Apuntes a diciembre de 2017

 

Gabriela Mitidieri

Facundo Nahuel Martín

 

Introducción

Escribimos estas líneas a partir de una inquietud: ¿cómo atraviesan las cuestiones de género a la política en general? Incluso: ¿cómo se cruzan el deseo y la sexualidad en la política? ¿Sobre qué inconfesables anhelos se montan las articulaciones hegemónicas? ¿Qué vericuetos húmedos de los cuerpos son interpelados en los proyectos de sociedad con capacidad de imponerse y estabilizarse? Hemos discutido en varias ocasiones la tarea estratégica de transversalizar la perspectiva de género al conjunto del activismo anticapitalista. Esto implica trabajar para despatriarcalizar todos los ámbitos de intervención política, pero también supone (y en esto vemos, tal vez, un poco más de dificultades en lo acumulado hasta el momento) a) que más compañeras y subjetividades no heteronormadas puedan tomar roles de dirección política general (no sólo roles protagónicos en espacios específicos de activación feminista y LGBT, sino en la dirección de todos los frentes de la lucha social y política); b) que la perspectiva de género esté presente transversalmente en nuestros análisis de la realidad social y política en la que intervenimos. En relación a esto último: si creemos que entre capitalismo, heteronorma y patriarcado hay una relación no contingente ni de completa exterioridad, se impone aprender a leer la coyuntura general en términos atravesados por el género. Hacemos al respecto una aclaración adicional: no se trata solamente de comprender mejor la coyuntura específica de la militancia feminista y disidente. Se trata de atravesar por el género y la sexualidad a la política general.

¿Cómo atraviesan las cuestiones de género a la lucha de clases en Argentina 2017? ¿Cómo se dan las articulaciones hegemónicas, las luchas sociales, los proyectos de dominación y de resistencia? Esto, que a falta de un nombre mejor llamamos todavía “política sexual”, articula las formas de construir el género y de habilitar o reprimir prácticas y deseos, conformando algo como un “lado b” de la política de la izquierda, como esa dimensión parecida a la nuestra pero oscura y pegajosa de Stranger Things. Estamos habituadxs a hablar de intereses objetivos, a asumir que las clases son sujetos de interés que militan para su propia conveniencia histórica. Y, cuando la clase no hace lo que creemos que le conviene, asumimos que lo que falla es su conciencia: no saben cuáles son sus intereses verdaderos. Sin descartar ese modo de leer, vamos a yuxtaponerle otro: pensamos que toda política general censura o habilita, refuerza o reprime, deseos y prácticas sexuales, identidades y subjetividades. No se trata sólo de la conciencia sino también del deseo. El género y la sexualidad son una contracara muchas veces no pensada, no enunciada pero operativa, de la política hegemónica. Después de todo, no hay conducción política que no hable a la gente de sus anhelos, de sus aspiraciones más o menos íntimas, de sus fantasías confesables o no.

La construcción de hegemonía trasciende siempre los límites estrechos de un interés de clase en términos economicistas: se enuncia siempre desde pretensiones de universalidad, es decir, como un proyecto para conducir al conjunto de la sociedad bajo una representación o dirección dada. Los proyectos sociales con capacidad de dirección, con capacidad de estructurar lo que Gramsci llama una “voluntad nacional-popular” (una voluntad que interpele y articule a toda la sociedad bajo una orientación política) siempre van más allá de los intereses económicos estrechos de una clase dada y articulan modos de construcción de las subjetividades.

