Martín Mosquera

7/01/18

Introducción

Los eventos se suceden con rapidez. Reconstruyamos con cierto detenimiento, entonces,  las características del cuadro político actual. El 22 de octubre Cambiemos obtuvo un triunfo electoral contundente. Con este reforzamiento se propuso finalmente dejar atrás el "gradualismo" precedente (al menos en los términos que conocimos) e intentar el pasaje hacia su "etapa programática". Se habló entonces del "cambio cultural", del "ahora o nunca" y se presentó al Parlamento un paquete de leyes que iniciaban el periodo de las "reformas estructurales". El gobierno entrando en una fase de aceleración descarta la hipótesis de que el gradualismo de los primeros dos años pudiera ser la medida de una forma de gobernabilidad hegemónica para una derecha posible. Se trató, más bien, del impulso necesario para intentar el "gran salto adelante".

El cambio de fase parece indicar también un cambio de táctica respecto al movimiento de masas. Ya no tendremos, en lo esencial, tanta susceptibilidad a la reacción popular ni tanta redefinición de políticas al compás del pulso social. El gobierno se propone ahora embestir de frente contra la resistencia popular. Necesita infringir una derrota que le permita desmoralizar al movimiento social y entrar en una fase más despejada para la aplicación de sus políticas. A sabiendas de que no opera sobre el terreno fértil de una gran derrota social que lo preceda, el gobierno necesita generarla desde el Estado. Para tomar ejemplos clásicos, precisa lo que la derrota de la "huelga minera" fue para el despliegue del neoliberalismo en Gran Bretaña o lo que el fracaso de todas las luchas del ciclo 89-91 (ferro­viarios, telefónicos, obreros de SOMISA, entre otros)  fueron para Menem en su tránsito hacia la estabilidad y el amplio consentimiento social del plan de convertibilidad. 

 

Apuntes a diciembre de 2017

Ilustración: Jalinski

Instagram: /_jalinski_ 

Tumblr: jalinski.tumblr.com

Gabriela Mitidieri

Facundo Nahuel Martín

 

Introducción

Escribimos estas líneas a partir de una inquietud: ¿cómo atraviesan las cuestiones de género a la política en general? Incluso: ¿cómo se cruzan el deseo y la sexualidad en la política? ¿Sobre qué inconfesables anhelos se montan las articulaciones hegemónicas? ¿Qué vericuetos húmedos de los cuerpos son interpelados en los proyectos de sociedad con capacidad de imponerse y estabilizarse? Hemos discutido en varias ocasiones la tarea estratégica de transversalizar la perspectiva de género al conjunto del activismo anticapitalista. Esto implica trabajar para despatriarcalizar todos los ámbitos de intervención política, pero también supone (y en esto vemos, tal vez, un poco más de dificultades en lo acumulado hasta el momento) a) que más compañeras y subjetividades no heteronormadas puedan tomar roles de dirección política general (no sólo roles protagónicos en espacios específicos de activación feminista y LGBT, sino en la dirección de todos los frentes de la lucha social y política); b) que la perspectiva de género esté presente transversalmente en nuestros análisis de la realidad social y política en la que intervenimos. En relación a esto último: si creemos que entre capitalismo, heteronorma y patriarcado hay una relación no contingente ni de completa exterioridad, se impone aprender a leer la coyuntura general en términos atravesados por el género. Hacemos al respecto una aclaración adicional: no se trata solamente de comprender mejor la coyuntura específica de la militancia feminista y disidente. Se trata de atravesar por el género y la sexualidad a la política general.

¿Cómo atraviesan las cuestiones de género a la lucha de clases en Argentina 2017? ¿Cómo se dan las articulaciones hegemónicas, las luchas sociales, los proyectos de dominación y de resistencia? Esto, que a falta de un nombre mejor llamamos todavía “política sexual”, articula las formas de construir el género y de habilitar o reprimir prácticas y deseos, conformando algo como un “lado b” de la política de la izquierda, como esa dimensión parecida a la nuestra pero oscura y pegajosa de Stranger Things. Estamos habituadxs a hablar de intereses objetivos, a asumir que las clases son sujetos de interés que militan para su propia conveniencia histórica. Y, cuando la clase no hace lo que creemos que le conviene, asumimos que lo que falla es su conciencia: no saben cuáles son sus intereses verdaderos. Sin descartar ese modo de leer, vamos a yuxtaponerle otro: pensamos que toda política general censura o habilita, refuerza o reprime, deseos y prácticas sexuales, identidades y subjetividades. No se trata sólo de la conciencia sino también del deseo. El género y la sexualidad son una contracara muchas veces no pensada, no enunciada pero operativa, de la política hegemónica. Después de todo, no hay conducción política que no hable a la gente de sus anhelos, de sus aspiraciones más o menos íntimas, de sus fantasías confesables o no.

