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(A PARTIR DE LA MUERTE DE STÉPHANE JUST - FRANCIA, 1997)

 

¿Es posible fomentar organizaciones revolucionarias que no se critican a sí mismas? ¿Es posible desarrollar militantes realmente revolucionarios por medio de los insultos y las chicanas? ¿Contribuye al desarrollo político de los explotados evitar los balances de la propia actividad, o más aún, de la propia historia? ¿O simplemente se trata de acciones producidas en defensa de un aparato o del prestigio personal particular? 

Como creemos que las razones que llevan a las crisis de un partido no se producen de un día para otro, y que es imposible sellar las discusiones por medio de chivos expiatorios, negando al oponente toda legitimidad, desde la Revista Intersecciones consideramos que, en vistas de la situación producida en el Partido Obrero (PO), es productivo cuestionar, en el seno de la militancia de la izquierda, visiones “caricaturescas” del programa, la vanguardia y el centralismo democrático que terminan por ser un factor de bloqueo y empantanamiento para discusiones políticas necesarias y urgentes. 

 

Los dos artículos que a continuación reproducimos fueron originalmente publicados en el N° 7 de la revista francesa Carré Rouge, febrero de 1998. Se trató de una importante revista marxista revolucionaria (1995-2013), animada inicialmente por un núcleo de militantes (entre ellos François Chesnais) que fueron expulsados o se alejaron en diversos momentos de la Organización Comunista Internacionalista (OCI) -luego Partido Comunista Internacionalista- conducida por Pierre Lambert, líder de una corriente del trotskismo francés. 

En ocasión del fallecimiento de Stéphane Just, uno de los dirigentes “históricos” de la OCI que fuera expulsado de la misma en 1984, se abrió una discusión referida en forma directa a este sector del trotskismo en Francia pero que apunta al problema más general de las concepciones y prácticas organizativas del movimiento trotskista internacionalmente. Por eso razón fueron recuperados por Herramienta. Revista de debate y crítica marxista, a pesar de que los militantes que compusieron provenían de otra tradición del trotskismo (la de Nahuel Moreno). Lejos de pretender que las ideas volcadas en estos artículos agotan el asunto, observamos que se trata de disparadores útiles para quienes se interesen en desenvolver un replanteo de la cuestión político-organizativa.

 

Lucas Malaspina

 

 

¡NECESITAMOS OTRO TIPO DE DISCUSIÓN!

A propósito de la nota de Pierre Broué* sobre la muerte de Stéphane Just

François Chesnais**

 

La redacción de Carré Rouge recibió una extensa carta de Benoit Mély, en que responde al artículo que Charles Jérémie dedicara a Stéphane Just en el N° 6 de la Revista. No vacilamos en publicarla. En su carta Benoit Mély cuestiona a Charles Jérémie en varios aspectos. Lo hace de manera que permite continuar la discusión abierta sobre la valoración política de la organización a la que pertenecieron muchos de los miembros del grupo inicial de Carré Rouge. Estamos convencidos que la contribución contenida en esta carta alentará a que se escriban otras.

En el momento de enviar este número a imprenta, conocimos la nota necrológica que Pierre Broué dedicó a Stéphane Just en la última entrega de Cuadernos León Trotsky.1 Desgraciadamente, gracias al monopolio que Pierre Broué ha establecido como editor incontrolado de los Cuadernos, el nombre de Trotsky y su combate aparecen asociados a la infamia cometida escribiendo semejante nota. Se conocen casos en que un hombre caído es pisoteado por sus enemigos, pero aquí vemos que desde lo alto de su “ciencia” se encarniza con el cadáver de un militante alguien que ni moralmente, ni por su tipo de compromiso político tiene un valor comparable al de aquel sobre quien literalmente vomita su odio. ¿Qué autoridad política para vilipendiar a un militante consecuente hasta el final en su fidelidad y compromiso -como lo fue Stéphane Just- puede tener un hombre que en los últimos editoriales de Marxismo Hoy2 sale como garante del gobierno de Jospin?

 

* Pierre Broué (1926-2005), conocido historiador y biógrafo de León Trotsky, fue miembro de la dirección de la OCI-PCI durante largos años. En 1984 contribuyó a la expulsión de Stéphane Just y otros militantes. Tiempo después él mismo fue expulsado por Pierre Lambert.

** François Chesnais es un destacado intelectual marxista, especializado en economía internacional y en economía de la innovación tecnológica. 



Una nota reveladora de su autor

 

Ni necrología, ni testimonio político digno de ese nombre (porque justamente a nivel político carece de contenido), el texto de dos páginas dedicado a Stéphane Just dice en cambio mucho sobre Pierre Broué mismo. Y no esperaremos a que ya no esté entre nosotros para escribirlo blanco sobre negro. Para que al menos él tenga posibilidad de responder.

Buen historiador cuando se trata de acontecimientos de los que está separado por algunas decenas de años, Broué es una persona completamente distinta cuando se trata de la historia de su propia corriente. Pierre Broué vivió sus largos años en el Partido Comunista Internacionalista, luego Organización Comunista Internacionalista y nuevamente PCI, como escribiente de juzgado de instrucción y además con una mentalidad de portero. Pareciera que ningún detalle se le escapó a este hombre que todas las noches al llegar a su casa debió haber anotado todo lo bajo y mezquino que había escuchado, pues manifiestamente nuestro notario estaba atraído por los “chismes” y los aspectos más bajos de la vida de una organización y de sus militantes.

