Por Nicolás Segal

 

Desde su aparición en 2013, el Manifiesto por una Política Aceleracionista provocó una agitada discusión en los ambientes políticos de izquierda al proponer un marco de referencia alternativo al modelo tradicional de Clase y Partido, bajo la motivación de los desafíos que las corrientes posestructuralistas y posmarxistas han planteado al marxismo. En oposición a lo que los autores aceleracionistas consideran “política folk”, de orientación particular, reactiva al cambio, la propuesta del aceleracionismo reclama la recuperación un horizonte estratégico, de orientación universal. Se trataría de reunir al pensamiento de izquierda con una posición favorable al progreso técnico, bajo la concepción del cambio tecnológico como una suerte de plataforma de lanzamiento para una práctica política global tendiente a la construcción de un horizonte social post-capitalista. En esa perspectiva, los aceleracionistas evalúan que el reemplazo de trabajo humano por la automatización de la producción es un proceso inevitable y deseable y proponen una utopía post-laboral como nuevo eje articulador de la política.

Este artículo discute las eventuales implicancias de ese modelo post-salarial en las políticas emancipatorias. A partir de una revisión de la literatura económica sobre desempleo tecnológico, se propone una hipótesis alternativa: que la narrativa del “fin del trabajo” constituye una representación errónea de las actuales tendencias del capitalismo. La excesiva atención que los autores aceleracionistas prestan a la oferta de factores contrasta con los grandes problemas contemporáneos que la economía heterodoxa se propone poner en discusión: creciente desigualdad de ingresos, insuficiencia de demanda y desregulación comercial y financiera. De este modo, la aceptación acrítica de la premisa del “fin del trabajo” podría llevar al aceleracionismo a constituirse en una forma de legitimación del actual orden neoliberal.

Este argumento se organiza en seis secciones. Luego de esta introducción se reseña el punto de vista de los autores aceleracionistas sobre el debate del desempleo tecnológico y la incidencia de esas opiniones en la formulación de su estrategia política. La segunda sección consiste en una exposición crítica del argumento mainstream del desempleo tecnológico. La tercera parte presenta la perspectiva alternativa de la literatura económica heterodoxa. La cuarta sección aclara por qué este rechazo a la utopía post-laboral no tiene una intención moralizante. Por último, en la quinta sección se presentan las conclusiones.

El horizonte del post-trabajo en el pensamiento aceleracionista

El término aceleracionismo designa a un conjunto amplio y disperso de autores. Sus integrantes se agrupan por su propósito común: la elaboración de un pensamiento estratégico sobre la configuración de un mundo post-capitalista, en el cual el progreso tecnológico es jerarquizado como principal elemento constitutivo de la organización social. Esta perspectiva ha trazado un terreno en el que autores de izquierda y derecha comparten temas de interés y herramientas conceptuales, como el cambio tecnológico o el progreso hipersticional (ficción que aspira a convertirse en realidad). Sin embargo, la distancia insalvable que media entre Nick Land y su movimiento anti-igualitarista de la “Ilustración oscura”, por una parte, y Alex Williams y Nick Srnicek y su estudio marxista del post-capitalismo, por la otra, ha llevado a estos últimos, autores del Manifiesto por una Política Aceleracionista, a abandonar el uso del término “aceleracionistas” para referirse a sus posiciones. A pesar de esto, la extendida difusión del Manifiesto prolongó la popularidad del término más allá de la intención de sus autores. 

En este artículo, la utilización de la categoría aceleracionistas solamente involucra a quienes comúnmente conforman su “ala izquierda” y  se centra en Srnicek y Williams (2015), publicación que establece el alegato más fundado de la corriente en favor de la plena automatización del trabajo y un ingreso básico universal.

Su argumento puede resumirse del siguiente modo: i) en la época neoliberal se ha hecho irreversible el fracaso del viejo modelo de Clase (homogénea) y Partido (único y de vanguardia); ii) hasta ahora las respuestas al neoliberalismo han sido inefectivas porque estuvieron capturadas por una orientación a la “política folk” (Cuadro 1), de alcance local, reactiva al cambio tecnológico y a la construcción de universales –v.gr. zapatismo, fábricas recuperadas, autonomismo, movimientos Occupy, consumidores sustentables– ; iii) el neoliberalismo triunfó porque logró conformar una hegemonía en torno a la premisa del libre mercado como mejor asignador de los recursos, imponiendo su propia concepción de libertad y democracia. La consolidación del triunfo de la ideología neoliberal corresponde a la década de 1970, cuando ante el fenómeno de estanflación en la economía estadounidense el keynesianismo, corriente predominante en ese momento, no pudo ofrecer una alternativa convincente; iv) las posiciones de izquierda deberían tomar nota del modo en que se produjo el auge neoliberal para articular su propia hegemonía de modo similar, sobre puntos programáticos que confluyan en un mismo proyecto de modernización, pero dispersas a través de diversos tipos de organizaciones políticas, sociales, académicas, comunicacionales, etc. La estrategia consiste en la creación de un nuevo consenso progresista y universal, opuesto a la libertad de mercado. v) el eje articulador de ese consenso debe ser “un futuro post-laboral”.

Características de la “política folk”

Escala humana (inmediatez temporal, espacial y conceptual), vs. escala amplia.

Reactiva vs. propositiva.

Táctica vs. estratégica.