Lo anterior incluye, por fuerza, también la sexualidad, el deseo y el erotismo. Basta dar un ejemplo para comprender esto. Es difícil hablar de hegemonía para caracterizar un gobierno no electo democráticamente como el de Temer. Sin embargo, es claro que el proyecto de poder de la derecha brasilera tiene claras connotaciones reaccionarias con respecto al género. Desde el regreso a la patologización de la “homosexualidad” hasta las agresiones contra la visita de Judith Butler, en el Brasil post golpista se han profundizado pulsiones políticas abiertamente reaccionarias, especialmente en la persecución del colectivo LGBT. En cambio, en Europa se da una situación novedosa. Ya no sólo vemos a una fracción del neoliberalismo aliándose con parte del colectivo LGBT, sino a la propia nueva derecha nacionalista, islamófoba y anti-inmigrante, haciéndolo. En esta alianza se atraviesa una construcción de la figura delx otrx (árabe, migrante, etc.) como unx “atrasadx cultural” y por ende unx intolerante sexual. La alianza entre la derecha nacionalista y una parte del colectivo LGBT responde a esa construcción de la otredad (especialmente árabe) como inepta para la convivencia democrática en una sociedad pluralista. En suma: en contextos diferentes, la política sexual y la política “general” se entraman de diversas maneras. O mejor: toda política “general” implica una articulación de la política sexual, del erotismo, de los disfrutes permitidos y prohibidos en los cuerpos.

La nueva derecha argentina, encarnada en la alianza Cambiemos, ha sabido articular también una política sexual para su agenda hegemónica. A diferencia de su contraparte brasilera, esta derecha  llegó al gobierno por la vía electoral y debió aprender a construir consensos sociales amplios mientras ataca los intereses de la clase trabajadora y los sectores populares. Esto implica saber leer la capacidad de respuesta de las clases oprimidas, ceder y retroceder cuando su capacidad de hegemonía se pone en riesgo, pero también articular una perspectiva global para la sociedad donde las políticas que favorecen a la clase dominante se presenten a la vez como parte de una tendencia modernizadora, que abre horizontes de futuro e incluso que pluraliza las formas de vida en común. En ese marco, y de modo más claro en la Ciudad de Buenos, el macrismo desarrolla una política abiertamente gay-friendly donde la agenda liberal de promoción de los negocios y apertura a las inversiones extranjeras se presenta como una fuerza de progreso que pretende ampliar las posibilidades de libertad (entre otras cosas, sexual y afectiva) de las personas. El ciclo de negocios “Buenos Aires Diversa”, impulsado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Cámara de Comercio Gay Lésbica Argentina en agosto de este año, reunió aspiraciones económicas (constituir a la ciudad en un gran centro de atracción de turismo internacional LGBT) y políticas (mostrar a la derecha gobernante como una fuerza democrática, modernizante y pluralista). Sabemos que el capitalismo, si bien supone históricamente la heteronorma familiarista en la lógica de reproducción de la fuerza de trabajo, también es extremadamente flexible en su capacidad para mercantilizar ámbitos de la vida, consumos y deseos de los más diversos. Esto incluye la mercantilización del deseo no heterosexual, la construcción de industrias LGBT y la articulación de circuitos de consumo turístico y cultural ligados a ella. Hoy se da una tendencia global (al menos en Occidente) a la asimilación del deseo no heterosexual a los canales de consumo, con la construcción de una fuerza de trabajo no siempre heterosexual ni masculina (aunque donde los varones heterosexuales blancos siguen teniendo más posibilidades en la competencia). En ese contexto global, el pinkwashing (o lavada de cara de agendas de derecha vía feminismo liberal o consignismo gay-friendly) y la normalización mercadológica de la sexualidad no hetero son partes importantes de la agenda hegemónica y del proyecto de gobierno del macrismo, al menos en los distritos “blancos” que se quieren culturalmente más internacionalizados y modernizados.

No obstante, la política que se da el macrismo hacia el colectivo LGTB no es uniforme, porque tampoco es uniforme el colectivo. Lo LGTB no existe como abstracción sino impregnado con marcas de clase, raciales, trayectorias migrantes, etc. Así, lo gay-friendly en el contexto de Cambiemos encuentra rápidamente su límite cuando el sujeto interpelado ya no es un varón gay blanco de clase media-media alta con capacidad de consumo. Baste citar el accionar de las fuerzas policiales en CABA frente a una pareja de lesbianas en Constitución y el ensañamiento particular que hubo sobre una de ellas, Mariana Gómez, torta chonga, laburante. El mismo barrio en el que cada noche una compañera trans-travesti es hostigada por la policía, hasta terminar recurrentemente en el calabozo. A la demanda de cupo laboral trans, Cambiemos contesta con un protocolo de detención específico que respete las identidades LGTB. Sumemos también los avales tácitos a la homofobia y misoginia de autoridades eclesiásticas como Monseñor Aguer, los dichos de Michetti en contra de la adopción homoparental, la patologización de las identidades LGTB en discursos previos a ser electo por parte de Mauricio Macri.