El lector encontrará tan poco pensamiento político en el texto sobre Stéphane Just, como en el conjunto de las intervenciones de Broué en la OCI-PCI hasta el momento en que Lambert consideró conveniente expulsarlo. El “Bloque de Notas” que Broué publica desde hace algunos años ilustra muy bien su dificultad para plantear un análisis político general. Me es difícil recordar artículos del “boletín Interno” en que Broué enfrentara los problemas planteados por la orientación impuesta por la dirección de la OCI-PCI, aún después de 1981.3 Hoy es manifiesta la preocupación puesta por Broué en construirse, para la posteridad, una imagen menos desfavorable de la que guardan de él quienes lo trataron durante la militancia en la OCI-PCI. Las explicaciones que con evidente molestia ofrece por su participación en la provocación política que sirvió de pretexto en 1984 para la expulsión de Just (así como la mía y otros cincuenta compañeros más) es digna de figurar en una antología.

Yo he militado junto a Just y bajo su autoridad, seguramente menos tiempo que Pierre Broué pero mucho más de cerca, debido a nuestros frentes de intervención, a que ambos estábamos en la Región Parisina y, posteriormente, por nuestra exclusión común y compartir durante cinco años la pertenencia a un mismo grupo político. En distintos grupos de trabajo de economía, en la Comisión Internacional de la OCI, durante los largos viajes que realicé con Just por América Latina como integrante del CORCI 4 (Comité Organizador por la Reconstrucción de la Cuarta Internacional), en el Comité de Redacción de La Verdad 5 y finalmente en el grupo Combatir por el Socialismo 6, conocí un hombre cálido, bueno humanamente y rico intelectualmente, por el rigor en sus análisis así como por su espíritu curioso. Pero también conocí un hombre cuyo carácter y concepciones políticas de fondo cada vez más se mostraron indisociables de una determinada “concepción” del partido, su construcción y funcionamiento. En definitiva, conocí un hombre cuyas grandes cualidades intelectuales giraban en el vacío, por falta de enganche con la realidad y también por no haberse permitido -ni a sí mismo ni a Combatir por el Socialismo- emprender una discusión de fondo sobre las causas de la degeneración de la OCI-PCI. Una discusión que justamente fuera hasta el cuestionamiento de las bases teóricas del “partido leninista”, adoptadas tanto por OCI como por las restantes organizaciones trotskistas.

 

“La vanguardia” auto-proclamada y sus consecuencias

 

La concepción de construcción del partido a la que me refiero es la de “la vanguardia” del proletariado, “núcleo” auto-proclamado del partido obrero a construir. El proceso de autoproclamación y auto-institución de la “vanguardia” se basa en una unilateral declaración de filiación teórica y política. Se declara ser “los herederos de Lenin y Trotsky” sin que estos, obviamente, puedan decir nada. Ni sobre la cualidad de los hombres, ni sobre la interpretación de la herencia que defienden e imponen a los aspirantes en el momento de su reclutamiento. Los grupos u organizaciones que se forman sobre esta base tienen una faceta de “iglesia”, “secta”, “capilla”, y esto es así incluso cuando son “grandes”, relativamente importantes numéricamente. Son proclives a utilizar métodos políticos autoritarios “persuasivos”, tanto internamente como hacia el exterior, por la sencilla razón de que la filiación auto-proclamada no se impone ni se hace asumir fácilmente. No deja de tener consecuencia proclamarse, ya sea a golpes de actos espectaculares llenos de banderas o a través de órganos y boletines casi confidenciales, los “herederos de Lenin y Trotsky”. En este sentido, por lo menos desde hace cuarenta años el “centralismo democrático” ha sido un instrumento que sobre todo permitió a direcciones políticas débiles o deshonestas, apelar al principio de autoridad en lugar de dar vía libre al pensamiento y la acción política de los militantes. Fue el complemento de la teoría de “la vanguardia” que sirvió para proteger a mini-direcciones que, o no estaban preparadas para jugar el rol al que se las destinaba porque el zapato les quedaba demasiado grande, o decidían aprovecharse cínicamente de su “autoridad”, mediante un apretado control sobre los militantes.

En el caso de la OCI-PCI (pero también en el caso del Socialist Labour League de Gerry Healy 7 y de varias organizaciones latinoamericanas), la construcción del partido a partir de “la vanguardia” auto-proclamada, el reclutamiento de los militantes sobre la base de un “programa” prácticamente intocable (o que sólo podía ser discutido por intermedio de exégetas habilitados) y la utilización del centralismo democrático, se encarnaron humanamente en dos modelos complementarios de funcionamiento de dirección y de dos grandes tipos de dirigentes políticos.

El primer modelo de dirigentes es aquel impulsado por una auténtica vocación revolucionaria, pero mal orientada. Él tratará, cuando la organización sea más o menos importante numéricamente, de elevarse al rango de “general de la revolución que vendrá”. Se convierte en el defensor “minucioso” y cada vez más desesperado del “programa”, cuando su grupo se reduce a unas decenas de militantes. Este hombre se moldeará progresivamente en un rol que tallará poco a poco su carácter hasta poner en evidencia y potenciar eventuales rasgos autoritarios o sectarios (o los dos a la vez), lo que no hubiera ocurrido con otra concepción del combate político, de relación de teoría y práctica, entre “masas” y “partidos” y por tanto de las vías de construcción de un nuevo partido obrero.