Pequeña y no escalable vs universalista

No hegemónica vs. hegemónica

Cotidiana vs. estructural

Valor de la experiencia personal vs. valor del pensamiento sistemático. 

Fuente: en base a Srnicek y Williams  (2015)

Los primeros cuatro argumentos del libro de Srnicek y Williams no son novedosos. Los autores recogen la literatura de la historia reciente del pensamiento económico, en particular del influyente libro editado por Mirowski y Plehwe (2009) sobre los orígenes del neoliberalismo como pensamiento colectivo y el rol decisivo que tuvo en su difusión la práctica de una política que podríamos llamar rizomática, de redes no centralizadas, articuladas por una base de acuerdos programáticos resumidos en la ideología del “libre mercado”. Para esta caracterización, la implementación de políticas neoliberales a partir de la década de 1970 no sería el resultado de un comando concentrado de decisión sobre las políticas estatales, sino del triunfo que los sectores conservadores lograron en la batalla de ideas, desde la academia hacia su difusión a la vida pública, hasta lograr una incidencia definitivamente sobre las instituciones. La usina de relegitimación del ideario conservador bajo nuevas formas adaptadas a su tiempo fue la Mont Pèlerin Society.

Srnicek y Williams recogen el llamado de Mirowski a la construcción de una Mont Pèlerin Society de la izquierda, porque “de su visión de largo plazo se pueden aprender los métodos de expansión global, la flexibilidad pragmática y la estrategia contrahegemónica que unió a un ecosistema de organizaciones con una diversidad de intereses” (Srnicek y Williams, 2015: 83).

La convocatoria a una MPS de la izquierda sería un punto de acumulación para construir una nueva hegemonía alternativa al neoliberalismo. Éste es el modo en el que los aceleracionistas asumen los desafíos planteados a las concepciones esencialistas de la izquierda por parte de la crítica postmarxista, típicamente delineada en Laclau y Mouffe (1987). Ante la contrastación empírica de la existencia de una tendencia a la fragmentación de la clase trabajadora tal como era concebida en el  marxismo clásico, Laclau y Mouffe redefinen la clase como categoría política (específicamente, como “posiciones de sujeto al interior de una estrategia discursiva”) y no como una característica objetiva, perfectamente inteligible, derivada de una posición en la distribución del producto social. Srnicek y Williams asumen la visión de Laclau y Mouffe sobre la inefectividad de la estrategia socialista basada en la concepción tradicional de clase trabajadora. Su resolución es la propuesta de una política “post-laboral”, que pueda ser el elemento de articulación de las diversas demandas insatisfechas de la actual hegemonía neoliberal. 

Esto lleva a Srnicek y Williams a manifestar particular interés por la capacidad que los movimientos populistas de izquierda de los países centrales tienen para “nombrar la fractura en la sociedad y la oposición contra la que se han constituido. Nombrando a un enemigo, es posible que un amplio rango de personas vean sus intereses y demandas expresadas por el movimiento. Occupy, por ejemplo, nombró al 1 por ciento, Podemos nombró a ‘la casta’ y Siriza nombró a la Troika” (Srnicek y Williams, 2015: 201).

La novedad que Srnicek y Williams aportan al giro populista de la resistencia al neoliberalismo en los países centrales es la invitación a que el post-trabajo sea el eje articulador de las posiciones progresistas. Los autores conciben el consenso post-laboral como una suerte de seguro contra la posibilidad de que la naturaleza conflictiva del populismo derive en un proyecto incoherente o no alineado con políticas de izquierda. Su fundamento es que “para un movimiento tradicional de clase obrera, los intereses comunes serían suficientes para asegurar la lealtad de sus miembros. Pero en un movimiento populista, la ausencia de una inmediata unidad basada en intereses materiales significa que su coherencia está perpetuamente acosada por una tensión entre la lucha que tiene que destacarse por sobre el resto y esas otras luchas” (Srnicek y Williams, 2015: 202). Así, “la movilización de un movimiento populista alrededor de una política anti-trabajo requeriría articular un populismo tal que una variedad de luchas por la justicia social y la emancipación humana podría ver sus intereses expresadas en ese movimiento” (Srnicek y Williams, 2015: 203).

Podría afirmarse entonces que la posición acerelacionista es un intento de “esencialización” del populismo. Srnicek y Williams afirman que el eje articulador del antagonismo social debería ser el post-trabajo porque su propuesta tiene la capacidad de ser “inherentemente feminista, al reconocer el trabajo invisible que predominantemente realizan las mujeres”, “vinculado con el antirracismo, en tanto los negros y otras poblaciones minoritarias son desproporcionadamente afectados por el alto desempleo” y se compondría con “las luchas poscoloniales e indígenas, con el objetivo de proveer un medio de subsistencia masivo para la fuerza laboral informal, además de movilizarse contra las barreras a la inmigración” (Srnicek y Williams, 2015: 203). Curiosamente, en su crítica a los denominados “nuevos movimientos sociales”, categoría que en el debate político suele designar a las luchas no centradas en la tradicional preeminencia de clase (movimientos feministas, de géneros, ambientalistas, antirracistas, anticolonialistas), Srnicek y Williams evalúan que “mucho del éxito de los nuevos movimientos sociales está confinado dentro de los términos hegemónicos establecidos por el neoliberalismo, articulados alrededor de demandas centradas en el mercado, derechos liberales y una retórica de la elección” (Srnicek y Williams, 2015:27), pero no advierten la eficacia que estos movimientos han demostrado para imprimir una marca indeleble sobre cualquier proyecto alternativo a la hegemonía neoliberal, sin resignar por ello a su propia agenda de demandas.

