Entrevista con Daniel Bensaïd

No había pausa, era un torbellino permanente, y no teníamos ningún medio: la tinta, los mimeógrafos, la nafta nos llegaban a través de los camaradas belgas…

Había que comprender que lo esencial no dependía más de nosotros, y que nuestra responsabilidad era decir cosas sensatas en una situación sobre la cual no teníamos de dónde agarrarnos. Lo esencial de nuestra energía, lo consagramos a escuelas de formación cotidianas en la Sorbona, con un eco importante: ¡el gran anfiteatro lleno todos los días! Intuitivamente habíamos comprendido que lo importante era explicar dónde estaban los límites de la situación, en lugar de acompañar el apresuramiento hacia un impasse, o de compartir las responsabilidades con las grandes organizaciones, a falta de lo cual habríamos sido llevados por la oleada del reflujo, como le sucedió a la mayoría de los grupos. 

Traducción de Critique communiste por Revista Intersecciones

 

Critique communiste: Para comenzar esta entrevista me gustaría volviéramos sobre el libro que escribiste con Henri Weber en esa misma época, Mai 1968: une répétition générale1, libro que ciertamente tiene sus años pero que amerita ser releído en este cuadragésimo aniversario…

Daniel Bensaïd: El libro fue escrito en el curso del verano de 1968, sin ninguna distancia en relación con el acontecimiento. En mi memoria – respecto al contenido del libro, pero se trata tal vez de un sentimiento reconstruido –, la preocupación era hacer énfasis en las posibilidades abiertas. Esto bajo el modo de “lo que habría sido posible si…”: si hubiese habido otro partido, si hubiese habido otra implantación en el movimiento obrero…, es decir, imaginando un PC que no sería el PC, una CGT diferente de la CGT… Así que una forma de pedagogía. 

Pero, al mismo tiempo, cuando uno reflexiona sobre su propio proyecto político, uno es más consciente de la realidad política. Dos problemas llegaron de repente. En primer lugar, la consciencia de los límites de nuestra organización… – con excepción del PSU [Partí Socialiste Unifié], esto era verdad para todas las organizaciones procedentes de la crisis de la UEC [Union des Étudiants Communistes] – compuesta en un 90% o más por estudiantes. De aquí el imperativo de comenzar una transformación sociológica, y para esto no ceder a las esperanzas de rebrote del movimiento, que podrían manifestarse en el curso del verano y del otoño, sino por el contrario ser sensibles a los efectos de descomposición que conllevaba el reflujo tal como se manifestaban, sin permanecer apresados. Esto estaba claro en el movimiento estudiantil: para preparar el congreso de la UNEF [Union Nationale des Étudiants de France] de diciembre de 1968, un encuentro intermedio tuvo lugar en julio en Grenoble. Se sentían ya los efectos nocivos de la frustración.

Debía llevarse a cabo una batalla a contracorriente de la ola espontaneísta. De aquí la insistencia prioritaria sobre la idea de partido. De forma paralela, en el seno del PCI [Parti Communiste Internationaliste], existía la idea de que un acontecimiento de estas características ponía al orden del día nuevas posibilidades. Esa fue la doble propuesta, durante el verano, de la adhesión a la IV Internacional, de donde la fusión entre el PCI y la JCR [Jeunesses Communistes Révoltionnaires], y de la fusión con Lutte Ouvrière. Yo no era miembro del PCI y había descubierto esas perspectivas a través de discusiones con Henri Weber y Charles Michaloux, pero todo se encontraba en el fondo del libro y de su idea central: “Es necesario un partido revolucionario”. 

Para aquellos que venían del trotskismo, la perspectiva era ciertamente la de una recomposición del movimiento trotskista como respuesta al espacio abierto. Para mí, esto entraba en resonancia con una forma obsesiva de leninismo: yo redactaba para la prensa, durante ese mismo verano de 1968, mi tesis de licenciatura sobre Lenin y la noción de crisis revolucionaria. Me encontraba por lo tanto completamente influenciado por sus textos, en particular los del joven Lenin anteriores a 1905, sobre los comienzos del partido. Son estas las preocupaciones que se encuentran en el libro. 

