Jaime Pastor

El escenario que emerge tras el 21D no ha cambiado sustancialmente desde el punto de vista parlamentario, pero sí en cuanto al protagonismo creciente del poder judicial en la criminalización del independentismo. Sería un error de la izquierda de ámbito estatal, y de quienes se oponen a la desdemocratización y recentralización crecientes de este Estado, considerar que el conflicto que enfrenta a una mayoría de catalanes –ya que incluye no sólo a independentistas sino también a soberanistas- con el régimen les es ajeno. Están en juego también nuestras libertades y derechos individuales y colectivos.

Muchos son ya los análisis publicados sobre los resultados de las elecciones del pasado 21 de diciembre en Catalunya, pero voy a partir de los de Martí Caussa y Josep María Antentas por coincidir con gran parte de sus diagnósticos y conclusiones 1/. El título del primero, “El independentismo resiste, pero sin clarificar la estrategia”, ya era bastante expresivo y en él se ponía el acento en la derrota política del artículo 155, pero también en que “el bloque unionista y partidario del 155 se ha hecho más fuerte y agresivo”; concluía aventurando mayor incertidumbre ante la nueva etapa tras el brusco final del ciclo anterior el pasado 27 de octubre. El segundo, a cierta distancia ya del 21D, entraba más en detalle sobre los factores que explicaban el “éxito de la operación Puigdemont” con su discurso legitimista, por un lado, y el ascenso de C’s como voto estratégico anti-independentista, pero a la vez “de orden y de miedo”, por otro. Constataba también la crisis del eslogan “un sol poble” para argumentar la necesidad de una reformulación estratégica frente al persistente cierre de filas del régimen que aspire a “ligar la agenda independentista a las políticas contra la austeridad y defender un proceso constituyente compatible con un destino independentista y uno confederal”.

En efecto, pese a la aplicación completamente abusiva –y anticonstitucional, según buen número de expertos- del artículo 155  2/, al creciente acoso judicial(más de 60 causas abiertas, muchas de ellas por injustas acusaciones de delitos de rebelión, sedición y… odio) y al incesante anuncio de una mayor inestabilidad económica, la revalidación de la mayoría absoluta por el bloque independentista (a la que no son ajenas la memoria viva del ciclo transcurrido desde el 20S hasta las jornadas del 1 y el 3 de octubre y la represión desencadenada durante y después de las mismas) ha echado por tierra los planes del bloque mal llamado constitucionalista (más bien, jíbaroconstitucionalistas, como les califica el fiscal emérito Martín Pallín) y continúa poniendo de manifiesto la crisis de legitimidad del régimen y, sobre todo, del Estado autonómico en Catalunya.

 

 

Chile. Entrevista a Luis Thielemann

Por Brais Fernández

24/11/2017

 

El pasado domingo 19 de noviembre se celebró la primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas. El candidato de la derecha, el ex presidente Sebastián Piñeira, ganó la primera vuelta con el 36 % de los votos. Disputará la segunda vuelta contra Alejandro Guiller, representante del centro-izquierda. Pero la gran sorpresa fue el resultado del Frente Amplio, una heterogenea coalición de izquierdas encabezada por Beatriz Sánchez. La candidata del Frente Amplio quedó en tercer lugar, obtuvo el 20 % de los votos (quedándose a 2 puntos de pasar a la segunda vuelta) y la coalición logró 18 diputados y 1 senador, algo inédito para una fuerza antineoliberal al margen de los partidos tradicionales.

 Entrevistamos a Luis Thielemann, historiador, militante de Izquierda Autónoma (una de las organizaciones con representación parlamentaria que componen el Frente Amplio), y forma parte del directorio de la Fundación Nodo XXI.

 ¿Qué balance haces del resultado de las elecciones chilenas?

 Primero que todo, es claro que el resultado, para cualquier observador, fue una total sorpresa. Aunque visto desde hoy hubo muchos signos que alertaban de la posibilidad de una elevada votación del Frente Amplio, lo cierto es que nadie creía posible superar la barrera de los dos dígitos, pues las encuestas daban en torno al 8 % y, bueno, la historia de la izquierda de las últimas tres décadas en Chile da cuenta de que nunca se había superado dicho límite. Además, el Frente Amplio fue a las elecciones sin incluir a la más grande –en historia, número de militantes y capacidad orgánica– de las fuerzas de izquierda del país, el Partido Comunista. En esa situación, el primer balance es la sorpresa.