Crítica del asimilacionismo masculino hegemónico

La política de la derecha gay-friendly es en sentido estricto una forma de asimilación mercantil de las sexualidades. Toda asimilación capitalista tiene una dimensión normativa en términos de sexo-género, afectando de manera diferencial las subjetividades de hombres y mujeres requeridxs para el mercado de trabajo. Si asumimos una perspectiva constructivista sobre el género (los géneros se inventan en procesos sociales de negociación de roles instituidos) podemos comprender que hay una relación no externa entre la masculinidad (y la femineidad) moderna y la subjetividad del trabajo asalariado en el capitalismo. En el capitalismo las personas vivimos vidas dualizadas de varias maneras. Una de esas es la separación entre la producción y la reproducción. En el capitalismo, la producción para el consumo se ve ampliamente reemplazada por la producción de mercancías, que son fabricadas para ser intercambiadas en el mercado y no para la satisfacción inmediata de las necesidades de quienes las producen. El capitalismo impone así la producción para el mercado y el intercambio universal. Sin embargo, existe un amplio conjunto de necesidades sociales y subjetivas que no pueden ser cubiertas directamente en el ámbito de la producción mercantil. Los cuerpos que trabajan deben descansar, alimentarse y reponerse, deben gestar cada vez una nueva generación de cuerpos trabajadores dispuestos a reemplazarlos cuando la vejez o la enfermedad les impidan seguir siendo explotadxs. Además, lxs trabajadorxs necesitamos cuidados, afectos y compañía, necesitamos una esfera de intimidad y contacto donde los vínculos no se ajusten a los requerimientos de frialdad distanciada y cálculo de beneficios de la lógica mercantil. Todas estas necesidades fueron confinadas históricamente a la familia o a la pareja,  esfera aparentemente escindida del trabajo creador de mercancías y valor. En ese contexto se construyeron las identidades de género hegemónicas del capitalismo: la masculinidad y la feminidad. Las sexualidades y subjetividades que no cuadran con la norma familiar o no eligen la familia como unidad normal de reproducción de la fuerza de trabajo fueron marginadas, muchas veces contempladas sin más como algo socialmente imposible o impensable.

“El hombre” es construido en la modernidad a partir del tipo de razón instrumental presupuesto por el trabajo asalariado: predisposición a la competencia, objetivación distanciada de la naturaleza y lxs otrxs, capacidad de someter el propio cuerpo a jornadas largas de trabajo no placenero, predominio del cálculo por sobre la sensiblidad, desarrollo unilateral de una lógica de ahorro de tiempo y economía de recursos, etc. Los rasgos que definen estereotípicamente a la masculinidad moderna se moldearon históricamente a partir de las exigencias del trabajo asalariado y la competencia en el mercado. No se trata de que los varones, construidos como tales en otra parte (por ejemplo en la biología) hayan asumido roles preponderantes en el trabajo asalariado: se trata de que lo que llamamos “varón” se moldeó y redefinió desde el trabajo asalariado capitalista. Por otro lado, la propia biología (“el sexo”) sólo se vuelve inteligible, interpretable en un contexto en donde lo femenino y lo masculino ya vienen cargados de sentidos sociales. No es extraño, en ese marco, que a los varones les resulte más fácil hacer deportes físicamente riesgosos, ganar la posición en una discusión ante varias personas, reaccionar con frialdad ante una situación de sufrimiento de otras personas o comprender y aprovechar las lógicas de ascenso y competencia en una empresa, un partido político burgués u otra institución jerárquica. La masculinidad hegemónica fue construida (y cala de ese modo en los cuerpos) sobre la base de todas las cualidades del trabajo capitalista, con su racionalidad instrumental y calculadora que lo coloniza todo. Las pequeñas actitudes, los modos de usar el cuerpo y las formas de habitar el lenguaje que se inculcan a los varones, en ese marco, configuran una muy asentada predisposición para el mando, la competencia y el protagonismo público o económico.