En el segundo modelo de dirigentes predominan los rasgos de cinismo y la voluntad de “éxito” político. Comprende rápidamente que las bases de reclutamiento y el “patriotismo de organización” en que desemboca, transforman a los militantes en personas que son susceptibles de ser maniobradas, manipuladas en tanto se construya un “mini-aparato” mediante la corrupción y la selección personal de hombres comprometidos. El “campo político” de este tipo de dirigentes no está ordenado ni por la clase obrera y sus intereses, ni por la perspectiva de la revolución, sino por las organizaciones políticas y sindicales existentes. Se las corteja, al mismo tiempo que se comienza con algunas de ellas un proceso complicado de interpenetración cruzada, hecho de cooptaciones y también de infiltraciones en uno y otro sentido. Este tipo de dirigentes no tiene ningún escrúpulo en transformar sus organizaciones en engranajes subordinados de la dominación sobre la clase obrera por los aparatos políticos y sindicales más “poderosos” y “operativos” y en hacer al mismo tiempo de esto una carrera personal, puesto que abandonó hace mucho tiempo cualquier perspectiva de cambio económico y social anticapitalista y revolucionario. Si mantiene cierto programa en tal sentido, es exclusivamente para “los días de fiesta”. Cotidianamente, su orientación es “reformista”. Se sube al tren de las direcciones oficiales del movimiento obrero.

Indudablemente hay que hacer el balance político tanto de Stéphane Just como de Pierre Lambert, así como los individuos políticos que éste último formó según tal o cual aspecto de su sistema de dirección hasta que rompieron con él para hacer carrera por su propia cuenta. Este balance no se reduce, sin embargo, a una cuestión de “régimen de partido” como Broué parece todavía pensar, sino a la esencia misma de la caricatura de “partido leninista” que la Cuarta Internacional arrastra desde hace cincuenta años. Este balance no se puede hacer mediante golpes buscando asesinar militantes muertos, ni ocultando que Stéphane Just fue un dirigente. Pero posiblemente esto sea lo que a Pierre Broué le cuesta admitir.

Las cuestiones que planteo no son exclusivas de la OCI-PCI. También están presentes en los documentos de expulsión de militantes de Voix des Travailleurs de Lutte Ouvrière 8 y en otros procesos de diferenciaciones políticas que están actualmente en curso. Sin las discusiones en Carré Rouge no hubiera podido exponer las posiciones que me tomó (demasiado) tiempo formular y que he personalizado de manera excesiva. Por tanto, la discusión en Carré Rouge está planteada. Es parte de la preparación política en medio del viraje en la situación política que está en gestación. Invitamos fraternalmente a todos los que quieran  a participar a que lo hagan. Querríamos que puedan aprovechar el terreno de libre debate que nuestra revista puede, durante un período de transición, ofrecerles.

 

NOTAS

 

1. Revista editada por el Instituto León Trotsky.

2. Publicación política dirigida por P. Broué.

3. Alusión a la capitulación de la OCI ante el Gobierno Mitterrand.

4. Denominación durante muchos años del “centro” internacional impulsado por la OCI-PCI.

5. Revista teórica de la OCI-PCI.

6. Agrupamiento construido y conducido por S. Just luego de ser expulsado del PCI.

7. Gerry Healy dirigió la SLL -luego Workers Revolutionary Party- de Inglaterra y su Comité Internacional.

8. Lutte Ouvrière es otra de las organizaciones trotskistas “grandes” en Francia. Sobre la expulsión de los militantes que luego conformaron "Voz de los Trabajadores” puede verse el folleto Francia. Las luchas y el reagrupamiento de los revolucionarios, Editorial Antídoto, 1998.

 

 

¿POR QUÉ NOS CUESTA TANTO EXTRAER “ALGUNAS ENSEÑANZAS DE NUESTRA HISTORIA”?

 

Benoit Mély

 

Me conmoví mucho cuando me enteré de la desaparición de Stéphane Just. No quiero aquí escribir un “homenaje” convencional, ni aportar un testimonio sobre un hombre con el cual sólo trabajé unos pocos años (1984-1991). La vida de Just ha estado tan ligada durante medio siglo a la historia del trotskismo en Francia, que su muerte obliga a mirar hacia atrás para poder ver esta larga lucha por “el partido revolucionario” y sus derivaciones. El artículo que Carré Rouge recientemente dedicó a Just, 1 no me parece que sirva para esclarecer las cuestiones en juego. Las líneas que siguen pretenden contribuir a un debate que deseo abierto y creo indispensable.

A mis ojos, el principal mérito de Just será el de haberse atrevido a enfrentar en 1984 la pretensión de Pierre Lambert & Cía. de convertir al PCI en una sucursal del aparato confederal de Fuerza Obrera.2 Combate tardío, posiblemente mal encarado, pero que buscaba salvar lo que era esencial en la tradición política del trotskismo (como lo expresaba la consigna-epígrafe del boletín Combatir por el Socialismo, creado por él y otros después de las expulsiones de 1984: “No podemos avanzar, si tenemos temor de ir al socialismo”, fórmula que me sigue pareciendo de extrema actualidad). El “joven jubilado” que era Just en 1984 hubiera podido “tirar la toalla” (con lo que sin duda contaba Lambert), pero con un coraje que hay que reconocerle, dio la cara buscando a los 60 años “comenzar todo de nuevo”.