Este intento por fijar la esencia de la alternativa la hegemonía neoliberal en una utopía post-laboral promueve una discusión sobre los posibilidad de que el aceleracionismo derive en nuevas formas de imposición a la vitalidad de los movimientos sociales, que no tienen por qué encontrar complementariedad entre sus demandas y el imaginario post-capitalista, en especial por la agenda política que de él se deriva (plena automatización del trabajo, ingreso básico universal). El argumento de Srnicek y Williams asume que hay una suerte de característica fundamental en el “post-trabajo” que lo habilitaría como articulador intrínsecamente progresista. Se trata, en definitiva, de una nueva remisión de “lo político” al ámbito de “lo económico”, en la creencia de que “lo económico” garantiza una acción política emancipatoria.

Sin embargo, existen buenas razones para pensar que la utopía del post-trabajo y la propuesta de un ingreso básico universal no son el reaseguro que los aceleracionistas prometen. Por el contrario, se trata de una demanda que puede ser capturada por la actual hegemonía neoliberal. 

Un examen del principal argumento de Srnicek y Williams en favor de la plena automatización permite descubrir que la ortodoxia económica ejerce una influencia decisiva sobre la corriente aceleracionista. Esto se manifiesta como un problema en tanto la narrativa del cambio tecnológico que los aceleracionistas asumen resulta conveniente a los intereses de las élites beneficiadas por la hegemonía neoliberal. En la sección siguiente se intentará llamar la atención sobre este aspecto, con un argumento que puede resumirse del siguiente modo: el desempleo no es una tendencia necesaria ni deseable, sino una consecuencia de las políticas de empoderamiento del rentista y de austeridad fiscal.

Una narrativa ortodoxa del capitalismo

El punto de apoyo que Srnicek y Williams levantan en favor del ideario de una sociedad post-laboral es su referencia a una literatura que adjudica al capitalismo una tendencia indeclinable a la automatización y, como consecuencia de ello, a la destrucción de puestos de trabajo. Como los autores afirman: “la crisis del trabajo que el capitalismo enfrenta en los próximos años y décadas es la falta de trabajos formales o decentes para un número creciente de la población proletaria” (Srnicek y Williams, 2015: 112). 

Este relato del desempleo tecnológico goza de una excepcional difusión en el ámbito de discusión de las políticas públicas, incluso más allá de los aceleracionistas. Prácticamente no hay semana en la que los principales medios de comunicación de los países centrales dejen de publicar columnas de opinión sobre el “fin del trabajo”, generalmente con el corolario de un ingreso básico universal como propuesta de política. 

A pesar de su extendida difusión, la narrativa del desempleo tecnológico tiene tanto una evidencia empírica extremadamente débil como una notoria falta de consistencia teórica. El principal insumo de los divulgadores del “desempleo tecnológico” es Frey y Osborne (2013), cuya metodología consistente en evaluar el tipo de habilidad requerida para un espacio de tareas y la probabilidad de que una máquina pueda realizar esa tarea dado cierto ritmo de avance tecnológico.  Como conclusión de ese estudio, se afirma que "la mitad del trabajo será prescindible en veinte años”.

Dos motivos invalidan ese razonamiento. Por una parte, la disponibilidad de una nueva técnica de producción es condición necesaria, pero no suficiente, para su implementación. En la medida en que la producción capitalista sea analizada bajo la lógica de la competencia, para que una nueva técnica sea adoptada ésta debe ser evaluada como menos costosa que la técnica en uso (Sraffa, 1960: 81). Una técnica diferente a la actual sólo será aplicada si existe una expectativa sostenida de obtener un beneficio mayor para un nivel dado de salarios y, a la larga, son esas las técnicas que tienden a prevalecer. Por lo tanto, concluir que una técnica de producción en particular será conveniente implica realizar algún supuesto exógeno sobre una de las dos variables distributivas inversamente relacionadas: salario real o tasa de interés. En la medida en que el análisis se restrinja a un país y alguna de las técnicas requiera mercancías importadas o haya importaciones de bienes finales, también se requerirá un supuesto adicional sobre tipo de cambio. En términos más concretos: ¿qué es más beneficioso para un capitalista? ¿producir con cierta cantidad de trabajo y cierto tipo de máquinas, o producir con otra cantidad diferente de empleados y otro tipo de máquinas, o bien deslocalizar parte de la producción, o bien importarla? Responder esa pregunta significa resolver el conflicto distributivo por adelantado, de modo que la inferencia del argumento del desempleo tecnológico no sólo implica asumir una predicción sobre el ritmo y la dirección del cambio tecnológico (algo de por sí cuestionable), sino también sobre el nivel relativo de salarios (o de tasa de interés) y de determinación del tipo de cambio para un período suficientemente extenso como aquel en el que la sustitución de técnicas se produce.

Por otra parte, la narrativa del cambio tecnológico nada dice acerca de las intensidades relativas en el uso del trabajo por parte de los distintos sectores productivos. Una sustitución de técnica en un sector productivo típicamente generará una demanda adicional de insumos en otros sectores. El resultado de este proceso es ambiguo: no hay razón para suponer que la destrucción de empleo de los sectores donde el trabajo se sustituye será necesariamente mayor a la creación de trabajo de los sectores proveedores de insumos y/o bienes de uso.