 El segundo balance es el desorden político que ha generado en Chile. Si el Frente Amplio buscaba alterar la armonía en la correlación de fuerza central que predominó en Chile por casi tres décadas desde los años finales de la Dictadura, aún no lo ha logrado. Pero el domingo dio un gran paso en ese rumbo: instaló la incertidumbre electoral, no solo para la segunda vuelta, sino para varios años en Chile. De esta forma, el Frente Amplio pasó de ser un actor ninguneado por las fuerzas tradicionales de la política, a ser el tercer actor político de un sistema acostumbrado a solo dos jugadores. Y no es un tercer actor cualquiera, sino uno cuyo programa se basa en las grandes luchas sociales antineoliberales de las últimas décadas, lo que en sí es subversivo, pues coloca su centralidad en posiciones sociales ante una política muy ensimismada y blindada ante intereses de clase que no sean los del gran empresariado.

Por último, fue una votación grata para el Frente Amplio, que fue acusado de elitismo por parte de la militancia comunista y socialista por su origen en campus universitarios y barrios de clase media. En los barrios más pobres de Santiago, la votación del Frente Amplio fue sorpresivamente alta, venciendo en varios casos al candidato de la Nueva Mayoría, Guillier. Esto demostró un trabajo de bases en las clases populares que tal vez por incipiente y poco espectacular, había sido invisible para muchos observadores, incluidos los de izquierda.

 

Martín Mosquera

7/01/18

Introducción

Los eventos se suceden con rapidez. Reconstruyamos con cierto detenimiento, entonces,  las características del cuadro político actual. El 22 de octubre Cambiemos obtuvo un triunfo electoral contundente. Con este reforzamiento se propuso finalmente dejar atrás el "gradualismo" precedente (al menos en los términos que conocimos) e intentar el pasaje hacia su "etapa programática". Se habló entonces del "cambio cultural", del "ahora o nunca" y se presentó al Parlamento un paquete de leyes que iniciaban el periodo de las "reformas estructurales". El gobierno entrando en una fase de aceleración descarta la hipótesis de que el gradualismo de los primeros dos años pudiera ser la medida de una forma de gobernabilidad hegemónica para una derecha posible. Se trató, más bien, del impulso necesario para intentar el "gran salto adelante".

El cambio de fase parece indicar también un cambio de táctica respecto al movimiento de masas. Ya no tendremos, en lo esencial, tanta susceptibilidad a la reacción popular ni tanta redefinición de políticas al compás del pulso social. El gobierno se propone ahora embestir de frente contra la resistencia popular. Necesita infringir una derrota que le permita desmoralizar al movimiento social y entrar en una fase más despejada para la aplicación de sus políticas. A sabiendas de que no opera sobre el terreno fértil de una gran derrota social que lo preceda, el gobierno necesita generarla desde el Estado. Para tomar ejemplos clásicos, precisa lo que la derrota de la "huelga minera" fue para el despliegue del neoliberalismo en Gran Bretaña o lo que el fracaso de todas las luchas del ciclo 89-91 (ferro­viarios, telefónicos, obreros de SOMISA, entre otros)  fueron para Menem en su tránsito hacia la estabilidad y el amplio consentimiento social del plan de convertibilidad. 

 

Apuntes a diciembre de 2017

Ilustración: Jalinski

Instagram: /_jalinski_ 

Tumblr: jalinski.tumblr.com

Gabriela Mitidieri

Facundo Nahuel Martín

 