Había elegido la vía de la reafirmación continuamente reiterada de lo que consideraba las bases principistas del combate trotskista. Rechazaba cualquier cuestionamiento de estos principios y cualquier investigación para reactualizarlos como revisiones del marxismo. Pensaba que su deber era combatirlos hasta su último aliento. A esta actitud que quería ser de rigurosa fidelidad a Marx no le faltó grandeza. Pero, lógicamente, no podía más que conducir a un callejón sin salida.

La derrota final de Just no es solamente la derrota de un hombre. Durante medio siglo, Just se consagró enteramente a la lucha por impedir que el movimiento trotskista capitulara a los partidos estalinistas (el “pablismo”3) o al oportunismo de los pequeños burócratas ejemplificados hoy por Lambert. Estos esfuerzos resultaron inútiles. Y por una cruel ironía, el hombre que había escrito (en Cómo se apoderó el revisionismo de la dirección de la OCI, un documento de 1984) tomando el ejemplo de Healy, Moreno y de Lambert: “las organizaciones (excluyendo las que proceden del SU) salidas de la crisis de la Cuarta Internacional, tienen un tipo de funcionamiento muy particular, todas están marcadas por el caudillismo”, reprodujo a su vez el mismo viejo esquema. Él también, a pesar de sus grandes cualidades, a pesar de su clarividencia innegable para “descortezar” (como solía decir) las políticas criminales de los aparatos burocráticos, fue convirtiéndose con el curso de los años en el líder intocable y no criticable de un pequeño grupo en el que cualquier pensamiento que fuera un poco diferente terminó por ser sospechoso, hasta hacer del CPS hace poco tiempo vehículo de lamentables anatemas. ¿Fatalidad? ¿Vicio incurable de las organizaciones que persisten en reclamarse de la Revolución de Octubre de 1917 y de la Oposición de Izquierda? ¿Y si no, qué otra cosa puede ser?

Es verdad que Just no buscó nunca sacar ningún provecho material de su posición política. Por eso sería indigno ponerlo en el mismo plano que Lambert. Pero más allá de la pena que produce la desaparición de un hombre de su estatura, la cuestión que puede plantearse legítimamente cualquiera que haya conocido la degeneración del PCI y luego la “sectarización” del Comité de Just es la de querer saber “¿cómo llegamos hasta aquí?”. En otros términos: ¿a qué debemos lo que tendríamos que llamar ya no la crisis sino la quiebra del trotskismo? Una quiebra tan general, en Francia e internacionalmente, que envuelve en el descrédito cualquier tentativa de “construir un partido” sobre un programa revolucionario anticapitalista.

Yo no quiero reducir la historia de más de medio siglo de lucha por la Cuarta Internacional a una gran farsa. Al contrario: sigo convencido de que este movimiento ha sido el portador de tradiciones de lucha, de principios políticos, de referencias programáticas, de una memoria colectiva… en síntesis, de una “herencia” que “nosotros” (antiguos militantes de la OCI-PCI que continuamos, de una u otra manera pensando que el socialismo no es una “utopía”) no debemos dejar que se pierda. Pero ¿cómo podría transmitirse esta herencia, cómo podría contribuir (con otras) a fecundar las luchas anticapitalistas necesarias, si sigue mezclada e imbricada con todo lo que arrastra de errores y aberraciones el movimiento trotskista? Hay que hacer un reexamen crítico de nuestro pasado. Debemos intentar reconstruir la historia de nuestro movimiento y en particular de nuestra sección francesa, para intentar analizar a fondo el proceso de degeneración política y organizativa, determinando los factores principales y los momentos claves de la misma. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hará?

No me parece que hayamos emprendido ese camino. Es notable que entre los viejos militantes responsables de la OCI-PCI que han roto de una manera u otra con Lambert, ninguno, ni siquiera aquellos que no renunciaron a pronunciarse políticamente, haya realizado ningún estudio consecuente sobre la historia de esta organización que pudiera iluminar las razones de su fracaso. Nadie, salvo error de mi parte, ha escrito tan siquiera un “testimonio” medianamente detallado que pueda ayudarnos a tener un poco de claridad. Just (en el documento citado anteriormente) había entreabierto el debate, pero él mismo se encargó de cerrarlo rápidamente (durante los dos últimos años de mi participación en su Comité, intenté convencerlo, apoyándome en documentos de discusión interna, que él no había hecho más que un balance parcial e incompleto de la quiebra del PCI. Solamente alcancé a persuadirlo… de que yo confundía el espíritu de los militantes que querían “armarse” y “organizarse para el combate político”, hasta que finalmente, sin ningún miramiento, me hizo mostrar la puerta de salida).

También es extraño que cuando la caída de los regímenes estalinistas finalmente abre a todos aquellos que no se resignan a sufrir indefinidamente la ley del capital la posibilidad de una reapropiación revolucionaria del marxismo, ningún documento, aunque sea tibiamente trate de extraer las lecciones de medio siglo de combate trotskista.

Por otro lado, ¿cómo esta amnesia no conducirá en el futuro a repetir bajo otras formas los mismos errores, si es verdad que no son imputables solamente a los hombres o a desgracias temporales sino a causas más profundas?