Critique communiste: El título impactante de la obra parece haber eclipsado las cuestiones que allí plantean. La analogía con 1905 conduce a no retener más que el imperativo del partido revolucionario como respuesta a eso que ha “faltado” en Mayo del ’68. Pero el libro es bastante más rico en su reflexión y desborda ampliamente esa única dimensión, abordando por ejemplo las cuestiones de la auto-organización, del doble poder…

D.B.: Es posible que haya ahí un problema de timing y que en mi recuerdo se mezclen momentos distintos. En el verano de 1968, nos encontrábamos todavía en el acontecimiento, por lo tanto también maravillados por las posibilidades abiertas. Una cosa era hacerse echar o irse – un poco las dos cosas – del PC, explicando que todas las historias sobre el aburguesamiento de la clase obrera tenían sus límites ¡otra cosa encontrarse dos años después frente a una huelga general! Esa confirmación-revelación, en medio de una batalla contra un aparato burocrático, invitaba a descubrir y a valorizar las pequeñas experiencias de auto-organización – los Soviets de Saclay, la CSF de Brest, los comités de acción… –, comprendidos aquí de manera excesiva.  

Pero esto estaba influenciado por una de las buenas dimensiones de la herencia trotskista, la que sostenía Ernest Mandel, incluso antes de la publicación de su antología sobre la autogestión, el control obrero… En la UEC, nos habíamos formado con los Cahiers du Centre d’études socialistes, que se nutrían notablemente de los debates en el seno de la izquierda sindical italiana con Bruno Trentin, como así también de contribuciones de Gorz, Mandel, Naville, Serge Mallet, sobre la teoría de las “reformas de estructura anticapitalistas”, pseudónimo a nuestros ojos de las reivindicaciones transicionales. 

Así una de nuestras primeras lecturas heterodoxas en el seno de la UEC en Tolouse fue la del libro de Gorz, sobre Neocapitalismo y estrategia obrera. De manera semiconsciente esa temática transicional nos venía de esos debates, y es sobre ese fondo que surgió la huelga general con sus experiencias apasionantes. 

Más adelante, el sentimiento de deber delimitarse, a contracorriente, sin dudas aplastó esa problemática de la articulación, en ese movimiento diversificado, entre diferentes niveles de consciencia y diferentes ritmos de movilización. Esto intervino probablemente más en el año 1969. En el movimiento estudiantil, fue probablemente nuestro folleto titulado “Le Deuxième Souffle”, violentamente polémico contra las corrientes maoístas: nos encontrábamos entonces “en guerra” por definirnos y para durar, con el exceso y el entusiasmo que podían resultar de ello… El congreso de fundación de la Ligue [Ligue Communiste Révolutionnaire] estuvo dominado por ese endurecimiento: la idea de la lucha prioritaria contra el espontaneísmo, la obsesión de no dejarse ganar por el reflujo. De aquí una polémica, a distancia, con la herencia del grupo Socialisme ou barbarie. En 1968 nos encontrábamos entonces más en una cultura transicional que un año después. Hubo entonces una inflexión izquierdista y la exacerbación de las polémicas. Una vez que el reflujo se confirmó, el debate interno estuvo marcado por excesos de todas partes. 

Todo esto fue fortalecido por los pronósticos a corto plazo: aún si la fórmula no vino más que dos o tres años después, la idea se dibujaba, sostenida notablemente por Mandel, de una “crisis revolucionaria europea en cinco años”. No parecía delirante a la vista del incipiente mayo italiano, la crisis de la dictadura franquista, las huelgas británicas. Daba una actualidad inmediata la idea de “ensayo general”, de la cual hicimos el título del libro sobre el ’68. Por lo demás, no éramos los únicos, todas las corrientes estaban obsesionadas por la preocupación de delimitarse: en la medida en que uno estima que va hacia una crisis revolucionaria, es necesario forjar, lo más rápidamente posible, el instrumento más ajustado posible. Y la Revolución, sino Dios, reconocerían a los suyos…

Critique Communiste: A propósito de ese proyecto de fusión con LO [Lutte ouvrière] ¿cómo se articulaba con la propuesta lanzada por LO sobre la marcha de mayo de 1968 de un “partido del movimiento”?

El proyecto de fusión tomaba en cuenta la herencia trotskista común y una cierta complementariedad entre las dos organizaciones: LO con su pequeña base obrera y su cultura organizacional, la Liga con su experiencia estudiantil y su capacidad de reacción al acontecimiento ¿Cómo, para LO, eso interfería con la proposición de “partido del movimiento de mayo”, con la idea de un periódico común que implicara hasta al PSU? Sin dudas en función de la visión según la cual LO y la Liga podrían constituir el polo trotskista de ese partido, y que LO sería evidentemente el componente obrero determinante. Se trataba de una respuesta bastante audaz a la nueva situación. 