La construcción de hegemonía trasciende siempre los límites estrechos de un interés de clase en términos economicistas: se enuncia siempre desde pretensiones de universalidad, es decir, como un proyecto para conducir al conjunto de la sociedad bajo una representación o dirección dada. Los proyectos sociales con capacidad de dirección, con capacidad de estructurar lo que Gramsci llama una “voluntad nacional-popular” (una voluntad que interpele y articule a toda la sociedad bajo una orientación política) siempre van más allá de los intereses económicos estrechos de una clase dada y articulan modos de construcción de las subjetividades.

Lo anterior incluye, por fuerza, también la sexualidad, el deseo y el erotismo. Basta dar un ejemplo para comprender esto. Es difícil hablar de hegemonía para caracterizar un gobierno no electo democráticamente como el de Temer. Sin embargo, es claro que el proyecto de poder de la derecha brasilera tiene claras connotaciones reaccionarias con respecto al género. Desde el regreso a la patologización de la “homosexualidad” hasta las agresiones contra la visita de Judith Butler, en el Brasil post golpista se han profundizado pulsiones políticas abiertamente reaccionarias, especialmente en la persecución del colectivo LGBT. En cambio, en Europa se da una situación novedosa. Ya no sólo vemos a una fracción del neoliberalismo aliándose con parte del colectivo LGBT, sino a la propia nueva derecha nacionalista, islamófoba y anti-inmigrante, haciéndolo. En esta alianza se atraviesa una construcción de la figura delx otrx (árabe, migrante, etc.) como unx “atrasadx cultural” y por ende unx intolerante sexual. La alianza entre la derecha nacionalista y una parte del colectivo LGBT responde a esa construcción de la otredad (especialmente árabe) como inepta para la convivencia democrática en una sociedad pluralista. En suma: en contextos diferentes, la política sexual y la política “general” se entraman de diversas maneras. O mejor: toda política “general” implica una articulación de la política sexual, del erotismo, de los disfrutes permitidos y prohibidos en los cuerpos.

La nueva derecha argentina, encarnada en la alianza Cambiemos, ha sabido articular también una política sexual para su agenda hegemónica. A diferencia de su contraparte brasilera, esta derecha  llegó al gobierno por la vía electoral y debió aprender a construir consensos sociales amplios mientras ataca los intereses de la clase trabajadora y los sectores populares. Esto implica saber leer la capacidad de respuesta de las clases oprimidas, ceder y retroceder cuando su capacidad de hegemonía se pone en riesgo, pero también articular una perspectiva global para la sociedad donde las políticas que favorecen a la clase dominante se presenten a la vez como parte de una tendencia modernizadora, que abre horizontes de futuro e incluso que pluraliza las formas de vida en común. En ese marco, y de modo más claro en la Ciudad de Buenos, el macrismo desarrolla una política abiertamente gay-friendly donde la agenda liberal de promoción de los negocios y apertura a las inversiones extranjeras se presenta como una fuerza de progreso que pretende ampliar las posibilidades de libertad (entre otras cosas, sexual y afectiva) de las personas. El ciclo de negocios “Buenos Aires Diversa”, impulsado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Cámara de Comercio Gay Lésbica Argentina en agosto de este año, reunió aspiraciones económicas (constituir a la ciudad en un gran centro de atracción de turismo internacional LGBT) y políticas (mostrar a la derecha gobernante como una fuerza democrática, modernizante y pluralista). Sabemos que el capitalismo, si bien supone históricamente la heteronorma familiarista en la lógica de reproducción de la fuerza de trabajo, también es extremadamente flexible en su capacidad para mercantilizar ámbitos de la vida, consumos y deseos de los más diversos. Esto incluye la mercantilización del deseo no heterosexual, la construcción de industrias LGBT y la articulación de circuitos de consumo turístico y cultural ligados a ella. Hoy se da una tendencia global (al menos en Occidente) a la asimilación del deseo no heterosexual a los canales de consumo, con la construcción de una fuerza de trabajo no siempre heterosexual ni masculina (aunque donde los varones heterosexuales blancos siguen teniendo más posibilidades en la competencia). En ese contexto global, el pinkwashing (o lavada de cara de agendas de derecha vía feminismo liberal o consignismo gay-friendly) y la normalización mercadológica de la sexualidad no hetero son partes importantes de la agenda hegemónica y del proyecto de gobierno del macrismo, al menos en los distritos “blancos” que se quieren culturalmente más internacionalizados y modernizados.

No obstante, la política que se da el macrismo hacia el colectivo LGTB no es uniforme, porque tampoco es uniforme el colectivo. Lo LGTB no existe como abstracción sino impregnado con marcas de clase, raciales, trayectorias migrantes, etc. Así, lo gay-friendly en el contexto de Cambiemos encuentra rápidamente su límite cuando el sujeto interpelado ya no es un varón gay blanco de clase media-media alta con capacidad de consumo. Baste citar el accionar de las fuerzas policiales en CABA frente a una pareja de lesbianas en Constitución y el ensañamiento particular que hubo sobre una de ellas, Mariana Gómez, torta chonga, laburante. El mismo barrio en el que cada noche una compañera trans-travesti es hostigada por la policía, hasta terminar recurrentemente en el calabozo. A la demanda de cupo laboral trans, Cambiemos contesta con un protocolo de detención específico que respete las identidades LGTB. Sumemos también los avales tácitos a la homofobia y misoginia de autoridades eclesiásticas como Monseñor Aguer, los dichos de Michetti en contra de la adopción homoparental, la patologización de las identidades LGTB en discursos previos a ser electo por parte de Mauricio Macri.