Sabemos que Pierre Broué, que por su experiencia de historiador del trotskismo (hasta 1940) sería el mejor ubicado para abrir el camino, se ha negado explícitamente a hacerlo. Al menos en 1995 escribía en su presentación de los textos de Raoul4 para los Cuadernos León Trotsky: “No está dentro de mis intenciones, ni en aquellas del Instituto León Trotsky, aprovechar esta ocasión para escribir una historia interna del movimiento trotskista en Francia… hay que dejar esta historia a alguno que no la haya vivido desde su interior”. Tal escrúpulo de historiador me parece sustancialmente fuera de lugar. En tal caso, León Trotsky debería haberse abstenido de escribir su Historia de la Revolución Rusa. El historiador Broué, evidentemente tiene mucho que decir, y mucho más aún porque fue un testigo privilegiado. Yo no entiendo las razones que lo retienen hoy, después de haber sido él mismo expulsado de la OCI-PCI con las mismas bajas maniobras que usó Lambert en el XXVIII Congreso de 1984 para excluir a los “justistas”.

El reciente artículo en el N° 6 de Carré Rouge sobre Stéphane Just, firmado por Charles Jérémie, ilustra de otra manera las dificultades de emprender esta reflexión crítica de nuestra historia. El autor del artículo presenta una semblanza de Just que no ayuda en nada a comprender lo que pasó. Por ejemplo, con “el caso Varga” (1973).5 “Un proceso estalinista”, escribe… Ciertamente, es importante que eso sea dicho. Pero es decir demasiado o demasiado poco. Para hacer ese proceso contra Varga, Lambert logró la colaboración de Just y el aval de todo el Comité Central, así como el silencio de todos los que conocían la maniobra. ¿Cómo fue posible? La dirección obtuvo contra Varga la aprobación crédula de la casi totalidad de los militantes (yo era uno de ellos). ¿Por qué esta abdicación de todo espíritu crítico? En una palabra: ¿qué era la OCI para generar en 1973 “un proceso estalinista”? ¿Era también una organización estalinista? Y, si no, ¿qué era?

Desgraciadamente, el artículo no plantea ninguna de estas cuestiones. Lo pasado pasó… Como si se hubiera abierto la caja de Pandora, Charles Jérémie cierra rápidamente la tapa entreabierta. Además, se presenta en ese artículo, como un simple “militante de la AJS” de aquel momento. Sin embargo, en 1973 y desde hacía algunos años era miembro del Buró Político de la OCI. Por esta razón ahora que ha elegido expresarse de nuevo políticamente, tiene la responsabilidad de dar al menos algunos elementos de información para ayudar a comprender “por qué hemos llegado hasta aquí” (y para algunos de nosotros hoy es el único que podría hacerlo).

 

“¿Qué cosa monstruosa hemos engendrado, igual a la que hemos combatido?”

 

Charles Jérémie avanza ciertamente una explicación de lo que denomina “la violencia” en las relaciones internas en la organización trotskista francesa. “Esta violencia era la expresión de la situación en la que se encontraba el movimiento trotskista, desde los años ‘30 a los ‘60, apresado en una tenaza: de un lado la burguesía, del otro el aparato estalinista, del que a partir de la caída del Muro de Berlín hemos podido apreciar mejor su dictadura, su poderío, su violencia… La brutalidad de los conflictos en el movimiento trotskista se explica por esta situación objetiva”.

Esta explicación es demasiado simplista. Por un lado, como lo reconoce, no da cuenta de la evolución posterior a los años ‘60. Por el otro, en definitiva embellece a los que han ejercido la violencia interna -simple consecuencia de la violencia estalinista que ellos tuvieron el coraje de enfrentar-… Pero el mal era infinitamente más profundo. Las organizaciones que se reclamaban del trotskismo, incluso las que rechazaron la valoración de los partidos estalinistas que hicieron Pablo y el Secretariado Unificado, reprodujeron con espantoso mimetismo lo que combatían. Podrían con todo derecho, preguntarse junto con el poeta y militante marroquí Abdelatif Laabi (uno de los fundadores, con Abraham Serfaty, de un partido comunista disidente ganado por el maoísmo): “Hay que aprender las lecciones que nos deja la derrota… ¿qué cosa monstruosa hemos engendrado, igual a la que hemos combatido?”. 6 El “caudillismo”, los jefes geniales y la disciplina imbécil, importados sin duda de otra parte, penetraron con una espeluznante facilidad en las organizaciones que querían ser las herederas de toda la historia emancipadora del movimiento obrero. Generaciones de militantes que ingresaron al trotskismo porque rechazaban los caminos cómodos (y en ciertas situaciones con decir eso se queda corto), fueron dislocados precisamente porque el adversario que querían combatir en el exterior ya estaba adentro de sus propias organizaciones. Decir que esto “es culpa de otros” no lleva muy lejos. Stéphane Just también explicaba la degeneración de la OCI-PCI por las presiones exteriores (el estalinismo, los trotskistas alejados de su clase…). Esquema cómodo que en los años ‘50 ya les daban a los militantes, como lo testimonian los documentos de Raoul recientemente publicados. En una carta dirigida a Daniel Renard7, Raoul protestaba: “limitada a sí misma, para qué sirve la caracterización ‘presión externa’ a propósito de una posición política cualquiera… esta ‘cosa’ seguramente nos lleva a alguna parte: se elige tener una confianza incondicional a tal o cual ‘Mesías’, el menos susceptible de ceder a las presiones; hay que elegir ‘cara o seca’, a golpe de psicoanálisis, o más simplemente siéndolo uno mismo8.