Critique communiste: Si el PC se vio fuertemente impugnado en su pretensión de ser el partido revolucionario, puede remarcarse que dirigió lo esencial de los ataques contra sus adversarios menos sobre esa cualidad de revolucionarios que sobre su realidad de “partido de la clase obrera” frente a diversas variantes pequeño-burguesas. Finalmente LO eligió tomar el desafío sobre ese terreno…

D.B.: LO era en efecto más sensible a esa dimensión. Para ellos la garantía de la identidad del partido era sociológica, de alguna manera en espejo con el PC, lo cual planteaba la concurrencia sobre el terreno de la autenticidad obrera de unos y otros. Nuestra solución era más ideológica. 

A lo cual debe agregarse para nosotros la importancia teórica y práctica de la dimensión internacional, que iba más allá de la cuestión de la IV Internacional. Nosotros nos concebíamos como un componente del movimiento comunista internacional. El tema que nos preocupaba después de 1967, y que puede a posteriori aparecer como una ilusión, era el del “tercer elemento internacional”, con Cuba, Vietnam, ilustrado por las iniciativas de la Olas y presentado como tal en Granma, el periódico del PC cubano que publicaba artículos ácidos contra la burocracia y en solidaridad con Vietnam… Eso remite a la referencia guevarista que ha jugado un rol importante en nuestra ruptura con la cultura del PC: frente a los comunistas oficiales, portadores del título sin ameritarlo, de alguna forma conquistado con la Revolución Rusa, implicaba la voluntad de afirmar la necesidad de la prueba: la fórmula del Che – “el deber de un revolucionario es hacer la revolución” –, constituía en este sentido una máxima. Esa idea era la de toda una joven generación europea. Ese discurso era común a militantes como Rudi Dutschke, Tariq Ali…

En los debates a propósito del cuadragésimo aniversario del ’68, se ve hasta qué punto esas oposiciones han sido determinantes: del lado de los militantes del PC, se constata incluso hoy la ausencia de todo elemento crítico real en relación con las decisiones fundamentales entonces defendidas por el partido, cuando no es más que una falsificación pura y simple de la historia por los dirigentes de entonces. 

Critique communiste: La acusación de traición dirigida al PC, aún si justificada ¿no se arriesga a conducir a una visión reduccionista de lo que fue su rol efectivo? Esto sobre la base de una orientación coherente que articula el rechazo a utilizar la dinámica de la movilización, denunciada como conducente a la guerra civil, y la necesidad para ese gran movimiento reivindicativo de obtener conquistas, atendiendo a la necesaria unidad de la izquierda como solución política.  

D.B.: Era en efecto una orientación racional y coherente, dado que fue eficaz. Incluso si por otra parte 1968 ha marcado el comienzo de su declive, el PC reclutó en ese entonces, bajo esa línea, a militantes que se acercaban, no por convicción revolucionaria, sino sobre la base de una orientación en concordancia con una línea reformista en el seno de las instituciones tales como son, de acuerdo con la coherencia entre un frente sindical razonablemente reivindicativo y un frente electoral paciente. De ahí las fracturas débiles en su seno y una crisis que fue bastante lenta. Como contrapartida, a diferencia de 1936 o 1945, no ha captado el grueso de las fuerzas vivas, que en parte se dispersaron, sindicalmente y políticamente en las diferentes corrientes de la nueva izquierda radical. 

Hay que agregar que esa estrategia estaba en congruencia con el Estado providencia, sino no podría haber funcionado. Porque hay ciertamente una dimensión de “recuperación” en marcha en mayo del ’68. Se estaba en lo cierto al proclamar que, en relación con un movimiento tan fuerte, la cuenta no daba, ni en Grenelle ni después. Pero eso no quiere decir que lo que se obtuvo no fue nada. Hoy la derecha quiere barrer con todo, lo cual confirma que las conquistas no fueron despreciables. 

Critique communiste: En el momento en que el problema de una alternativa gubernamental se planteó, a fines de mayo, con Charléty y la manifestación de la CGT, ¿cuáles fueron los debates, para nosotros, sobre esas cuestiones? 