Introducción

Escribimos estas líneas a partir de una inquietud: ¿cómo atraviesan las cuestiones de género a la política en general? Incluso: ¿cómo se cruzan el deseo y la sexualidad en la política? ¿Sobre qué inconfesables anhelos se montan las articulaciones hegemónicas? ¿Qué vericuetos húmedos de los cuerpos son interpelados en los proyectos de sociedad con capacidad de imponerse y estabilizarse? Hemos discutido en varias ocasiones la tarea estratégica de transversalizar la perspectiva de género al conjunto del activismo anticapitalista. Esto implica trabajar para despatriarcalizar todos los ámbitos de intervención política, pero también supone (y en esto vemos, tal vez, un poco más de dificultades en lo acumulado hasta el momento) a) que más compañeras y subjetividades no heteronormadas puedan tomar roles de dirección política general (no sólo roles protagónicos en espacios específicos de activación feminista y LGBT, sino en la dirección de todos los frentes de la lucha social y política); b) que la perspectiva de género esté presente transversalmente en nuestros análisis de la realidad social y política en la que intervenimos. En relación a esto último: si creemos que entre capitalismo, heteronorma y patriarcado hay una relación no contingente ni de completa exterioridad, se impone aprender a leer la coyuntura general en términos atravesados por el género. Hacemos al respecto una aclaración adicional: no se trata solamente de comprender mejor la coyuntura específica de la militancia feminista y disidente. Se trata de atravesar por el género y la sexualidad a la política general.

¿Cómo atraviesan las cuestiones de género a la lucha de clases en Argentina 2017? ¿Cómo se dan las articulaciones hegemónicas, las luchas sociales, los proyectos de dominación y de resistencia? Esto, que a falta de un nombre mejor llamamos todavía “política sexual”, articula las formas de construir el género y de habilitar o reprimir prácticas y deseos, conformando algo como un “lado b” de la política de la izquierda, como esa dimensión parecida a la nuestra pero oscura y pegajosa de Stranger Things. Estamos habituadxs a hablar de intereses objetivos, a asumir que las clases son sujetos de interés que militan para su propia conveniencia histórica. Y, cuando la clase no hace lo que creemos que le conviene, asumimos que lo que falla es su conciencia: no saben cuáles son sus intereses verdaderos. Sin descartar ese modo de leer, vamos a yuxtaponerle otro: pensamos que toda política general censura o habilita, refuerza o reprime, deseos y prácticas sexuales, identidades y subjetividades. No se trata sólo de la conciencia sino también del deseo. El género y la sexualidad son una contracara muchas veces no pensada, no enunciada pero operativa, de la política hegemónica. Después de todo, no hay conducción política que no hable a la gente de sus anhelos, de sus aspiraciones más o menos íntimas, de sus fantasías confesables o no.

La construcción de hegemonía trasciende siempre los límites estrechos de un interés de clase en términos economicistas: se enuncia siempre desde pretensiones de universalidad, es decir, como un proyecto para conducir al conjunto de la sociedad bajo una representación o dirección dada. Los proyectos sociales con capacidad de dirección, con capacidad de estructurar lo que Gramsci llama una “voluntad nacional-popular” (una voluntad que interpele y articule a toda la sociedad bajo una orientación política) siempre van más allá de los intereses económicos estrechos de una clase dada y articulan modos de construcción de las subjetividades.

Lo anterior incluye, por fuerza, también la sexualidad, el deseo y el erotismo. Basta dar un ejemplo para comprender esto. Es difícil hablar de hegemonía para caracterizar un gobierno no electo democráticamente como el de Temer. Sin embargo, es claro que el proyecto de poder de la derecha brasilera tiene claras connotaciones reaccionarias con respecto al género. Desde el regreso a la patologización de la “homosexualidad” hasta las agresiones contra la visita de Judith Butler, en el Brasil post golpista se han profundizado pulsiones políticas abiertamente reaccionarias, especialmente en la persecución del colectivo LGBT. En cambio, en Europa se da una situación novedosa. Ya no sólo vemos a una fracción del neoliberalismo aliándose con parte del colectivo LGBT, sino a la propia nueva derecha nacionalista, islamófoba y anti-inmigrante, haciéndolo. En esta alianza se atraviesa una construcción de la figura delx otrx (árabe, migrante, etc.) como unx “atrasadx cultural” y por ende unx intolerante sexual. La alianza entre la derecha nacionalista y una parte del colectivo LGBT responde a esa construcción de la otredad (especialmente árabe) como inepta para la convivencia democrática en una sociedad pluralista. En suma: en contextos diferentes, la política sexual y la política “general” se entraman de diversas maneras. O mejor: toda política “general” implica una articulación de la política sexual, del erotismo, de los disfrutes permitidos y prohibidos en los cuerpos.