Como señala la economista feminista Amaia Perez Orozco, esa autosuficiencia, esa construcción tan estática de masculinidad tiene un correlato complementario. Para que el ideal autosuficiente masculino exista hacen falta agentes que encarnen una feminidad basada en la construcción de sí para el resto, haciendo lo necesario para garantizar el bienestar ajeno, el bienestar de dicha masculinidad. Y todo esto debe ocurrir de forma invisibilizada porque si se hiciera de forma abierta y explícita se visibilizaría lo falso de esa autosuficiencia, ya que la vida es en realidad interdependencia (Subversión feminista de la economía, p.100)

Las subjetividades femeninas, por lo tanto, fueron moldeadas socialmente ligadas a la esfera escindida de la reproducción familiarizada, donde priman la entrega no calculada cuidados, la afectividad, la sensibilidad, la atención a las necesidades de reparación y descanso de los cuerpos ajenos: hijxs, compañerxs, adultxs mayores a su cargo. Las actitudes, formas de habitar el cuerpo y maneras de relacionarse con el lenguaje dominantes entre las mujeres, en ese marco, se constituyeron en esa clave. La idea de que en los vínculos íntimos las personas encontramos reparo frente a la objetivación fría y la soledad calculadora del mercado funciona como una ideología complementaria para el capitalismo, que es varias veces opresiva. Primero, porque el precio a pagar por esa esfera íntima de cuidados y acompañamientos es la indiferencia a lxs otrxs en la esfera mercantilizada de la producción de valor. Segundo, porque la solidaridad afectiva de la familia no ha sido nunca una realidad democrática ni horizontal. Por el contrario, esta última forma de comunidad inmediata de la que gozamos las personas en el mundo de las instituciones anónimas y abstractas de la modernidad es estrictamente una carga para las mujeres, obligadas a responsabilizarse de gestionar y proveer cuidados, afecto y reparación a los cuerpos desgastados por el trabajo en el mercado. Finalmente, la institucionalización de la familia como forma de reproducción implica el relegamiento de las sexualidades no hetero y las identidades genéricas no reductibles al binomio varón-mujer a los bordes de lo imposible, lo patológico y lo inimaginable.

Sin embargo, el vínculo del capitalismo con la familia patriarcal heterosexual es contradictorio y ha mutado a lo largo del tiempo por razones tanto estructurales como históricas, vinculadas a la vez al tipo de mediación social gestado por el capitalismo y a las luchas y conquistas del movimiento de mujeres y del colectivo LGBT. Por un lado, en la sociedad moderna (en un proceso que incluyó luchas y conflictos) también aparecieron principios democráticos que han permitido impugnar formas de opresión. El retroceso de los vínculos directos de dependencia personal significó, muchas veces, la posibilidad de plantear luchas emancipadoras para las mujeres y el colectivo LGBT. Esto hace retroceder el peso de algunas tradiciones en las vidas de las personas, pero también funda formas de independencia (mediada por el mercado) de lxs particulares. Las desigualdades de género que oprimen a las mujeres y el colectivo LGBT han sido fuertemente contestadas en el contexto del capitalismo, sobre la base de la difusión de principios jurídicos burgueses como la igualdad formal y la libertad de la persona. Poderosos movimientos como el feminista y el LGBT han conquistado posiciones de reconocimiento en el marco de la legalidad capitalista instituida, lo cual es muchas veces limitado en términos de un proyecto de transformación social radical, pero también plasma conquistas progresivas importantes en términos de la seguridad y protección de lxs sujetxs que sufren opresión.