Otro inconveniente del argumento del “desempleo tecnológico” es que no da cuenta de las posibles variaciones en el nivel del producto de la economía. En un caso extremo en que la ganancia de productividad derivada de la introducción de una técnica menos costosa sea apropiada enteramente por los capitalistas, éstos podrían incrementar su consumo de bienes y servicios, generando mayor demanda de trabajo. El efecto será mayor en la medida en que los trabajadores participen de ese incremento en la productividad, ya sea mediante mejoras de salarios nominales en algunos sectores innovadores o mediante una mejora de sus salarios reales en general (si la técnica se difunde y el beneficio extraordinario del capitalista cae hasta la tasa de beneficio normal, los bienes se abaratan relativamente).

Una parte importante del problema del argumento aceleracionista es que los autores pretenden zanjar el debate por mera suposición, sin atender a la producción teórica y empírica de los economistas heterodoxos que han dedicado desarrollos específicos a este debate. Si bien este divorcio disciplinar entre teoría política y teoría económica es frecuente en las posiciones progresistas (no así entre el mainstream y el conservadurismo), la liviandad con la que los aceleracionistas fijan su posición es llamativa dada su propia convocatoria a una Mont Pelèrin Society de la izquierda, que explícitamente se manifiesta en favor de una mayor compenetración de la discusión política con la producción de la economía heterodoxa (y viceversa) (Srnicek y Williams, 2015: 182).

Se puede advertir hasta qué punto lógica económica de los autores aceleracionistas se encuentra capturada por el mainstream, en la medida en que el razonamiento es conducido por una teoría de los precios como resultado de la oferta y demanda, las cuales deben explicarse a su vez como el resultado de una maximización marginal de utilidad de productores y consumidores. La economía heterodoxa, por el contrario, sólo considera los desvíos transitorios de los precios de equilibrio como resultados de excesos de oferta o demanda, pero los niveles relativos de precios se explican, dada la técnica, por la lucha de clases, en la medida en que se utilizan nociones de precios de producción con variables distributivas exógenas.

Del mismo modo se puede advertir que los autores aceleracionistas razonan en términos de la ortodoxia económica cuando manifiestan su concepción del ciclo económico: “en mayor medida, el tamaño de este excedente [de población sin empleo] se expande y contrae en tándem con los ciclos económicos. Ceteris paribus, en tanto las economías crecen, los trabajadores son empujados de la población excedente al trabajo asalariado, el nivel de desempleo cae y el mercado de trabajo se ajusta. En cierto punto, sin embargo, la demanda económica cae, los salarios empiezan a extraer parte de la ganancia o los trabajadores se vuelven políticamente demasiado ambiciosos. Por razones de ganancia o inflación o simplemente para volver a ganar poder político sobre la clase trabajadora, se desatan los despidos” (Srnicek y Williams, 2015: 107).

En la cita anterior sobresale la causalidad eminentemente ortodoxa que los autores adjudican al proceso de acumulación. No son, en su visión, los salarios altos los que impulsan el crecimiento de las economías, sino que las economías crecerían “por el ciclo” y eso afectaría el nivel de salarios. Pero nada explica cuál es la fuente que genera el ciclo: en sus términos, “las economías crecen” y “en cierto punto la demanda cae”. Acaso se podría suponer, concediendo alguna forma de consistencia a su argumento, que el ciclo es provocado por shocks tecnológicos exógenos y que la causalidad va del shock tecnológico al producto y de allí a la demanda de trabajo. En todo caso, esa explicación podría resultar consistente dentro de sus premisas, pero no invalidaría ninguna de las críticas al supuesto de desempleo tecnológico que se han presentado en esta sección. 

Hay algo aún más relevante para el punto que se pretende marcar aquí. La argumentación aceleracionista no parece de ningún modo satisfactoria para un pensamiento que pretende dialogar con la heterodoxia económica. Su punto de apoyo en definitiva, recurre a validar el supuesto neoclásico/ortodoxo de que hay un salario de equilibrio, en rechazo a la visión clásico/heterodoxa que considera que el salario se determina en la lucha político-social y no existe, por lo tanto, un mercado de trabajo como existen mercados para las mercancías en general.

Sobre las aproximaciones empíricas al desempleo tecnológico

Antes de pasar a una explicación alternativa sobre las razones de la actual crisis de empleo y el estancamiento secular del capitalismo, es necesario hacer una breve digresión para comentar otra serie de argumentos, de fundamento empírico, que tienden a sostener en la actualidad la narrativa del “desempleo tecnológico”. Si bien se trata de una literatura posterior a la aparición del libro de Srnicek y Williams  , la alta jerarquía de sus autores en el campo de la academia mainstream y el hecho de que respondan a las fallas teóricas de la vieja narrativa de Frey y Osborne (2013) ameritan una discusión especifica.

Acemoglu y Restrepo (2017) evalúan el efecto de la robotización en el empleo industrial para EEUU entre 1990 y 2007 (realizando inferencias para extender los datos locales a un alcance nacional). El principal hallazgo del paper muestra una alta tasa de pérdida de empleo (cada robot/1000 trabajadores redujo en 0,34 pp la tasa de empleo), pero con bajos órdenes de magnitud (40.000 empleos perdidos por año para una economía con 12 millones de puestos industriales). Además, sus resultados solamente aplican para robots, definición de máquinas no sólo automáticas, sino también reprogramables. Extendiendo la evaluación a otras formas de automatización, la relación de la automatización no robótica con el empleo ha sido neutral o positiva, de modo coincidente con la crítica que aquí se ha trazado al argumento del desempleo tecnológico.