D.B.: En primer lugar debe recordarse, sin cultivar el escarnio sobre sí mismo, el carácter problemático del “nosotros”: un grupo minúsculo de estudiantes ¿Nos reuníamos para debatir? ¡No realmente! Tengo el recuerdo de un gran nerviosismo. Junto a Guy Hocquenghem estábamos a cargo de realizar un boletín cotidiano, Aujourd’hui, donde poníamos un poco lo que se nos pasaba por la cabeza en el día a día. 

Hubo algunas discusiones. Pienso que tuvimos una justa medida de la crisis con el bloqueo de los acuerdos de Grenelle, la partida de De Gaulle ¡Éramos conscientes de que eso era importante! Que algo se jugaba en esas horas decisivas. En contrapartida, como los manifestantes que pasaban indiferentes frente a la Asamblea, nos interesábamos poco en las declaraciones de Mitterrand, que eran una especie de bruma de fondo. Como lo ha probado un debate reciente con J. Sauvageot y A. Béhar, el PSU estaba mucho más implicado, tenía responsabilidades y cosas entre manos, con la UNEF, su apoyo en la CFDT [Confédération Française Démocratique du Travail], el Snes-Sup [Syndicat National de l'Enseignement Supérieur]… Sin tener la clave de la situación en mano, sus decisiones tenían una incidencia. Nuestra posición, por la fuerza de los hechos (de nuestra pequeñez y nuestra marginalidad) era más propagandística. 

Sin mitificar nada, puede considerarse que el PCI sin dudas discutió más estas cuestiones, cuando lanzó la perspectiva de un gobierno de la izquierda apoyado sobre los sindicatos. Se notará que Séguy en sus declaraciones recientes evoca esa misma posibilidad. Se trataba de una fórmula pedagógica que tomaba en cuenta los distintos parámetros de la situación: el gobierno propuesto por Mitterrand no estaba a la altura, y un gobierno responsable frente a soviets que no existían no tenía realidad alguna… La dirección real de la huelga era ciertamente la de los sindicatos. Había entonces una cierta lógica de la fórmula, pero poca credibilidad. 

Junto con la JCR, por instinto, nosotros improvisamos una buena respuesta que era apoyar las dos iniciativas, el reagrupamiento de Charléty el 27 de mayo y la manifestación de la CGT el 29. En el curso de esta última intentamos levantar la consigna “¡Gobierno popular, sí, Mitterrand-Mendès, no!” Esa pedagogía por la negativa, que desarrollaba la desconfianza hacia la recuperación parlamentaria, evidentemente encontró un eco en el seno del cortejo cegetista. Pero todo esto se desarrollaba como una completa improvisación, era una cuestión de ejercicio político. 

Una ilustración: la noche del incendio de la Bolsa, Henri Weber, Alain Krivine y yo mismo nos encontramos hacia la medianoche en lo de Alain. Henri dijo que había que debíamos evitar ceder al activismo para reflexionar sobre qué proponer al día siguiente. Alain, oyendo en la radio que la manifestación continúa y que la Bolsa arde, decide que es necesario ir, lo cual es rechazado por Henri. Yo era el más joven, tenía ansias de acción y pensaba que siempre tendríamos tiempo para reflexionar. Seguí a Alain en una deambulación hasta la madrugada en medio de los restos humeantes de barricadas insignificantes ¡Y terminamos por hacernos llevar por una camioneta camuflada, de polis o de polis de civil, en la esquina del boulevard Raspail!

No había pausa, era un torbellino permanente, y no teníamos ningún medio: la tinta, los mimeógrafos, la nafta nos llegaban a través de los camaradas belgas…

Había que comprender que lo esencial no dependía más de nosotros, y que nuestra responsabilidad era decir cosas sensatas en una situación sobre la cual no teníamos de dónde agarrarnos. Lo esencial de nuestra energía, lo consagramos a escuelas de formación cotidianas en la Sorbona, con un eco importante: ¡el gran anfiteatro lleno todos los días! Intuitivamente habíamos comprendido que lo importante era explicar dónde estaban los límites de la situación, en lugar de acompañar el apresuramiento hacia un impasse, o de compartir las responsabilidades con las grandes organizaciones, a falta de lo cual habríamos sido llevados por la oleada del reflujo, como le sucedió a la mayoría de los grupos. 

Critique communiste: Cuando se releen los textos del PCI de la época, en particular los de Pierre Frank, uno se ve sorprendido por la diferencia entre una visión un poco exaltada – ¡es la revolución socialista en marcha lo que se evoca! –, y proposiciones tácticas precisas, incluso en términos de consignas gubernamentales. 

