fracaso inapelable de su opción anti-peronista visceral. Cómo bajar a Macri de la candidatura sin producir un daño mayor por confesión de impotencia es un dilema fuerte, sobre todo, para los radicales que tienen responsabilidad en las provincias. La apelación al odio anti-k y los juicios por corrupción amañados cada vez logran menos rédito y agregan desesperación a la tropa cambiemita. Mientras el juicio de los “cuadernos” se frenó cuando el juez tuvo que exculpar a Paolo Rocca como partícipe necesario del delito de cohecho (con el insólito argumento de que era verosímil su desconocimiento del manejo que sus empleados hacían de su dinero, justo lo opuesto a lo esgrimido contra Cristina), saltó la causa D´Alessio en el juzgado de Ramos Padilla. El nivel de podredumbre de la connivencia de los servicios de inteligencia nacionales y extranjeros, los jueces federales y el gobierno, agrega enrarecimiento al escenario político. El juicio, con pruebas insuficientes o directamente amañadas por la corrupción en la obra pública, se está apurando al solo efecto de sentar a la líder opositora en el banquillo de los acusados en período electoral y no para producir investigaciones y condenas genuinas. El llamado “combate a la corrupción” no es otra cosa que un arma de destrucción del adversario político y está lejos de la búsqueda de reparación y justicia. La guerra de denuncias y arrepentidos es otra muestra de la degradación del sistema político en su conjunto.

O.A :

Cambiemos se encuentra en su momento de mayor debilidad. El proyecto pro mercado de Cambiemos es sostenido por la alianza macrista a pesar de su evidente fracaso. ¿Por qué ocurrió así? En general descreo de las explicaciones antropocéntricas, basadas solo en decisiones humanas. El fracaso involucra fenómenos esencialmente “sin sujeto”, impersonales. Si el ciclo económico en la Argentina extractivista dura 9/10 años de alza y necesita de 5/6 para recrear las condiciones de la ganancia capitalista que traccione al conjunto de la economía hacia un nuevo ascenso, a los 4 años de estancamiento del tercer gobierno kirchnerista debían continuar al menos otros 2-3 años antes del relanzamiento del ciclo de acumulación. Es lo que ocurrió, básicamente, porque el ajuste Kicillof fue, a pesar de la brutal devaluación de enero 2014, parcial.

La espera macrista de una recuperación inmediata –“segundo semestre”, “lluvia de inversiones”– se reveló, como debía revelarse, ilusoria. Sin embargo, el determinismo está él mismo sobredeterminado: las decisiones económico-financieras del macrismo crearon, sin que fuera del todo necesario, un escenario de mayor fragilidad externa, por lo que tal vez el panorama de recesión más inflación se extienda hasta alcanzar una década. Eso impone severos condicionamientos para el próximo periodo presidencial. Bajo cualquier gobierno pro capitalista, todo hace prever una continuidad en el ajuste y la inflación. Por supuesto, es innecesario que ante el anonimato del funcionamiento del mercado capitalista mundial esa gestión sea tan inepta como la macrista, ni que distribuya de la misma manera el costo del ajuste.

M.O:

Creo que el macrismo – y en términos más generales el proyecto de Cambiemos – atraviesa una fase de agotamiento luego de una primera fase de legitimación (entre su llegada al gobierno a fines de 2015 y las elecciones legislativas de 2017) y una segunda fase de deslegitimación (entre la batalla del Congreso en contra de la Ley de Reforma Previsional y la megadevaluación de agosto del año pasado). El talón de Aquiles del macrismo ha sido, ni más ni menos, su plan económico, devastador para el conjunto de las clases populares pero también para las clases medias y la casi totalidad de los sectores productivos. Al concentrar los beneficios en el sector financiero y en un puñado de grandes empresas (energéticas, mineras, agroexportadoras) el modelo económico no puede más que erosionar, por arriba y por abajo, las bases sociales de Cambiemos. Los efectos de una recesión económica brutal y la imposibilidad manifiesta por parte del gobierno de Macri de mantener a raya la inflación y el precio del dólar (las dos variables económicas más sensibles en el imaginario popular de los argentinos) se vienen traduciendo, de un tiempo a esta parte, en un descontento social creciente que va de la mano con el progresivo deterioro de la imagen presidencial. La expresión más contundente de este proceso es el derrumbe electoral del sello Cambiemos, que perdió todas las elecciones en las que participó a lo largo de este 2019. En términos políticos, el agotamiento del proyecto se pone de manifiesto en las crecientes tensiones en el interior de la coalición de gobierno (fundamentalmente entre el macrismo y sus socios radicales) pero también en la crisis de liderazgo del propio Mauricio Macri.