El trabajo de Autor y Salomons (2018) es otro de los hitos recientes en la literatura empírica mainstream. Los autores evaluaron efectos directos e indirectos del cambio tecnológico para diecinueve economías de países centrales y encontraron que el efecto neto agregado ha sido positivo en términos de empleo, a pesar de los altos efectos negativos directos a nivel industria. Otros trabajos que coinciden en la inexistencia del “desempleo tecnológico” a nivel agregado sí han encontrado cierta evidencia en favor del crecimiento de empleos de baja y alta calificación, en simultáneo con la estancamiento o la pérdida de empleos de calificación media (Autor et al., 2015; Graetz y Michaels, 2015). 

De esta manera, el consenso en el mainstream señala que el cambio tecnológico no provoca desempleo en general, sino que induce una tendencia a la polarización salarial. Acemoglu y Autor (2011) es el modelo explicativo más completo de esta causalidad. Su razonamiento es el siguiente: existen tres grandes tipos de tareas laborales, cognitivas no rutinarias (coincidentes con alta calificación), manuales no rutinarias (baja calificación) y rutinarias (cognitivas o manuales, con media calificación). La polarización salarial sería el resultado de que se expanda la demanda de tareas cognitivas no rutinarias de alta y baja calificación, mientras se contrae la demanda de tareas rutinarias, de media calificación. Debido a que cada tipo de calificación está asociada a un salario más alto por sus diferentes productividades, la polarización salarial sería el resultado del cambio tecnológico, i.e., crecen los empleos de bajos y altos salarios y decrecen los de salarios medios.

Desde una perspectiva crítica diferente a la del maisntream, Mishel y Bivens (2017) utilizan los mismos datos de la economía estadounidense que Acemoglu y Autor (2011) para refutar su hipótesis. Mishel y Bivens señalan que la causa de la polarización salarial no son los robots, como Acemoglu y Autor pretenden, sino los bajos salarios. 

Para mostrar ese punto, Mishel y Bivens indican que mientras efectivamente los trabajos de media calificación han tendido a perder participación sobre el  empleo total (del 62% en 1973 al 47% en 2010), los ratios de distribución del ingreso 50/10 y 90/50 no presentan las tendencias que deberían para ratificar la hipótesis de polarización salarial. Mientras el ratio 90/50 se ha deteriorado desde principios la década de 1970 (los salarios del decil más rico crecieron por encima de los salarios de la mediana de ingresos), el ratio 50/10 no muestra el mismo comportamiento: hay años en que mejora (principios de la década de 1970), luego empeora drásticamente (desde 1979 durante la década de 1980), compensa parcialmente en la década de 1990 y finalmente se estabiliza en un nivel mayor al del comienzo.  Todas estas variaciones en los ratios de ingresos ocurren mientras los empleos de calificación media pierden participación sobre el total del empleo de manera persistente. En definitiva: las tendencias en salarios no parecen poder ser explicadas por el “cambio tecnológico sesgado”, a diferencia de lo que el consenso mainstream sugiere, lo cual tiene sentido si se considera que los salarios reales son resultado del conflicto político – social y no de la productividad marginal de los trabajadores.

Sin pretender haber desplegado aquí una revisión extensiva de la literatura empírica, la consideración de sus principales referencias permiten sintetizar en dos puntos el estado en el que se encuentra el consenso mainstream sobre “desempleo tecnológico”: 

i) en general el cambio tecnológico ha creado tantos o más empleos como los que ha reemplazado. La evidencia empírica no indica la existencia de una tendencia general a la destrucción neta de puestos de trabajo;

ii) sí habría una tendencia a la destrucción de empleos de calificación media, lo cual explicaría las tendencias a la dispersión salarial. No obstante, la evidencia al respecto de este último aspecto no está exenta de consideraciones críticas desde la heterodoxia como las de Mishel y Bivens. En particular, que no hay muestras de un nexo entre polarización ocupacional e inequidad salarial y que la adjudicación de la tendencia de largo plazo en la polarización ocupacional al cambio tecnológico es apresurada.

Una alternativa heterodoxa

La perspectiva heterodoxa en economía considera que la demanda de empleo está fundamentalmente determinada por la demanda efectiva. Este resultado puede pensarse como un corolario de la separabilidad analítica de la determinación del volumen de producto social respecto de la distribución de ese producto (Garegnani, 1984). El análisis es secuencial: dadas las técnicas de producción, cierto nivel de demanda determina la cantidad de trabajo empleada, a diferencia de lo que ocurre en el caso estándar neoclásico, bajo el cual se resuelven de modo simultáneo los precios y las cantidades, de modo que el nivel de empleo se explica por el nivel de salarios (donde un salario superior a la productividad marginal del trabajo implica desempleo). Por el contrario, la relación entre salario y empleo que la heterodoxia considera cuanto trata el problema de las cantidades es, en general, la inversa: una distribución del ingreso más progresiva (regresiva) tiende a provocar un efecto positivo (negativo) sobre la demanda efectiva, incrementando (reduciendo) la cantidad de trabajo demandada.