Por Tithi Bhattacharya[1]

Traducido por Camila Baron y Facundo Nahuel Martín

La fuerza de trabajo es una mercancía que su poseedor, el trabajador asalariado, vende al capitalista. ¿Por qué la vende? Lo hace para vivir [2]

Karl Marx, Trabajo asalariado y capital

Desde su formación, pero particularmente desde fines del siglo XX, la clase obrera global ha enfrentado un desafío tremendo: cómo superar todas sus divisiones para aparecer adecuadamente en forma para combatir y derribar al capitalismo[3]. Después de que las luchas globales de la clase trabajadora fracasaran en superar este desafío, la propia clase trabajadora se convirtió en objeto de un amplio número de condenas teóricas y prácticas. Con mayor frecuencia, estas condenas toman la forma de declaraciones o predicciones sobre la caída de la clase obrera, o simplemente argumentan que esta clase ya no es un agente válido de cambio. Otras/os candidatas –las mujeres, las minorías raciales o étnicas, los nuevos movimientos sociales, un “pueblo” amorfo pero insurgente, la comunidad, por nombrar sólo unos pocos– son levantadas como posibles alternativas a esta categoría presumida como moribunda/reformista, o masculinista y economicista, la clase trabajadora.

Lo que muchas de estas condenas tienen en común es una incomprensión compartida sobre qué es realmente la clase trabajadora. En lugar de la compleja comprensión de la clase propuesta históricamente por la teoría marxista, que revela una visión del poder insurgente de la clase trabajadora capaz de trascender las categorías seccionales, las/os críticos de hoy se basan en una visión altamente estrecha de una “clase obrera” en la cual una trabajadora es simplemente una persona que tiene un tipo específico de trabajo.

En este ensayo voy a refutar esta espuria concepción de la clase reactivando intuiciones marxistas fundamentales acerca de la formación de la clase que han sido oscurecidas por cuatro décadas de neoliberalismo y por las múltiples derrotas de la clase trabajadora global. La clave para desarrollar una comprensión suficientemente dinámica de la clase trabajadora, voy a sostener, es el marco de la reproducción social. Cuando pensamos acerca de la clase obrera es esencial reconocer que los trabajadores tienen una existencia más allá del lugar de trabajo. El desafío teórico reside por lo tanto en comprender las relaciones entre esta existencia y la de sus vidas productivas bajo la dominación directa del capitalista. La relación entre estas esferas va, a su turno, a ayudarnos a considerar las direcciones estratégicas para la lucha de clases.

Pero, antes de que lleguemos allí, tenemos que empezar desde el comienzo, esto es, desde la crítica de la economía política de Karl Marx, en cuanto las raíces de la concepción de la clase trabajadora que encontramos hoy surgen en parte de una comprensión igualmente limitada de la economía misma.

 

Antoine Artous

 Con motivo de la publicación de una serie de artículos de Antoine Artous sobre la cuestión de la opresión de las mujeres en el sitio Europe solidaire sans frontiéres, inicialmente aparecidos en la revista Critique communiste en 1999, Contretemps pone a disposición de sus lectores/as uno de sus artículos, que trata sobre las relaciones entre la opresión de las mujeres y el sistema capitalista.

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Si bien el capitalismo no ha inventado la opresión de las mujeres, ha creado la familia moderna. El análisis de la misma es indispensable para la comprensión de la opresión de las mujeres en la sociedad moderna. Este tema ha estado en el centro de las elaboraciones y discusiones de quienes tuvieron la ambición de producir un análisis materialista de la opresión de las mujeres en los años 1970 y 1980.

“Opresión de las mujeres y capitalismo”: algunos/as encontrarán el título un tanto arcaico – o nostálgico, eso depende. Es un título que parece salido de un artículo escrito en los años 1970/1980. Esta resonancia es algo voluntaria. Después de todo, ese período ha conocido, en vinculación con el desarrollo del movimiento de mujeres, discusiones y trabajos que guardan toda su importancia en la actualidad.[1] Un buen testimonio de ello es la obra reciente de Christine Delphy, L’ennemi principal (Syllepse, 1998), que compila textos publicados entre 1970 y 1978. Por el contrario, La domination masculine (Seuil, 1998) de Pierre Bourdieu tiene la particularidad de silenciar todo ese trabajo. Dicha ocultación no puede dejar de ser un problema para un autor que pretende poner su conocimiento al servicio de las luchas de emancipación, dado que ignora las elaboraciones teóricas producidas en vinculación con esas mismas luchas…

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Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.