2. ¿Qué pensás de la primera de las fórmulas opositoras que se dio a conocer este sábado: Fernández-Fernández?

M.T:

Lo primero que refleja es el cambio de época. Cristina lee bien el momento histórico: sabe que no pueden “volver” a los viejos tiempos de redistribución gobernable y prefiere correrse a un costado y dejarle la primera fila a Alberto Fernández, con antecedentes suficientes como para aceptar el desafío de moderación, por decir lo menos, que se viene. Desde su lugar en la fórmula, asegura los votos propios necesarios para ganar y se reserva la posibilidad de quedarse o romper, según como venga el curso de la gestión. No es previsible que AF sea un chirolita de CFK, porque el mando del Ejecutivo es central en el sistema presidencialista. El riesgo político que asume CFK es que AF despliegue y consolide un liderazgo propio y con apoyo de masas que la desplace, pero este riesgo es menor al de perder la elección, o al de ganar con lo justo en un escenario de creciente crispación y crisis económica, social y política que se torne ingobernable o, incluso, al de ganar por mucho pero generando grandes expectativas en sus votantes, muy difíciles de cumplir.

En tanto, la candidatura de Lavagna parece apuntar a atraer al voto anti-k y anti-peronista, incorporando a los socialistas y a Stolbizer, y puede ser una aspiradora de radicales y otros descontentos con Cambiemos, que no optarían por el peronismo acuerdista de Alternativa Federal, espacio que aún no logra resolver su interna y que se tensa entre los Fernández y Lavagna. Es factible que se arme un espacio que, incluso, desplace al macrismo al tercer lugar o que se invente algún armado que maquille al vapuleado macrismo con aporte peronistas.

Es probable que se abra un nuevo capítulo en la saga del peronismo como único espacio político con capacidad de adaptación para gobernar, frente a los diferentes desafíos epocales. A Menem le tocaron los tiempos neoliberales y se adaptó gustoso a ellos por 10 años, mientras la crisis le estalló a los radicales, que no pudieron manejarla. Néstor y Cristina Kirchner condujeron los tiempos favorables a la redistribución relativa de ingresos y completaron 12 años con tres mandatos consecutivos. El experimento liberal-radical de Cambiemos hoy puede decirse que aspira, con suerte, a terminar el mandato sin estallido. Lo que parece venir, si gana la fórmula AF-CFK, es un nuevo período de ajuste “gobernable”, tal vez un poco menos ensañado con los sectores populares y más amable con agendas socioculturales progresistas, con características aún inciertas pero no subestimables. Nada indica que se aproxime al soñado “volver” de las bases kirchneristas. Es probable que los factores de poder lo terminen aceptando, tras la desilusión propinada por su delfín más genuino, que puso en riesgo de cárcel hasta a Paolo Rocca y les hizo perder bastante plata a unos cuantos peces gordos.

O.A:

En el peronismo la moneda siempre está en el aire respecto de qué orientación ideológica prevalecerá en la gestión del Estado capitalista. ¿Quién podía prever la política concreta de Perón en 1973, de Menem en 1989 o de Kirchner en 2003? Nadie. Tampoco nadie puede aseverar, con seriedad, cuál sería la línea de un posible gobierno albertista. Hay con todo datos interesantes. Pareciera que el kirchnerismo ensaya, con Alberto Fernández, su propio postkirchnerismo. Una muerte por mano propia que es también, naturalmente, una sobrevida: un kirchnerismo Mark II.