La insuficiencia de demanda no sólo es un marco explicativo para el desempleo en el corto plazo, donde la inversión y ahorro pueden diferir, sino también en el largo, donde la inversión es igual al ahorro. La teoría del crecimiento “tirado por la demanda” extiende el principio de la demanda efectiva ya sea mediante una relación positiva entre la inversión y la utilización de la capacidad instalada (variante neo-kaleckiana iniciada por Rowthorn, 1982), o bien entre la inversión y el consumo autónomo, es decir, el gasto que no es financiado por salarios ni crea capacidad instalada directamente (variante del supermultiplicador, Serrano 1995). Esto significa que así como una distribución más progresiva del ingreso tiende a promover el empleo y el crecimiento, una distribución más regresiva puede provocar el efecto inverso.

¿Qué ocurre cuando se introduce el cambio tecnológico en este marco analítico? La incorporación de nuevas técnicas ahorradoras de trabajo puede ser contrarrestada por cuatro factores. No es necesario que uno por sí solo contrarreste el efecto inicial, sino que todos ellos pueden combinarse con distintas intensidades: 

i) que los salarios se incrementen al menos en la misma proporción que las ganancias, apropiándose en parte igual o mayor de la mejora en la productividad; 

ii) que el consumo autónomo no expanda la demanda efectiva compensando su caída inicial;

iii) que la introducción de una nueva técnica acelere la amortización de los bienes de uso existentes, induciendo así una mayor inversión e incrementando la demanda de empleo;

iv) que la introducción de una nueva técnica no provoque una demanda de insumos o bienes de uso con mayores requerimientos de empleo.

En definitiva, el efecto de un incremento en la productividad del trabajo sobre el crecimiento y sobre el empleo es ambiguo y depende, para un nivel dado de salario, de las condiciones técnicas de las técnicas alternativas (los requerimientos directos e indirectos de producción de los bienes). Dados esos escenarios particulares, el efecto final también depende de la decisión política de no expandir la demanda de trabajo. Por ponerlo de un modo más claro: sólo puede decirse que el cambio tecnológico provocará desempleo si se trata de un tipo de sustitución técnica muy general y simultánea y si se asume que los trabajadores no participarán de las ganancias ni torcerán a su favor la política estatal.

El marco teórico heterodoxo que aquí se ha presentado permite introducir a los trabajos económicos de periodización del capitalismo, con el objetivo de discutir el problema en su especificidad histórica. La combinación de ambas literaturas ofrece una explicación alternativa a la narrativa dominante de desempleo tecnológico.

En los estudios de historia económica, neoliberalismo designa en simultáneo tanto al período iniciado a mediados de la década de 1970 como al pensamiento colectivo que lo propició, a través de la hiperstición de su concepto de libertad. En esa visión  à la Mont Pelerin, se entiende la libertad en un sentido negativo, de libertad como no imposición, y al mundo como una colección atomizada de individuos que aspiran a maximizar su utilidad. Por medio de esta concepción, la hegemonía neoliberal se constituyó sobre tres puntos de quiebre institucional: 

i) la atomización de las organizaciones de trabajo y la transición hacia un modelo de negociación individual de salarios y condiciones laborales, lo cual disoció la evolución del salario real medio respecto de la productividad (Bivens et al., 2013); 

ii) el “comercio libre”, que paradójicamente estableció reglas estrictas de comercialización tendientes a consolidar una división internacional del trabajo más inequitativa, revirtiendo la mayor parte de los procesos de industrialización de la periferia, en simultáneo con una tendencia a la jerarquización de firmas monopólicas u oligopólicas (Ha-Joon Chang, 2003);

iii) el comienzo de un régimen de desregulación financiera, posibilitado por el fin del acuerdo de Bretton Woods, que impuso la libre movilidad de capitales como norma (Duménil y Lévy, 2004) y estimuló la innovación en activos financieros, lo cual impulsó un ciclo de acumulación liderado por la deuda (Crotty, 2009).

Este último aspecto es de especial interés, por haber provocado las transformaciones más intensas en el modo de regulación del capital. El desacople entre el sector real y el financiero dio lugar a un patrón especial de acumulación financierizado, en tanto el principio de “maximización de valor del accionista” se ha convertido en la norma que organiza la actividad de las firmas y que incluso se impone sobre la soberanía estatal, por medio de la protección de los derechos privados de los inversores privados, acreedores de las deudas soberanas (Palma, 2009).

El panorama que el neoliberalismo ofrece es una “venganza del rentista” respecto al período que lo precedió, marcado por la contención de sus intereses, entre la posguerra de la 2da Guerra Mundial y la década de 1970. El resultado del triunfo neoliberal ha sido una nueva configuración de fuerzas entre las élites y las clases populares en general, tanto en las relaciones de mediación directa (desvinculación entre salario y productividad) como indirecta (reorientación de la acción estatal y para-estatal en favor del poder del rentista).

Este punto de vista históricamente fundado contrasta con la narrativa ortodoxa del desempleo tecnológico. Mientras la perspectiva neoclásica, acríticamente asimilada por los autores aceleracionistas, encuentra que el cambio tecnológico es causa del desempleo y de la creciente inequidad (acaso como parte necesaria de una “fase del ciclo capitalista”), la perspectiva heterodoxa llama a revertir el foco de atención. Las causas del desempleo y de la pauperización son los bajos salarios reales, la creciente inequidad de ingresos y las medidas de austeridad fiscal, es decir, las implicancias de la política generalizada de “venganza del rentista” que caracterizan al neoliberalismo.