Toda la evolución posterior del PCI está contenida en esto, sólo falta definir el nombre del “Mesías”. Leyendo estos textos de Raoul (que rápidamente fueron metidos en un cajón y hubieran seguido estando allí para siempre…) nos sorprende que ya en los años ‘50 “el gusano estaba en la fruta”. “Esta dirección desconfía de su propio partido” (página 87); “visiblemente el brain-trust tiene una pobre opinión de su propia base” (página 75); “una oficina que pretende un copy-right sobre el programa revolucionario… lo que no se puede comprender son las pretensiones desorbitantes de esta gente” (página 92); “…ofensivas sistemáticamente destructivas de las nociones elementales por el respeto de la dignidad de los militantes de un partido revolucionario” (página 90). Es esta situación la que conocí en la OCI-PCI a fines de la década del ‘60: relaciones viciadas por la arrogancia de los dirigentes “que saben” y por la resignación de los militantes que aceptaban “saber menos” que los de arriba (¿como en las organizaciones estalinistas?; ¿como en el ejército?; ¿como en cualquier secta religiosa?). ¿Presión de fuerzas objetivas? No, es una explicación demasiado fácil.

La lectura de estas páginas confirma la idea de que muy pronto una mini-burocracia se enquistó en el PCI.9 A diferencia de las burocracias clásicas, ésta (al menos en su origen) no sacaba ningún privilegio material de su posición dirigente. ¿Pero el poder de que esos dirigentes disponían no era ya un privilegio? Sigo sorprendido por el hecho de que nuestra tradición política se prohíba toda reflexión sobre lo que Rakovsky llamaba, en un texto de 1928: Los peligros profesionales del poder. Rakovsky, a quien las explicaciones que daba Trotsky sobre la degeneración del bolchevismo no lo satisfacían del todo, examinaba los efectos del ejercicio del poder en cuanto tal sobre los cuadros del partido bolchevique después de 1917 y las transformaciones tanto psicológicas como sociales que ellos implicaba, que llamaba “la intoxicación del poder10. Este análisis es transportable a las organizaciones (incluso a las micro-organizaciones) muy alejadas de poder ejercer un poder de Estado. Cuántos de esos dirigentes políticos trotskistas hemos encontrado, ebrios del prestigio en el seno de su grupo (independientemente de su tamaño): ¡eso era ya un poder! Pero plantear esta cuestión no era “ortodoxo”, era casi una herejía: una manera de pensar que nos llevaría a la “capitulación a los aparatos” (con numerosos ejemplos disuasivos ya preparados); siempre terminábamos si queríamos “seguir en el partido” cueste lo que cueste, autocensurándonos (ese fue mi caso).

Insisto: no se trata solamente de la incapacidad de los que “ejercían el poder” de dirección de cuestionarse a sí mismos. Esto venía acompañado por la incapacidad de los militantes para percibir que estos métodos de la dirección eran ilegítimos (salvo que dejaran la organización, lo que muchos hacían más o menos rápidamente), para atreverse a enfrentar a los dirigentes ¡y pensar que nos creíamos revolucionarios! En definitiva ¿éramos adultos? En todo caso, estábamos dentro de un sistema de relaciones que nos infantilizaba. Ese infantilismo político colectivo nunca se vio tan claramente como cuando se presentó a los militantes el “caso Berg”.11 Hace poco, arreglando algunos papeles, encontré el N° 586 de La Verdad (abril de 1979), que contenía el artículo de Stéphane Just: “Al XXII Congreso de la OCI: Un tumor extirpado”. Lo que me sorprende hoy al leer esas páginas, es el esfuerzo casi patético de Just para disculpar a la dirección nacional y sacarle toda responsabilidad. “Semejantes métodos -escribe él- no pueden desarrollarse en la Región Parisina. Por una parte, porque hace falta que exista en la dirección un cierto tipo de personajes que por suerte son muy raros en la OCI. Por otra parte, necesariamente, la Región Parisina se encuentra rigurosa y directamente controlada por la dirección en su conjunto” (página 10). Dicho de otro modo: la dirección, Lambert en primer lugar, quedaba fuera de toda sospecha. Berg era un hombre aislado, casi un intruso; no era un sistema en funcionamiento. ¿Creía Just lo que escribía? Él dijo después que en ese momento comprendió que tirando de la madeja de malversaciones financieras se llegaba a Lambert en persona, y decirlo públicamente hubiera hecho estallar al PCI. Podemos comprender su dilema. Pero ¿cómo pudo creer y hacer creer, que una organización cuyo dirigente principal estaba autorizado de hecho a usar con total impunidad el dinero de una caja clandestina para sus necesidades podía asumir siquiera algo del rol que pretendía jugar?



Elitismo revolucionario y conducta de derrota

 

Este increíble auto-enceguecimiento colectivo me parece que tiene relación con una palabra escrita varias veces en ese artículo de Just: “la vanguardia”. Desde hace mucho tiempo, desde el exterior del movimiento trotskista o desde sus márgenes (Víctor Serge) muchas voces habían gritado: “¡Dejen de embromar!”. Definirse como una vanguardia es considerarse como parte de una élite. Y el que se cree el mejor, en política sobre todo, no está lejos de caer en lo peor. Hoy debemos volver a escuchar esas voces “disidentes” o incluso hostiles. Puede ser que efectivamente todo estuviera en germen en esta auto-entronización como vanguardia del proletariado: la autoridad sin control de los dirigentes (que dentro de semejante sistema de pensamiento se sentirían -y no podría ser de otra manera- como la élite de la élite), la obediencia dócil de los militantes (a quienes se ofrecía en compensación el seguro gratificante de ser parte de la élite de la clase obrera), y el partido como fin en sí mismo (“a preservar a cualquier precio…”), la frase rimbombante en lugar de la realidad, la lógica (de tipo estalinista o incluso religiosa, que no son por otra parte demasiado diferentes) de que “quien no está con nosotros está contra nosotros”, y finalmente la selección de cuadros dirigentes sobre la base del criterio de aparato, a mil leguas del programa esgrimido. El proletariado necesita una nueva dirección, repetíamos. Gramsci escribía en uno de sus Cuadernos de la prisión: “En la formación de los dirigentes, la premisa es fundamental: ¿Queremos que siempre existan gobernantes y gobernados, o por el contrario queremos crear las condiciones en la que la necesidad de esta división desaparezca?”. Pregunta saludable. ¿Los dirigentes de la OCI-PCI alguna vez se la hicieron a sí mismos?