A la vez, a lo largo del siglo pasado se dieron importantes transformaciones en la construcción generizada del capitalismo. Fundamentalmente, hubo una masiva incorporación de las mujeres al mundo del trabajo, que les permitió una mayor independencia con respecto a los varones (antes presupuestos como proveedores fundamentales del hogar), pero sin dispensarlas de la responsabilidad prioritaria sobre las tareas reproductivas. Esto generó una “doble socialización” (tomamos la expresión de Roswitha Scholz) del colectivo de mujeres, que se vieron en la necesidad de trabajar en el mercado y al mismo tiempo mantener una carga desigual de tareas en los ámbitos escindidos del trabajo creador de valor.

También puede decirse que el horizonte de asimilación mercantil del colectivo de mujeres (y, más tardíamente, de una parte del colectivo LGBT) supone una asimilación universal en la masculinidad hegemónica. En efecto, la “inclusión mediante el trabajo asalariado” quiere decir que los colectivos oprimidos son admitidos en los espacios previamente colonizados por varones heterosexuales a condición de asumir los patrones de subjetividad de los varones heterosexuales, que no son otros que los del trabajo asalariado capitalista. Si la masculinidad moderna se construyó en torno a los requerimientos subjetivos de los cuerpos dóciles al capital, entonces la asimilación capitalista es una universalización de los patrones de la masculinidad hegemónica como condición para el reconocimiento social de los cuerpos previamente excluidos. Creemos que esta crítica es fundamental para desarmar las pretensiones de la derecha gay-friendly, pero también de una parte del movimiento feminista y LGBT que ve en la asimilación mercantil una forma de liberación genuina. Es una discusión compleja, no obstante, porque muchas veces el reconocimiento y remuneración de un trabajo feminizado y previamente no remunerado como tal, puede ser entendido como una conquista progresiva que desnaturalice roles y tareas.

De todos modos, cabe destacar que, efectivamente, para que las mujeres encarnen esa autosuficiencia en el mercado de trabajo es condición asumir la ya mencionada doble explotación: la jornada “formal” dentro del mercado de trabajo y la invisibilizada y no remunerada desplegada con el conjunto de tareas de cuidado y reproductivas. Algunas que pueden permitírselo, delegan dichas tareas en otras mujeres, a través de contrataciones muchas veces precarias. A su vez, que la informalidad y la precariedad se constituyan gradualmente en la norma, despierta una discusión necesaria. Algunas economistas feministas plantean que existe un sesgo androcéntrico del mercado laboral al afirmar la precarización de las condiciones de trabajo (es decir, centrado en la realidad específica del varón promedio asalariado), porque puede afirmarse que ese tipo de condiciones venía siendo la norma para muchos nichos laborales feminizados históricamente. Sin ánimos de agotar una discusión que apenas comenzamos a darnos, tal vez pueda hablarse de un doble movimiento al que asistimos en este contexto de avanzada neoliberal global: por un lado, se refuerza la "masculinización" de las mujeres en términos de lo que se espera de ellas en el mercado de trabajo formal (una autosuficiencia y no reconocimiento de la jornada laboral adicional que muchas desempeñan puertas adentro) y una "feminización" de los varones, en el sentido de que el desmantelamiento del estado de bienestar los coloca en una situación de adaptarse o morir ante condiciones precarias, ausencia de derechos laborales, desaparición gradual de la figura de varón proveedor que se volvía interlocutor gremial de la patronal, etc.

El asimilacionismo, o conjunto de políticas de diferente índole que el Estado y sus instituciones despliegan para neutralizar la potencia de lucha, organización y articulación de demandas del colectivo LGBT y movimiento de mujeres, toma cuerpo en distintas iniciativas en la era Cambiemos. Algunas de ellas intersectan con el ala más liberal de esos movimientos, como por ejemplo mayores recursos a las fuerzas represivas para actuar en situaciones de violencia de género u ofensas hacia la comunidad LGTB, cuando en paralelo se desmantelan programas de Educación Sexual Integral, Salud Sexual y Reproductiva y sigue sin implementarse en Provincia de Buenos Aires la ley de Cupo Laboral Trans Diana Sacayán. Tanto en CABA como en Córdoba Capital, las lesbianas fueron víctimas privilegiadas de las últimas razzias policiales post manifestación. Es preciso reparar en cuáles de las políticas implementadas contribuyen a fortalecer al colectivo para proyectar un horizonte estratégico anticapitalista y antipatriarcal y cuáles de ellas no hacen más que traducir en términos liberales lo que entiende el gobierno que puede ser concedido al movimiento de mujeres y lgtb. Dichas medidas dejan intacta la estructura heteronormada de la sociedad y refuerzan la consideración de un Estado reducido a sus mínimos componentes en lo que hace a derechos sociales y engrandecido en todo lo referente a despliegue del aparato represivo.