La fórmula Fernández-Fernández participa de este “tiempo” de escasez. Como todo el peronismo, y eso por cierto es regional y hasta hemisférico, verifica un desplazamiento hacia el centro e incluso, en el peronismo “federal” de Schiaretti y Urtubey, al centro-derecha. El tándem F-F, que da como suyo el voto de centro-izquierda, se dirige a captar el electorado de centro y centro-derecha. Incluso dentro del voto peronista. No hay que olvidar que el mayor responsable de la derrota del peronismo en 2015, dejando al margen las torpes decisiones de la mesa chica kirchnerista en la selección de candidaturas, fueron las propias pugnas intra-peronistas, principalmente en Córdoba. Se verá si ese mismo clivaje se reitera en octubre de 2019. Es de todos modos prematuro derivar afirmaciones decididas porque hay varios actores, dentro y fuera del peronismo, que todavía no han definido sus juegos. En la política burguesa, faltan las movidas del peronismo no K y sobre todo del macrismo.

M.O:

En términos electorales, el sorpresivo anuncio de la fórmula Alberto Fernández – Cristina Fernández reduce de manera significativa las chances del macrismo de mantenerse en el gobierno, ya que muy posiblemente logre contener a la totalidad del electorado kirchnerista incorporando al mismo tiempo un caudal significativo de votos provenientes del peronismo no kirchnerista e incluso de sectores independientes. Este desplazamiento hacia el centro propiciado por Cristina Fernández deja muy mal parados a quienes pretendían construir un espacio político “equidistante de ambos extremos de la grieta” y seguramente desemboque en la unificación prácticamente total del peronismo y sus estructuras sindicales. En términos políticos, la fórmula Alberto Fernández – Cristina Fernández implica un giro conservador del kirchnerismo, que al mismo tiempo que se posiciona como artífice de la unidad del justicialismo se asume como una tendencia más dentro del partido, como su ala progresista. La elección de Alberto Fernández, cuyo nombre es sinónimo de diálogo, acuerdo y negociación, responde también a una estrategia postelectoral. Tiene como objetivo llevar tranquilidad a los factores de poder, a los mercados y a los acreedores externos, dando señales claras de que se buscará salir de un modelo económico inviable de una manera paulatina y consensuada. La fórmula Alberto Fernández – Cristina Fernández es un intento de reeditar el esquema de poder vigente durante el gobierno de Néstor Kirchner, apoyado por los grandes grupos económicos locales, el poder sindical y los grandes medios de comunicación. Es un triunfo de la política moderada, un intento de volver al 2003 después del patinazo del 2008. De esta forma el kirchnerismo promueve una nueva síntesis política que reincorpora a diferentes sectores del peronismo que se habían visto desplazados en los últimos años del gobierno de Cristina Fernández y que implica, al mismo tiempo, una atenuación de sus rasgos más progresistas.

3. ¿Cuáles dirías que son las tareas e intervenciones que deberían tener las izquierdas ante este escenario?

M.T:

Las izquierdas realmente existentes no pueden ampliar su base de influencia desde hace mucho tiempo, incluso cuando encabezan con entrega procesos de lucha social. El FIT, enfrascado en sus disputas internas por el papel del mejor abanderado anti-reformista, parece decidido a seguir perdiendo su oportunidad histórica de encabezar un espacio amplio de recomposición de todo el espectro de izquierda, que incluye, pero que excede con mucho a los agrupamientos trotskystas que lo integran. Los recientes resultados electorales provinciales (y sobre todo en Córdoba, donde el kirchnerismo no disputó) muestran una merma importante de adhesión, cuando se trataba de elecciones que podían ser, en principio, propicias para el crecimiento de posiciones bien críticas. La izquierda popular y autónoma quedó desguazada entre un grupo que hizo, en elecciones pasadas, el loable pero vano esfuerzo de integrarse al FIT sin lograr ampliarlo realmente, otro que optó por integrarse a las corrientes kirchneristas, con muy dificultosas chances de diferenciación y acechado por el riesgo de la subsunción, y otro que intenta preservar una identidad política e ideológica autónoma que, a la vez, resulte no sectaria, no dogmática y políticamente productiva. No es fácil.