D.B.: ¡La extrapolación en cuanto a lo posible combinada con la consciencia de la relación de fuerzas real! Una mezcla de exageración propagandística, de optimismo de la voluntad, y de realismo: para una organización revolucionaria ese doble registro es inevitable. A lo cual deben agregarse los parámetros propios de Pierre Frank que era a la vez portador de la cultura trotskista clásica y admirador de Blanqui. Además de que luego de una larga travesía por el desierto tenía toda razón en entusiasmarse frente a tales acontecimientos. 

Debe recordarse que esa cultura trotskista clásica era poco común: los textos de Trotsky en francés eran raros, y sin dudas más leídos después de mayo del ’68 que antes. La memoria política, la del Frente Popular y de todo ese período, recaía sobre algunos ancianos (Daniel Guérin, Danos y Gibelin sobre el Frente Popular), algunos entre ellos, más sensibles a la lógica transicional que Pierre, se habían dispersado en el PSU, entre los pablistas, en el movimiento de Socialisme ou barbarie, etc.: el hilo de la continuidad era delgado, debilitado por las diversas fracturas. 

Para nosotros, la transmisión se realizó mayormente por intermedio de Ernest Mandel. Pero, cerca del 1er congreso de la Ligue, nos volvimos desconfiados en relación a la dimensión transicional, y también en relación con Mandel. Nosotros temíamos, al menos algunos de nosotros, que, en el reflujo y con la deterioración de la relación de fuerzas, las reivindicaciones transicionales no abrieran la vía más a una cogestión netamente reformista que al control obrero. 

La puesta en circulación en las redes del viejo artículo sobre Lenin y Rosa publicado en Partisans en enero de 1969 y firmado en conjunto con Samy Naïr, en pleno congreso de la Ligue, me condujo a acompañarlo de una introducción para resituarlo en el contexto e indicar que se trata de un texto izquierdista. Está marcado por la influencia de Poulantzas: frente a los aparatos de Estado, la única oposición seria, es el partido. Esa lógica, llevada al extremo, puede conducir a un vanguardismo, incluso militar. Se trataba entonces de un endurecimiento teórico, que se tradujo en una reticencia hacia los esquemas de Mandel sobre los diferentes niveles de consciencia y las reivindicaciones que se supone que les corresponden. Esas evoluciones evidentemente deben contextualizarse. Muchas formulaciones remiten a las polémicas de la época, y a un cierto voluntarismo de supervivencia en los años 1970: la escisión de Révolution estuvo marcada por una cierta brutalidad de una parte y de la otra, y de debates vigorosos. 

La adhesión a la IV [Internacional] no era en principio evidente para mí, pero me convencí por la idea de que debíamos darnos una historia, una identidad, anclarnos… ¡Desde ese punto de vista, Sami Naïr fue más convincente que los militantes de la IV, que no eran para nada proselitistas! La lógica era simple. El capital es mundial. Hay que oponerle un internacionalismo no solamente teórico sino práctico. Existe una IV Internacional que es modesta, pequeña, que tiene los defectos de su pequeñez. Pero no debe ser desmerecida. Ingresando le dimos un golpe de juventud. 

Instintivamente, lo que nos guió, me parece, fue la idea de que debíamos tener algo. En relación con lo que éramos desde el punto de vista de nuestra composición social, el desafío no era menor, y el resultado era improbable. Pero estamos siempre ahí. 

Critique communiste: Ese temor a una posible disgregación de la organización, ¿era tan apremiante? 

D.B.: ¡Sí! Me parece que se puede decir sobriamente que el entrismo de los años cincuenta, que no es especialmente mi tendencia, pudo representar a pesar de todo un principio de realidad, incluso si tenía por contrapartida una discontinuidad organizacional y de dirección. Sin esa familiaridad del interior del movimiento obrero, sin ese conocimiento de su realidad y de su historia, la evaporación de ese grupo estudiantil pudo haberse producido. Vivir como un elemento del movimiento obrero, haber interiorizado la idea de que uno era una disidencia del movimiento comunista siendo una organización trotskista, eso creaba un lazo con el movimiento obrero. Un principio de realidad que imponía ciertos límites los cuales se puede afirmar que fueron decisivos cuando se observan ciertos delirios y ciertas derivas maoístas. 

Entrevista realizada por Francis Sitel

Critique communiste n° 188, octubre de 2008. 

www.danielbensaid.org  

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