 

Neoliberalismo y crisis de la masculinidad

Un segundo elemento de la situación política puede pensarse a partir de las coordenadas anteriores. Encontramos que, en los últimos años, el protagonismo de las mujeres ha crecido enormemente, tanto por el alza del movimiento de mujeres como por la mayor presencia de compañeras en diversas organizaciones políticas y sociales. Si la ofensiva neoliberal en curso, al menos en Argentina, ha sido contestada por importantes protestas del conjunto del movimiento social, movilizaciones como Ni Una Menos o los Encuentros Nacionales de Mujeres ciertamente constituyen aspectos centrales del ciclo de luchas. Asimismo, en el conjunto de las organizaciones políticas y sociales vemos un creciente protagonismo de las compañeras.

En esta fase, el capitalismo de gestión flexible y precaria que solemos llamar neoliberalismo implica, hace ya varias décadas, un retroceso relativo de la integración social a través del empleo y el salario (aunque, contradictoriamente, conseguir un empleo continúa siendo la única o principal forma que muchas personas encuentran a la hora de garantizarse la subsistencia). Esto lleva a una crisis del trabajo asalariado como forma de estructurar las biografías, construir pertenencias y reconocimientos y articular los modos de protagonismo personal. Creemos que esta crisis afecta de modo privilegiado a la masculinidad hegemónica, precisamente porque ésta se ha construido en torno al trabajo asalariado de forma no contingente. En efecto, el trabajo capitalista es el ámbito prioritario en cuyo seno se construyeron las formas de habitar el cuerpo predominantes de lo que ha llegado a plasmarse como la subjetividad de los varones. La crisis de este ámbito (que no es su extinción sino su precarización y flexibilización, donde para muchas personas el empleo aparece como una condición esporádica, cambiante, insegura y siempre de corto plazo) conlleva una crisis de la masculinidad como la conocemos. Los ámbitos normalizados a partir de los cuales los varones en otras épocas lograban protagonismo social, sentido de la propia estima e incluso a partir de los cuales construían la propia identidad, hoy no están disponibles o no lo están de la misma manera. Las mujeres, durante largo tiempo sometidas a experiencias laborales más precarias y menos estructurantes de la propia identidad, encuentran muchas veces más recursos subjetivos para movilizarse ante el neoliberalismo (y esto sin hacer una apología, que sería conservadora y reproductora de roles opresivos, de la identidad femenina hegemónica).

Frente a ese fenómeno, nuevamente, ocurren cruces no lineales. Puede recordarse que, si bien quienes primero salieron en los piquetes de los '90 fueron las compañeras, la figura fuerte que estructuró de manera visible al movimiento fue el varón piquetero. Esta nueva alza del movimiento de mujeres, feminista y LGTB entonces, tiene que por fuerza intersectarse, no sólo con una crisis de la masculinidad en este momento neoliberal, sino también con distintos fenómenos interconectados, por ejemplo, la tendencia a que el feminismo se vuelva masivo y la tematización de la violencia de género como algo a combatir.

De lo anterior se siguen dos lineamientos para la militancia actual. La primera es que integrar la agenda del movimiento de mujeres, en toda su amplitud y diversidad, es indispensable para construir perspectivas emancipatorias. La segunda es que la deconstrucción de la masculinidad hegemónica es imprescindible para pensar un protagonismo político no sólo emancipador, sino incluso tácticamente viable. La ruptura con las identificaciones heredadas que han ligado la masculinidad con el trabajo como forma de construcción subjetiva y vehículo del desarrollo personal, están profundamente en crisis. Pensar nuevas masculinidades se vuelve una necesidad no sólo ética y política (en términos de lo profundamente opresivo de la masculinidad heterosexual constituida), sino también en términos de lograr salir de los depresivos anquilosamientos a los que nos lleva.