Lo que se ha expuesto hasta aquí permite reconsiderar la propuesta política del aceleracionismo de constituir a la agenda del ingreso básico universal como nuevo eje articulador de las posiciones progresistas. No hay nada en la plena automatización que lleve a cuestionar los tres pilares de la hegemonía liberal. Lejos de establecer una suerte de reaseguro contra la frustración de los movimientos populistas, la imaginería del post-trabajo podría imprimir un giro obsecuente a los proyectos políticos que se proponen desafiar la hegemonía neoliberal, trasladando el eje de atención de la desregulación laboral, comercial y financiera a una agenda política condescendiente con las élites.

Esta cuestión merece ser ponderada en virtud la excepcionalidad de la crisis de 2008, cuyo origen se produjo en el propio núcleo de acumulación financiera y de allí se expandió tanto en la esfera financiera global como en la de la economía real. Duménil y Levy (2011) señalan que no se trata de un episodio derivado de una caída en la tasa de ganancia, sino de una crisis de carácter estructural, solamente comparable con la Gran Depresión, en la medida en que su resolución exige al capitalismo transformaciones relevantes. Sin que se haya delineado todavía un nuevo modo de regulación, las novedades políticas (crisis de las socialdemocracias europeas, resurgimientos independentistas, renovación política en los EEUU, reconfiguración del comercio internacional y los grandes acuerdos internacionales, etc.) muestran un definitivo apartamiento del marco general de gran moderación frente al orden neoliberal, que había estado caracterizado por la creencia de que su hegemonía era inquebrantable. 

En este contexto, la promoción de un “MPS de la izquierda” encontrará un terreno más adecuado en el desmantelamiento de los pilares que han sustentado la hegemonía neoliberal antes que en una salida “por la tangente”, articulada en torno al post-trabajo (“la base material del neoliberalismo no necesita ser destruida”, Srnicek y Williams, 2013). La imaginería utópica de un mundo plenamente automatizado ha cuajado en una agenda de un ingreso básico universal, que por sí misma no implica ningún cuestionamiento a la entronización del poder del rentista. 

Por el contrario, el principal argumento en favor de una política de IBU es el “desempleo tecnológico”, una narrativa condescendiente con el poder rentista, que es esgrimida por las élites de los países centrales como respuesta a las demandas irresueltas la hegemonía neoliberal. Así como Trump y Boris Johnson culpan a los inmigrantes por los problemas de empleo y ingresos, culpar a los robots se ha vuelto una forma en la que las élites pueden pasar por alto la importancia decisiva de las políticas de austeridad, de ataque a los derechos laborales y de desregulación generalizada de los flujos financieros y comerciales.

Este señalamiento merece un comentario respecto a la crítica inicialmente dirigida a los autores aceleracionistas, acerca de que la insistencia en el post-trabajo era una suerte de “esencialización” del populismo. El argumento aquí desarrollado pretende mostrar que los fundamentos y la atención del post-trabajo están generalmente mal dirigidos y que son otros los articuladores que efectivamente podrían ser decisivos en la construcción de una nueva hegemonía. Sin embargo, no debería deducirse de aquí la pretensión por jerarquizar una demanda en particular ni por promover una designación específica del conflicto. Si ese antagonismo se conduce de algún modo, será la propia vitalidad de los actores la que resuelva cómo.

Existen diversas variantes de alternativa al neoliberalismo. Un jubileo moderno, la regulación estricta del sistema financiero, la reconsideración del valor social de la economía reproductiva, un plan de desarrollo económico, la extensión de los derechos humanos, la movilización de recursos en torno a un enfoque de misiones. Todas estas variantes se inclinan hacia el desmantelamiento del poder de las élites y al reemplazo de los pilares neoliberales por una nueva hegemonía. Que alguna de esas demandas prepondere no excluye a las otras, aunque es inevitable que alguna de ellas provoque una diferente jerarquización de los actores integrantes del bloque contrahegemónico, lo cual marcará la pauta de una eventual hegemonía futura. Esto devuelve preguntas ineludibles para el aceleracionismo, una corriente intelectual cuyos principales proponentes son profesores universitarios y cuentapropistas: ¿qué actores se verían más privilegiados que otros al aceptar que el post-trabajo sea el eje articulador? ¿qué sectores quedarían dentro y fuera de esa articulación?.

Una respuesta no moralizante a la utopía post-laboral

El objetivo de este artículo ha sido exponer que el supuesto del desempleo tecnológico entraña una visión política tendiente a validar antes que a cuestionar la entronización del rentista. Fundado sobre esa premisa, el aceleracionismo se sitúa, en el contexto de crisis del neoliberalismo, más próximo a una agenda política de conciliación que de socavamiento a los pilares de la hegemonía neoliberal. 

A pesar de ello, podría argumentarse que un futuro post-laboral es una alternativa deseable, aún si no fuera la única alternativa posible. Ésta es la justificación de otro proponente radical del ingreso básico universal, el antropólogo anarquista David Graeber. Su caso es interesante porque no alega su imaginería post-laboral en una presunta necesidad de coherencia política por parte de los movimientos sociales. Su argumento a favor del ingreso básico universal es que el capitalismo ha creado millones de “trabajos de mierda”, parasitarios, algunos incluso muy bien remunerados, pero que no contribuyen en la más mínima medida al valor social. Esos trabajos bien podría desaparecer sin que nadie lo note, salvo porque constituyen una necesidad para las clases dominantes. El ocio sería un revulsivo social, mientras que el trabajo asalariado sería un disciplinador.