Hay que ir más lejos y preguntarse si la OCI-PCI alguna vez tomó en serio su propio programa. Nuevamente, hace más de cuarenta años Raoul, planteaba cuestiones premonitorias: “¿Piensas tú que tenemos un programa para Francia? ¿Piensas tú que el ‘programa de transición’ hay que difundirlo en las campañas electorales?” (pág. 64, carta del 14 de mayo de 1954). Pregunta sin respuesta, no solamente en aquellos años, sino en las décadas siguientes (con dos excepciones, que yo sepa: dos “programas de acción” escritos no por casualidad ambos por Just, en 1973 y en 1985, pero que no iban esencialmente más allá de los esbozos). ¿Qué pensar de una organización política que no sólo nunca alcanzó a darse un programa, sino que nunca quiso realmente reivindicar el poder ni se dio los medios para ejercerlo? (sola o no, esta es otra cuestión, que precisamente nunca fue debatida en la OCI-PCI). Y esto es precisamente en el momento en que construía su identidad reprochando a los “izquierdistas” “no plantear la cuestión del poder”. Al fin de cuentas “la vanguardia” no hacía las cosas mejor que aquellos a quienes trataba con total desprecio y que al menos eran coherentes consigo mismos. Pero ¿qué es un partido político que no aspira a ejercer el poder, un partido que se contenta con luchar para influir sobre el poder ejercido por los otros, sino revolucionario de palabra y llanamente reformista en los hechos? (Cosa que Lambert terminó teorizando para el Movimiento Por el Partido de los Trabajadores -MPPT-).

De todos los dirigentes de la OCI-PCI Just es el que más sintió esta contradicción. Su crítica a la no presentación de candidatos en 1978 y en 1981 lleva esa marca, así como su búsqueda constante de una consigna de gobierno para enfrentar al gobierno burgués de turno (cfr. su insistencia en los momentos de mayoría de diputados del PS/PC en focalizar el combate político sobre la existencia de esta mayoría). Pero su concepción de la vanguardia y su dirección le impedía concebir este combate político de otra manera distinta a la actividad exclusiva de la “vanguardia” (la OCI-PCI, más los comités que creaba). Posiblemente sin saberlo, esta opción lo condujo necesariamente a definir su tarea personal en términos aplastantes, a considerarse el general en jefe de un futuro ejército de lucha por la caída del Estado burgués, ejército que por otra parte estaba casi completamente por reclutar. En estas condiciones, sus vacilaciones para disputar a Lambert la dirección del PCI cuando todavía era posible (después del “Caso Berg”), su repliegue al ghetto del sectarismo después de su exclusión, marca la conducta clásica de un hombre que se plantea por delante una tarea que presiente como demasiado grande para realizarla… y que finalmente hace todo lo posible para no realizarla. Esto se parece a lo que en psicología se llamaría una conducta de derrota.

Estos planteos son evidentemente incompletos. Para tratar la cuestión en toda su dimensión habría que examinar las referencias históricas y teóricas que legitimaron en la OCI-PCI esta concepción del “partido de la vanguardia”: Lenin, Trotsky, el bolchevismo.

¿Hay que rechazar esta tradición en bloque? Sería como decir que las víctimas de la dominación burguesa deben renunciar a la lucha por la toma del poder y resignarse, en el mejor de los casos a limitar los desastres de estos grandes depredadores. No es mi punto de vista. Creo por el contrario que más allá de todas las luchas de resistencia y de defensa de las conquistas adquiridas, levantar el gran problema que se atrevieron a plantear Lenin y los bolcheviques de la toma del poder para expropiar al capital, sigue siendo el problema clave de nuestra época. Pero proclamar por enésima vez que hay que volver a las verdaderas enseñanzas de Lenin y Trotsky es querer transitar un camino evidentemente intransitable. Queda un camino por explorar: el reexamen profundamente crítico de esas “enseñanzas”, sin tabúes ni prohibiciones. Camino difícil y doloroso, sin duda… pero se cruzará necesariamente con el de los militantes salidos de diferentes horizontes políticos, en ruptura más o menos profunda con los aparatos socialdemócratas y estalinistas, que buscan redefinir la actualidad del marxismo, para comprender la realidad y encontrar las vías del combate anticapitalista. La “defensa del marxismo” a la que Just quiso dejar estampado su nombre, hoy día tiene ese precio.