Tal vez podemos pensar que el recrudecimiento de la violencia de género en el mundo actual tiene una relación con la crisis de la masculinidad hegemónica. Constituirse en trabajadores proveedores de hogar singificaba para muchos hombres una forma de reconocimiento social, que daba sentido de la propia dignidad e incluso estructuraba las identidades subjetivas de muchos varones. Hoy vemos a la subjetividad masculina hegemónica puesta en crisis por el retroceso de la integración mediante el salario y el trabajo.[1] Sin embargo, no existen otros ámbitos constituidos donde los varones heterosexuales puedan construir un sentido de la propia estima. Podemos imaginar, en ese marco, que el recurso a la violencia física sobre los cuerpos de las mujeres aparece como una forma distorsionada de auto-afirmación en un marco donde las identidades preexistentes atraviesan una crisis profunda.

Hoy es preciso repensar a la clase trabajadora más allá de las identificaciones heredadas con la masculinidad. La fuerza de trabajo precarizada del neoliberalismo no se compone fundamentalmente de obreros varones proveedores de hogar, sino de un manojo de trabajadorxs precarixs con realidades complejas en términos de género, raza y clase. Sin embargo, seguimos imaginando a “los trabajadores” como varones heterosexuales que sostienen hogares con sus salarios. Esto muchas veces es simplemente contrario a la experiencia. Por ejemplo, ante los despidos masivos en Pepsico durante el último invierno, leímos muchos panfletos sobre “las familias” de “los trabajadores” que quedaban en la calle, cuando el conflicto afectó mayoritariamente a trabajadoras, muchas de las cuales eran jefas de hogar.[2] Seguir asumiendo una identidad masculina hegemónica para la clase obrera flexibilizada del postfordismo no sólo lleva a invisibilizar a las mujeres trabajadoras y a la fuerza de trabajo LGBT, sino directamente a desconocer la composición real de la clase trabajadora precarizada y fragmentaria. Nuestro clasismo debe tomar nota de estas realidades para ser más efectivo en la lucha.

 

Maternidad, Estado y administración de la pobreza

Otra dimensión fuertemente generizada de la política actual se relaciona con la importancia de la maternidad en la administración estatal de la pobreza. Medidas progresivas que hemos conocido en años anteriores, como la Asignación Universal por Hijo, siguen presupuniendo interlocutoras madres que cumplan su rol como tales (bajo pena de perder la subvención). Esto da cuenta de cómo las mujeres son sometidas a una “doble socialización” (también podemos decirle “doble opresión”) en el capitalismo, en donde su acceso al mercado de trabajo no las exime de ser vistas como responsables prioritarias de la familia, la crianza de hijxs y los cuidados. En esta etapa observamos también que esa política de asistencia social empieza a enlazarse con las políticas más generales de endeudamiento y financierización al nivel del Estado. Hoy una beneficiaria de la AUH puede vía ANSES ser “acreedora” de un préstamo. Y es esa posibilidad la que automáticamente la vuelve una sujeta vital para la bicicleta financiera que el propio estado promueve. Tal vez sea posible conectar la atención privilegiada a esas maternidades con la cruda ausencia del derecho al aborto libre, legal, seguro y gratuito. Con la aleatoria implementación del acceso a la interrupción legal del embarazo en las tres causales que dispone el código penal (violación, riesgo de vida, riesgo para la salud). Con el aumento de precio del misoprostol que restringe el acceso para aquellas que abortan acompañadas por colectivas feministas y socorristas. Con el reciente allanamiento e incautación de dicho medicamento en una de las pocas farmacias “amigables” de la ciudad, situada en la Mutual Sentimiento, del barrio de Chacarita en CABA. 