Graeber tiene un punto interesante al que los aceleracionistas no han dedicado suficiente atención: la moralización del trabajo. Existe una consideración moral del trabajo como un bien en sí mismo, aún cuando se trate de trabajos prescindibles, de valor social nulo o negativo. Para el orden social actual es más conveniente que el trabajador pierda el tiempo haciendo tareas inútiles o haciendo de cuenta que se ocupa algo, siempre que lo haga bajo una lógica disciplinar, antes de que simplemente reciba el dinero y tenga el tiempo libre para desarrollarse en alguna clase de acción que sí pueda ser socialmente valorada, como el trabajo reproductivo, la producción de arte, ciencia, etc.

La propuesta de ingreso básico universal de Graeber se presenta como una contraposición tanto con la realidad capitalista de los “trabajos de mierda” como con las experiencias soviéticas de pleno empleo, en las que cuatro empleados atienden a una sola persona en un almacén público (Graeber, 2018). Nada sería peor que “enterrar dinero para que alguien lo busque”. Su visión del ingreso básico universal es que promueve la subversión moral, al pasar de una jerarquización social del deber de acatar órdenes durante la jornada laboral a una jerarquización de la producción de valor social.

No está dentro del propósito de este artículo discutir extensamente el planteo Graeber, pero su punto es relevante porque muestra lo que una crítica a la utopía post-laboral no debería ser. Existe un debate abierto entre la propuesta de un ingreso básico universal vs. la propuesta de un estado como empleador de último recurso o “garantía de trabajo”. Algunos de los argumentos de este último enfoque en contra del ingreso básico universal aluden a razones como las que critica Graeber: que es mejor que el Estado dé trabajo antes de que transfiera incondicionalmente el dinero, porque el trabajo mejora “la salud física y mental, profundiza acumulación del capital humano de los individuos, fortalece los resultados educacionales y laborales de los demás miembros de las familias” (Tcherneva, 2012:59)

Un mal argumento contra la propuesta de ingreso básico universal no elimina lo que pueda tener de cierto todo lo que aquí se ha intentado expresar. El ingreso básico universal, a pesar de que pueda estar fundado en una a-moralización del trabajo, no deja de ser una agenda condescendiente con la hegemonía neoliberal. Más importante aún, existen incontables alternativas a la utopía post-laboral que no sólo no involucran criterios de valoración moral del trabajo, sino que también cuestionan la lógica actual de producción y distribución desde paradigmas novedosos. 

Por nombrar un caso, la garantía laboral puede ser combinada con políticas de innovación con enfoque de misiones. Su premisa es que no sólo es importante considerar la tasa de crecimiento de una economía, sino también su dirección. Las misiones involucran la movilización masiva de recursos a través de diversos sectores de la economía, con la orientación a innovar en la resolución de una prioridad social específica (Mazzucato, 2017). Así como muchas de las grandes misiones exitosas delinearon el modo de acumulación en torno a problemas de bajo o nulo interés social (como las guerras o la carrera aeroespacial), una ampliación de la democracia podría jerarquizar misiones del ámbito de la salud, la educación, el medioambiente o la cultura.

El enfoque de misiones es una muestra de que las alternativas a la hegemonía neoliberal diferentes al ingreso básico universal no tienen por qué ni ser moralizantes ni una repetición del  modelo fordista o del soviético. El planteo de Mazzucato tiende a la extensión de las relaciones políticas y las acciones deliberativas al ámbito de las relaciones económicas definidas por las acciones de dominación. Como aspiración hipersticional, se trata de un desafío relevante a la base de “libertad de mercado” sobre la cual se asienta la hegemonía actual. A diferencia de lo que ocurre con la movilización alrededor de la demanda de un ingreso universal, el enfoque de misiones rompe con la lógica de atomización individual y plantea una discusión acerca del qué y cómo se produce. La simpatía de la utopía post-laboral con el neoliberalismo también se manifiesta en estas carencias.

Conclusiones

Los aceleracionistas han presentado a los movimientos sociales y políticos la invitación a articular una nueva hegemonía en torno al eje del post-trabajo, con el reclamo de un ingreso básico universal como agenda más inmediata. Pero la movilización de los esfuerzos intelectuales y políticos progresistas con esa perspectiva es un innecesario gesto de obsecuencia con la hegemonía neoliberal. 

Buena parte de esa docilidad se explica por la orfandad conceptual de los aceleracionistas en materia de literatura económica, que los ha llevado a asimilar una narrativa ortodoxa del cambio tecnológico. Ese enfoque distrae la responsabilidad de las élites sobre los problemas de desempleo e inequidad y presenta como solución una medida que no altera los pilares de la actual hegemonía: la pérdida de derechos de los trabajadores, la desregulación comercial y la desregulación financiera.

La crisis neoliberal reclama todo lo contrario. Para revertir la venganza que el poder rentista se ha cobrado desde la década de 1979 son necesarias una mayor organización laboral, una reconfiguración de los patrones de especialización comercial y productiva y y una nueva regulación financiera. Eso no remite a una concepción del trabajo como un deber ni apela a una recrear anacrónicamente viejas formas de hegemonía. Los términos de la articulación serán definidos por la vitalidad de las fuerzas enfrentadas al neoliberalismo.

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