Un último aspecto del artículo de Charles Jérémie merece atención. “Por suerte nosotros jamás pudimos ejercer el poder”, escribe, dando a entender que Just y él mismo hubieran podido vivir no ya la expulsión sino la ejecución sumaria como posibles víctimas de un terrorismo que no hubiera sido solamente verbal. La constatación es brutal, pero fundamentada. Ya estaba planteada en los textos de Raoul. Es realmente cierto que si “nosotros”, hubiésemos tomado el poder, también hubiéramos sido capaces de eliminar físicamente a nuestros propios disidentes (en el nombre de Marx, Lenin y Trotsky). Pero el autor del artículo se atribuye aquí el rol de bueno. En la hipótesis que evoca el reparto de roles entre víctimas y victimarios no está escrito de antemano. Esto es válido para Just, para él mismo, para muchos otros (yo me incluyo en el lote). A decir verdad, la idea de haber pertenecido a una organización que hubiese podido hacer de mí un asesino, si hubiera podido realizar el objetivo que se había fijado, me produce cierto malestar. Pero la constatación está hecha y no podemos quedarnos allí. No es suficiente decir: “nosotros ya no haríamos más eso”. Se trata de saber, de una buena vez, en qué consiste “eso”. En otros términos: un debate colectivo sobre “nuestra historia”, una discusión que no esté encuadrada para detenerse a medio camino, es un pasaje obligado si se quiere al menos extraer algunas enseñanzas de nuestras derrotas, como una contribución para futuros combates.

 

Notas

 

1. “Una vida…”, por Charles Jérémie, en Carré Rouge N° 6, octubre de 1997.

2. Fuerza Obrera, fracción de la burocracia sindical socialdemócrata en la que desarrolla su actividad la corriente lambertista.

3. Se refiere al sector del movimiento trotskista que siguió las orientaciones de Michel Raptis “Pablo” y luego Ernest Mandel, agrupado en el llamado Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional.

4. “Raoul” fue uno de los cuadros que aseguraron la continuidad del trotskismo durante la guerra, protagonista de uno de los más notables trabajos de implantación y participación en las movilizaciones obreras que siguieron a la Liberación de París, organizador de los trabajadores vietnamitas en Francia y un punto de referencia para numerosos cuadros incluso después de ser marginado por Lambert y “el aparato” de la OCI-PCI. Luego de su muerte, un número especial de los Cuadernos presentó correspondencia y documentos inéditos.

5. El “caso Varga” se refiere a la campaña de calumnias y agresiones de todo tipo desencadenada por Lambert y el aparato de la OCI-PCI contra Varga, integrante del Círculo Petofi que participó en la revolución húngara de 1956 y fue luego dirigente del “Comité Internacional”. Con métodos inadmisibles fue procesado y condenado por Lambert como provocador, agente de la CIA y la KGB, etc. Durante años, el “servicio de orden” de la OCI-PCI se caracterizó por apalear salvajemente a los seguidores de Varga en cuanta manifestación los encontrara.

6. Les chemin des oralies, Seuil. En este libro memorable, A. Laabi, quien fue encarcelado con Serfaty bajo el régimen de Hassan II, escribe: “Tendremos que cuestionarnos. No solamente dentro de una aureola de compasión, como si se tratara de nuestros pecados de juventud, sino violentamente, desde las plantas de los pies hasta la punta de la cabeza, como decimos en árabe”. ¿Esto está más allá de nuestras fuerzas?

7. Un “histórico” dirigente y cuadro obrero de la OCI-PCI.

8. Cuadernos León Trotsky N° 56, pág. 72, carta del 12 de marzo de 1954.

9. Veinticinco años antes de que Just hablara de mini-aparatos, la expresión mini-burocracia, se encuentra en un artículo de Claude Lefort consagrado al PCI de los años 1950 (“Organización y Partido”, publicado en 1958 en Socialismo o Barbarie). Ciertamente, Socialismo o Barbarie era un callejón sin salida, y Claude Lefort posteriormente se fue del marxismo. Sin embargo este artículo (y otros del mismo autor, sobre el PCI o sobre Trotsky, vueltos a publicar en Elementos de una crítica de la burocracia, Gallimard, 1979) ponía en aquel tiempo, bien su acento en muchas cuestiones sobre las que, con nuestra “suficiencia” marxista, fuimos ciegos.

10. Carta-folleto de Christian Rakovsky a Valentinov (agosto de 1928). Este texto integral, es todavía hoy, que yo conozca, difícil de encontrar (publicado en un folleto de la LCR hacia 1970. P. Broué señala esta fórmula, en el N° 56 de Cuadernos León Trotsky sobre Raoul (p. 146), y consagra a este texto algunas páginas de su Rakovsky (Fayard 1996).

Más de veinticinco años antes (hacia 1910), un militante socialdemócrata alemán, profesor de sociología, Robert Michels, había publicado un excepcional estudio sobre el mismo tema (“Los partidos políticos, ensayo sobre las tendencias oligárquicas de las democracias”. Primera traducción francesa en 1914). A partir de sus observaciones personales sobre la burocratización de los partidos socialistas, europeos y fundamentalmente del alemán, analizando “Los jefes en las organizaciones democráticas” (Título de la primera parte), “El ejercicio del poder y sus efectos sicológicos sobre sus jefes” (título de la 3° parte) e, interrogándose sobre “la necesidad de jefes de las masas”. “Libro muy pesimista”, juzgaron entonces los líderes de la socialdemocracia. “Método demasiado idealista”, etc. Esto dicho, cuando se aproximaba agosto de 1914. Nadie en las organizaciones trotskistas, que yo conocí, me mencionaron este libro vuelto a publicar en 1971 (Flammarion). ¡¡Qué prohibición de lecturas hemos vehiculizado!!

 

11. Proceso montado a un importante dirigente de la OCI, convertido así en chivo expiatorio “purgado” para mantener en las sombras las manipulaciones organizativo-financieras de la cúpula de la organización.

 

 

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