 

Asistimos en los últimos días a la lucha por la no implementación de la reforma laboral que para la clase en su conjunto invalida una serie de históricos derechos de lxs trabajadorxs, mientras beneficia a las patronales con alicientes para reducir sus márgenes de informalidad en la contratación, entre otras medidas similares. Como señala la economista feminista Mercedes D’alessandro, “las mujeres no están sentadas a la mesa de negociación de la reforma laboral (en ninguno de los lados del mostrador), ni aparecen sus problemas de empleo y precarización enunciados siquiera en el texto del proyecto. La comunidad LGBTIQ tampoco está incluida en las discusiones que tendrán los funcionarios públicos, sindicatos y el gobierno en torno a las condiciones de empleo que se están proponiendo para los próximos años.” Y nos recuerda que, como suerte de pinkwashing/lavada de cara de la reforma,

“en el único apartado en que aparece algo que podríamos retomar desde la perspectiva de género, es el de la licencia por paternidad, la cual se extiende de dos a quince días. Sin embargo, en el marco de una reforma que no contempla el trabajo doméstico no remunerado, que no se propone implementar un sistema de cuidados o brindar herramientas para conciliar la vida familiar y laboral de lxs trabajadorxs, ese aumento tiene gusto a poco y nada. (...) Por otro lado, los bancos de horas, que se plantean como un recurso flexible en el que los trabajadores pueden acumular jornadas de diez horas un día y luego compensar con seis horas otro día, es una fórmula que atenta no sólo con el pago de horas extra, sino también va en contra de las demandas de jornadas compatibles con las responsabilidades hogareñas de las personas, sobre todo de las trabajadoras mujeres, sobre las cuales recaen asimétricamente los trabajos domésticos y de cuidados no remunerados.”

 

En síntesis, apuntamos a hacer visibles una serie de conexiones que nos permitan reflexionar sobre este estado de cosas. La perspectiva de género o el feminismo anticapitalista que trazamos no se propone tan solo discutir un segmento específico dentro del análisis de coyuntura, como podría ser la situación del movimiento de mujeres, la vitalidad del feminismo o la agenda del colectivo lgtb en el macrismo. Por el contrario, sostenemos que se vuelve insoslayable atender a la política sexual que despliega Cambiemos, sus iniciativas particulares en materia de violencia de género, derechos lgtb, la dimensión sexo-generizada de sus políticas laborales, sociales, económicas etc para comprender cabalmente la realidad nacional actual y el tipo de proyecto hegemónico que la derecha neoliberal hoy en el gobierno intenta construir.

 

Las formas de construir hegemonía por parte del proyecto Cambiemos no son lineales, expresan también las tensiones internas de la coalición y las diferentes perspectivas que caracterizan a cada una de sus alas. En materia de política sexual explícita, el macrismo combina hasta el momento una política liberal en algunas cuestiones de género y hacia el colectivo LGTB con prescripciones normativas de corte conservador. Estas últimas se ven reforzadas al analizar los subtextos patriarcales de sus políticas a nivel general: ¿qué discursos implícitos o explícitos sobre las mujeres y los sujetos LGTB se filtran en medidas como la reforma laboral y previsional? ¿Cuáles en las iniciativas de atención a los sectores más vulnerables que desde Desarrollo Social intentan “emparchar” lo que Cambiemos no quiere o no puede lograr en términos de generación de empleo? ¿Hay una noción de nueva masculinidad/femineidad a la medida de la hegemonía Cambiemos? Tratamos en estas páginas de abrir interrogantes, de preguntarnos sobre un proyecto político que avanza a paso firme sobre conquistas históricas, al que no le tiembla el pulso a la hora de criminalizar la protesta social. Que combina mensajes edulcorados de esperanza y cambio con un crecimiento abrumador del aparato represivo. ¿Qué deseo se nos impone? ¿Por cuál luchamos?

 



[1]          Seguimos a Norbert Trenkle, “Ascenso y caída del hombre-trabajo”, publicación virtual: http://www.herramienta.com.ar/content/ascenso-y-caida-del-hombre-trabajo-para-una-critica-de-la-masculinidad-moderna

[2]          Debemos esta observación a Manuel Riveiro.

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