Por Matías González

Las impactantes imágenes que se difundieron el pasado 14 de abril por los del ataque aéreo conjunto entre EE.UU., el Reino Unido y Francia a la capital siria de Damasco, reavivaron en la agenda internacional un conflicto que ya lleva siete años. Desde entonces, el tema cobró relevancia para Occidente con la masiva inmigración que año a año arroja unos cuantos miles de refugiados que llegan a los países de Europa. Tras décadas de intervención neocolonial en Medio Oriente, la alarma suena cuando la crisis siria deja de ser un problema de un “Otro”, y se transforma en malestar propio, como cuestión casi exclusiva de seguridad interior. Es que en los manuales de guerra de las potencias de la economía mundial, el Islam -y por asociación directa “lo árabe”- fue señalado como el nuevo enemigo de Occidente tras la caída del Muro de Berlín, identificándolo con “lo bárbaro”, “lo atrasado”,  “lo fanático” como dijo el especialista Pedro Brieger. 

El atentado del 11S a las Torres Gemelas, generó las condiciones de posibilidad para que EE.UU. y las potencias occidentales decreten que comenzaba una guerra global contra el terror, la cual fue justificada discursivamente con la invasión a Afganistán e Irak como “guerra preventiva” y hoy se reviste de “intervención humanitaria”. En los hechos, se incorpora al corpus jurídico internacional el problema de la seguridad cada vez más vinculado al discurso de los derechos humanos. Los gobiernos deben hacerse responsables por sus ciudadanos y en la medida que no lo hagan, el principio de soberanía cede a la responsabilidad internacional de proteger. En ese marco, la ONU en tanto organismo diplomático de resolución de conflictos, se ha subordinado paulatinamente a los acuerdos de la OTAN, alianza militar comandada por los ejércitos de EE.UU., el Reino Unido y Francia. Para ellos, un problema global como el terrorismo exige soluciones globales: golpear donde quiera que se encuentre, avasallar cualquier soberanía. Esto trae consecuencias políticas muy graves en el plano de las relaciones internacionales que deben alertar a las ciencias sociales.

LOS ORÍGENES DEL CONFLICTO

El conflicto en Siria comenzó en 2011, cuando un ciudadano se bañó en gasolina y se prendió fuego realizando “una protesta contra el gobierno”, desatando rebeliones populares contra los regímenes autoritarios y las políticas neoliberales que se conocieron como las Primaveras Árabes. Ello dejó en evidencia el apoyo de EE.UU. y las “democracias” occidentales a muchos regímenes autoritarios contra los que se levantaron los pueblos de Medio Oriente (entre ellos el actual presidente sirio Al-Assad) desestabilizando el clima político en toda la región. En  Egipto y Túnez, implicó la apertura electoral con el voto popular y en Libia la intervención extranjera de la OTAN que culminó con el asesinato de Khadafi. Sin embargo, mientras Siria llamaba a un “diálogo nacional”, en paralelo Assad desataba la represión sistemática y la persecución de opositores por todo el país que reclamaban bajo la consigna Sylmiya (pacífica). La represión fue transformando la insurrección popular en un conflicto armado, a medida que las deserciones en el Ejército Sirio y la penetración de fuerzas extranjeras distorsionaron los objetivos iniciales que planteaba el pueblo sirio: libertad, dignidad e igualdad.

A su vez, otro elemento clave es que los Assad representan una la elite militar cuya base social proviene de notables familias terratenientes y comerciantes de comunidades minoritarias, los alauíes (rama del Islam chií), mientras que el 70% de población mayoritaria de siria (Islam sunní) se encuentra excluida del ejercicio del poder político. Los sistemas de partidos, el aparato estatal y las organizaciones civiles se encuentran parasitadas por el control militar de los Assad. Aunque muchos analistas reducen el conflicto a la animosidad sectaria entre las ramas del Islam, desde nuestra perspectiva entendemos que las identidades religiosas son importantes pero no determinantes. Como en cualquier análisis debe atenderse la trama de de disputas geopolíticas, alianzas y objetivos de las fuerzas en pugna, que utilizan el lenguaje islámico para movilizar su base social, ganar apoyo popular y reclutamiento.