Las elecciones en las que se define la presidencia no son banales ni intrascendentes, más allá de la escasa capacidad de las izquierdas para construir una voz propia poderosa y con raigambre real. La confrontación no se agota en los comicios ni estos reemplazan la imprescindible lucha en los distintos espacios sociales. Sabemos bien que la organización y la pelea desde abajo son requisitos indispensables para cualquier proyecto popular: esta premisa básica es incólume. Pero no hay que caer en la vieja fábula del zorro y decir que “las uvas están verdes” para negar la importancia de la definición electoral cuando no se puede incidir en ella. Porque cuando no se consigue expresar, con propuestas políticas validables, proyectos que condensen demandas y luchas sustantivas, no solo están fallando los caminos institucionales o el electoralismo burgués, sino que esto es un síntoma de las deficiencias propias para dar batallas sustantivas en los distintos frentes. Lo que en elecciones presidenciales se pone en disputa son los escenarios amplios en los que podrán gestarse mejores o peores condiciones de vida para el pueblo y que resultarán en más favorables o gravosas condiciones de lucha. Lo deseable es tener candidatos propios y programas potentes, capaces de conjugar las múltiples luchas y demandas populares, y que permitan algún grado de acumulación de fuerzas relevante. Pero si las condiciones no dan para eso, queda siempre la intervención en el debate ideológico y político más allá del microclima de las agrupaciones de izquierda y sus disputas, en general incomprensibles para la mayoría de quienes intentan, siquiera, aproximarse a ellas. Difícilmente se logre esta vez articular ese gran espacio de todas las izquierdas que siempre pretendemos. En primer lugar, porque el propio FIT está enfrascado en sus discusiones internas. Y, en segundo lugar, porque el imperativo de sacar al macrismo del poder se ha vuelto una tarea prioritaria, que le quita potencialidad competitiva a las opciones de la izquierda programática en un clima de agobio y desasosiego generalizado. Porque en esta correlación de fuerzas nacional e internacional, si este gobierno desastroso logra su revalidación se profundizarán aún más las medidas económicas y políticas que vienen degradando sin pausa las condiciones de vida de las mayorías. Y hacerlo con apoyo del voto popular puede ser una catástrofe peor que en 2015. Frenar al PRO-Cambiemos es un objetivo central, lo que no implica subordinarse a la lógica de interpretación y acumulación política del kirchnerismo, máxime cuando este espacio adapta su discurso y modales a los sombríos tiempos actuales y se recuesta en la “moderación” (por decir lo menos) pejotista. No es una tarea sencilla, pero confrontar con los reformismos no significa colocarlos como el enemigo principal en todo tiempo y lugar. Conservar la independencia de objetivos y criterio no equivale a pararse sobre un banquito y señalar con el dedo los límites inevitables de todo reformismo. Porque esos reformismos suelen conectar con necesidades imperativas y urgentes de los sectores populares, que la izquierda no puede minimizar ni despreciar. Sobre todo, cuando del empeoramiento de las condiciones materiales no surge, de manera natural y espontánea, una mayor conciencia sobre la injusticia estructural del sistema a derrotar, y cuando del desaliento, la impotencia y la rabia están brotando en el mundo, antes que la solidaridad y la empatía, las reacciones ultraderechistas más horribles. La izquierda popular puede considerar el modo de acompañar las tácticas capaces de enfrentar y derrotar a las peores opciones del capitalismo “realmente existente”, sin subordinarse ni renunciar a su independencia y sus objetivos anticapitalistas, antipatriarcales y anticoloniales. Será cuestión de saber caminar con quienes van más lento, de pensar en conjunto alternativas superadoras del presente de opresión, de evitar la subestimación de las experiencias y expectativas diversas, de no negar y respetar las diferencias, de convencer con argumentos mientras se sostienen las convicciones propias.