La nueva derecha argentina, encarnada en la alianza Cambiemos, ha sabido articular también una política sexual para su agenda hegemónica. A diferencia de su contraparte brasilera, esta derecha  llegó al gobierno por la vía electoral y debió aprender a construir consensos sociales amplios mientras ataca los intereses de la clase trabajadora y los sectores populares. Esto implica saber leer la capacidad de respuesta de las clases oprimidas, ceder y retroceder cuando su capacidad de hegemonía se pone en riesgo, pero también articular una perspectiva global para la sociedad donde las políticas que favorecen a la clase dominante se presenten a la vez como parte de una tendencia modernizadora, que abre horizontes de futuro e incluso que pluraliza las formas de vida en común. En ese marco, y de modo más claro en la Ciudad de Buenos, el macrismo desarrolla una política abiertamente gay-friendly donde la agenda liberal de promoción de los negocios y apertura a las inversiones extranjeras se presenta como una fuerza de progreso que pretende ampliar las posibilidades de libertad (entre otras cosas, sexual y afectiva) de las personas. El ciclo de negocios “Buenos Aires Diversa”, impulsado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la Cámara de Comercio Gay Lésbica Argentina en agosto de este año, reunió aspiraciones económicas (constituir a la ciudad en un gran centro de atracción de turismo internacional LGBT) y políticas (mostrar a la derecha gobernante como una fuerza democrática, modernizante y pluralista). Sabemos que el capitalismo, si bien supone históricamente la heteronorma familiarista en la lógica de reproducción de la fuerza de trabajo, también es extremadamente flexible en su capacidad para mercantilizar ámbitos de la vida, consumos y deseos de los más diversos. Esto incluye la mercantilización del deseo no heterosexual, la construcción de industrias LGBT y la articulación de circuitos de consumo turístico y cultural ligados a ella. Hoy se da una tendencia global (al menos en Occidente) a la asimilación del deseo no heterosexual a los canales de consumo, con la construcción de una fuerza de trabajo no siempre heterosexual ni masculina (aunque donde los varones heterosexuales blancos siguen teniendo más posibilidades en la competencia). En ese contexto global, el pinkwashing (o lavada de cara de agendas de derecha vía feminismo liberal o consignismo gay-friendly) y la normalización mercadológica de la sexualidad no hetero son partes importantes de la agenda hegemónica y del proyecto de gobierno del macrismo, al menos en los distritos “blancos” que se quieren culturalmente más internacionalizados y modernizados.

No obstante, la política que se da el macrismo hacia el colectivo LGTB no es uniforme, porque tampoco es uniforme el colectivo. Lo LGTB no existe como abstracción sino impregnado con marcas de clase, raciales, trayectorias migrantes, etc. Así, lo gay-friendly en el contexto de Cambiemos encuentra rápidamente su límite cuando el sujeto interpelado ya no es un varón gay blanco de clase media-media alta con capacidad de consumo. Baste citar el accionar de las fuerzas policiales en CABA frente a una pareja de lesbianas en Constitución y el ensañamiento particular que hubo sobre una de ellas, Mariana Gómez, torta chonga, laburante. El mismo barrio en el que cada noche una compañera trans-travesti es hostigada por la policía, hasta terminar recurrentemente en el calabozo. A la demanda de cupo laboral trans, Cambiemos contesta con un protocolo de detención específico que respete las identidades LGTB. Sumemos también los avales tácitos a la homofobia y misoginia de autoridades eclesiásticas como Monseñor Aguer, los dichos de Michetti en contra de la adopción homoparental, la patologización de las identidades LGTB en discursos previos a ser electo por parte de Mauricio Macri.

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Sobre Revista Intersecciones

Revista INTERSECCIONES es una publicación colaborativa porque se nutre de aportes y reflexiones diversas, de disciplinas y proveniencias heterogéneas con un horizonte común: aportar en la búsqueda de intersección entre todxs aquellxs que hoy pensamos que no hay recetas preconcebidas y que el camino hacia la superación de las múltiples opresiones está por construirse.