LOS INTERESES GEOPOLÍTICOS EN JUEGO

 “Misión cumplida”, anunciaba Trump con un tweet luego de lo que había sido una especie de operación quirúrgica  para derribar las instalaciones militares y de investigaciones científicas del gobierno de Bashar Al-Assad. El objetivo fue destruir presuntas armas químicas (gas sarín) que el gobierno sirio habría utilizado contra su población ¿Demostración de tecnología militar para el show televisivo o triste imagen de un problema geopolítico que no encuentra solución? Sin duda, tiene un condimento de ambos. Siria ha sido el centro de equilibrios y desequilibrios políticos de la región por varios motivos:

1) por su posicionamiento como defensora del panarabismo (unidad del mundo árabe) y el antiimperialismo frente a Occidente, ejerciendo un rol de “padrinazgo político” sobre los palestinos en la Franja de Gaza en el conflicto árabe-israelí.

2)   Por estar ubicada en la zona petrolera de mayor valor geoestratégico del mundo: Assad intentaba impulsar la “estrategia de los cuatro mares”, ambicioso proyecto de infraestructura para el transporte de hidrocarburos entre Oriente Medio, Asia Central y Europa, en cooperación con Irán y Turquía con quienes venía fijando una agenda común en aspectos políticos, económicos y militares.

3)  Por las posiciones de fuerza que ocupa en el escenario regional e internacional, en tanto sus principales y casi exclusivos aliados son Rusia y la República Islámica de Irán. Esto ubica a Siria en el centro de la disputa por la seguridad e influencia regional entre Irán y el reino Saudí (principal aliado árabe de EE.UU.) empeñados en una batalla para hacer valer sus intereses confesionales, políticos y económicos.

Estados Unidos y las potencias occidentales trazaron una “hoja de ruta” que va de Irak a Siria para intentar cercar a Irán, impulsando todos los medios para generar un cambio de régimen que sea favorable a sus intereses. Por ahora, el desenlace no es predecible, pero lo cierto es que se han topado con el impulso imperial de la Rusia de Putin, que se presenta como paladín de la lucha contra el terrorismo y la autonomía de los pueblos. Rusia también ha fijando sus ambiciones en el Medio Oriente: los negocios de sus grandes empresas de energía, gas y petróleo. La alianza con Siria e Irán revela sobre todo el deseo de Moscú de extender su zona de influencia, con el objetivo de restaurar la potencia perdida tras el derrumbe de la Unión Soviética. La pregunta pasa ahora por entender el fenómeno Trump y los posibles efectos que pueda tener sobre la política exterior norteamericana, lo que da sensación de un clima de mayor inestabilidad.

Hoy Siria atraviesa una terrible crisis humanitaria, con millones de refugiados y desplazados, la destrucción de las estructuras estatales, los servicios sociales básicos y el tejido productivo. Esto da lugar a una verdadera gestión política del desastre, lo que profundiza aún más la fragmentación social, confesional y territorial, desmantelando la capacidad de resistencia de las fuerzas populares. Esto es aprovechado por organizaciones político-militares y grupos de extranjeros transformados en fuerzas militares de ocupación. Aunque los medios de comunicación lo ignoren y resuenen siempre los mismos nombres (Estado Islámico, Frente al-Nusra, Frente Revolucionario Sirio, etc) existe una gran diversidad de fuerzas, y como sucedió con la resistencia a la ocupación extranjera en Afganistán, Irak y Libia, los “grupos rebeldes” apenas están identificados en realidad. Los jóvenes que fueron reclutados para combatir provienen menos de un adoctrinamiento religioso que del impacto de las políticas neoliberales, donde las desigualdades sociales y la apatía de los callejones sin salida políticos se articulan para privar a los ciudadanos de su propia dignidad. La población se refugia entonces en sus convicciones más firmes: la fe islámica, la mezquita y los centros sociales del barrio, donde ganan influencia los movimientos del Islam político.

 Siria precisa del rechazo de la guerra y la ocupación extranjera por toda la comunidad internacional para dar paso a una salida pacífica y negociada, la solución para los refugiados y una transición que ponga fin al régimen autoritario de Assad. Esto solo es posible a partir de la construcción de una nueva mayoría política y social que responda a las demandas y anhelos más sentidos de los pueblos, expresadas en las primaveras árabes. Ellos son los únicos protagonistas capaces de torcer el rumbo, para avanzar en un camino de soberanía económica, libertad política e igualdad social.

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Sobre Revista Intersecciones

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