O.A:

Aquí comienza la aflicción. En primer lugar, pienso que las izquierdas requieren explicitar que para ellas no alcanza el ámbito de la política tradicional, es decir, que desde su visión los problemas reales no se resuelven con la vieja política (aunque sea un ámbito real e importante). Los espacios estatales y legislativos coexisten con los activismos sindicales y de movimientos sociales, con la lucha cultural y teórica, todo lo que involucra un protagonismo popular. En segundo lugar, supongo parte de su discurso destacar claramente las imposibilidades de la sociedad capitalista para salir del eterno marasmo argentino, de los ciclos de recuperación parcial y crisis. Las mutaciones anónimas del mercado mundial son inmensamente más importantes, incluso para el día a día de la población, que las decisiones políticas de tal o cual “estadista”. En tercer lugar, y en el terreno electoral, plantear cuatro consignas claras: 1) salarios y jubilaciones acordes a la canasta básica, con paritarias libres; 2) terminar con la sangría de la timba financiera; 3) detener el extractivismo económico destructor; 4) aborto legal y gratuito; 5) eliminación del IVA, impuesto a la herencia y a la especulación financiera, con un sistema impositivo progresivo incluyendo la exportación. Sin ilusiones: las consignas 2 y 3, de sentido común, son irrealizables sin cambiar el sistema, algo que requiere otra sociedad hacia la que es necesario avanzar. ¿Qué eso no se puede hacer sin cambiar el orden global? ¡Por supuesto!  

No me quiero ir por la tangente. Soy votante de la izquierda, que hoy en términos electorales es para mí el Frente de Izquierda, el FIT. Es secundario que no comparta todo su enfoque, pues adhiero a la idea de que sin un cambio de sistema permaneceremos eternamente en la noria de explotaciones más o menos progresistas, si es que la catástrofe ecológica capitalista no nos extermina antes. En la probable segunda vuelta electoral, si llega, votaré al FIT...

En ausencia de la izquierda en esa instancia, todavía persiste un espacio para la acción política. Siempre conviene posicionarse por el mal menor, por razones teóricas y tácticas. Entre Drácula y Frankenstein, voto por Frankenstein. Eso no me hace frankensteiniano. Me permitirán evitar explicar aquí por qué. Como sea, constituye una oportunidad para seguir explicando el proyecto de las izquierdas, para advertir las limitaciones de la política burguesa, para organizar los tiempos difíciles que se avecinan cualquiera triunfe, ¡porque en efecto son Drácula y Frankenstein!

M.O: 

Ante los recientes cambios en el escenario electoral lo primero que tiene que hacer la izquierda es renunciar a las lecturas esquemáticas y lineales de la realidad, asumiendo lo social en toda su complejidad. Independientemente de las tácticas electorales que adopte cada corriente, es evidente que hay diferencias significativas entre el modelo económico y social impulsado por el macrismo y el que irá cobrando forma de la mano de esta reconfiguración en clave conservadora del peronismo. Una izquierda con vocación de poder y capacidad para interpelar al conjunto de la sociedad deberá tener esto en cuenta y al mismo tiempo tomar nota de la gran expectativa que provoca en el conjunto de las clases populares la posibilidad de desplazar al macrismo del gobierno. Por otro lado, si efectivamente el recambio político viene de la mano de un peronismo unificado donde los sectores más conservadores prevalezcan sobre los más progresistas, es posible que se abra, para la izquierda, un horizonte más amplio y favorable desde el punto de vista de la construcción de una política propia, anclada en las construcciones de base y en el protagonismo popular. La izquierda, en sus diferentes variantes, deberá superar el sectarismo y la marginalidad política, para poder instalar en el debate público un conjunto de cuestiones programáticas que apunten a la transformación estructural de la sociedad, rompiendo con el posibilismo y partiendo de la base de que sin una política radical no habrá ninguna posibilidad de avanzar en la construcción de un proyecto emancipatorio.

 

Compartinos tus ideas

¿Tenés algo que te gustaría compartir con nosotros?
¡No dudes en enviarlo!

Enviar artículo

Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.